Cedí una habitación a mi hermana “solo por un mes” y acabé sintiéndome un invitado en mi propia casa

Hace dos noches cené un yogur de pie en la cocina, esperando a que terminaran de ver una película en mi salón.

Lo cuento así y parece una tontería. Un yogur de limón, de los de marca blanca, a las once y pico. Pero mientras estaba apoyado en la encimera, oyendo las risas de mi hermana y de sus dos hijos al otro lado, pensé: «No sé cuánto tiempo más puedo hacer esto».

El piso es mío. Bueno, del banco y mío, si queremos ser exactos. Me quedan siete años de hipoteca. Es un tercero sin ascensor en Carabanchel, dos habitaciones pequeñas, un salón bastante apañado y una terraza cerrada donde tengo las plantas medio muertas porque se me olvida regarlas. Vivo aquí desde 2008. Mi hijo, Dani, creció aquí los fines de semana que le tocaba conmigo después de separarme de su madre.

Hace año y medio se fue a compartir piso por Moncloa, porque trabaja y estudia un máster. Me costó acostumbrarme al silencio, pero acabé cogiéndole el gusto. Llegaba del almacén, me hacía algo sencillo, veía el telediario o un partido y nadie me preguntaba por qué no había bajado la basura o si iba a usar el baño mucho rato.

Mi hermana Nuria vino en octubre. Tiene cuarenta y seis años, dos chavales de doce y quince, y hasta entonces vivía de alquiler en un pueblo de Toledo con su pareja. Lo dejaron, aunque nunca he tenido muy claro si fue una separación de verdad o una de esas cosas que se dicen en caliente y luego se convierten en otra vida. El caso es que él se quedó en el piso porque el contrato estaba a su nombre, y ella tuvo que salir deprisa.

Me llamó llorando un domingo por la tarde. Yo estaba montando una estantería de Ikea que aún sigue torcida.

—Solo necesito unas semanas, Julián. Hasta que encuentre algo. No te voy a dar guerra, te lo prometo.

Le dije que viniera. No me salió ni pensarlo. Es mi hermana pequeña. Cuando éramos críos yo era el que la llevaba al médico si mi madre estaba trabajando, el que se peleaba con quien hiciera falta si alguien se metía con ella. Además, tenía una habitación libre. ¿Qué iba a hacer, decirle que no?

Las primeras semanas fueron raras, pero llevaderas. Los chicos dormían juntos en la habitación de Dani y Nuria en mi cuarto de trabajo, que en realidad era una mesa con papeles, una bici estática y cajas que nunca abro. Yo seguía en mi habitación. Ella compraba comida cuando podía y cocinaba bastante. Incluso me hizo un cocido un miércoles que me supo a gloria.

Yo sabía que estaba agobiada. No encontraba alquileres que pudiera pagar. Con lo que gana limpiando unas oficinas por horas y la pensión de alimentos, poco le daba para Madrid. Miraba anuncios, llamaba, y o le pedían una nómina que no tenía o le soltaban que con dos menores no. Una vez volvió de ver un bajo en Usera y se encerró en el baño. No lloró alto, pero se la oía respirar como cuando intentas no hacer ruido.

Ahí empecé a callarme cosas.

Que los niños dejaban las zapatillas en medio del pasillo. Que el pequeño se había acostumbrado a desayunar con la tele puesta a todo volumen. Que Nuria utilizaba mi toalla porque «la suya estaba en la lavadora», aunque llevaba tres días allí. Cosas pequeñas. De familia, supongo.

El problema fue que las semanas se volvieron meses y ya nadie hablaba de que fuera algo provisional. Ni ella ni yo. En Navidad vino mi hijo a cenar y tuvo que dormir en el sofá porque su habitación estaba llena de mochilas, ropa, una mesa de estudio y hasta un perchero. Dani no dijo nada, pero al día siguiente se fue antes de comer. Me mandó un mensaje desde el autobús: «Papá, entiendo la situación, pero allí ya no sé dónde colocarme».

Me dolió porque era exactamente lo que me estaba pasando a mí, solo que yo no tenía otro sitio al que ir.

En enero, sin preguntarme, Nuria puso una mesa plegable en el salón para que el mayor hiciera los deberes. Tiene sentido, claro. En la habitación de los dos no cabían ni ellos. Pero la mesa se quedó. Después llegó una cómoda de segunda mano. Luego una alfombra que le regaló una compañera. Yo iba apartando mis cosas para hacer hueco, como quien no quiere molestar en una casa ajena.

Lo peor no era el desorden. Era que cualquier intento de estar solo parecía una ofensa.

Un sábado dije que me iba a quedar en casa tranquilo porque llevaba toda la semana madrugando. Nuria me miró raro.

—¿Y nosotros qué hacemos?

No lo dijo con mala intención, creo. Pero me salió contestar que no tenía ni idea, que no era un monitor de campamento. Se quedó callada. El pequeño, que estaba con la consola, levantó la vista. Me sentí un miserable al instante.

Esa noche fui yo el que se ofreció a llevarles al centro comercial. Acabé pagando una cena en un sitio de hamburguesas y fingiendo que no me importaba.

Desde entonces estoy enfadado con ella por cosas que no siempre son culpa suya. Y también conmigo, porque sé que he colaborado a que esto se convierta en una especie de acuerdo sin reglas. He dicho que sí demasiadas veces para evitar un mal rato, y ahora cada no suena mucho más duro.

Hace un par de semanas intenté hablarlo. No preparé ningún discurso. Estábamos doblando ropa en el salón, bueno, ella doblaba y yo buscaba mis calcetines entre montones que no eran míos.

Le dije que necesitábamos poner una fecha, aunque fuera orientativa. Que yo entendía lo difícil que estaba todo, pero que no podía seguir así indefinidamente.

Nuria dejó una camiseta encima de la mesa y dijo:

—Ya sé que estorbamos.

Me dio una rabia tremenda esa palabra. Porque no había dicho eso. O quizá sí era eso lo que quería decir, pero no quería reconocerlo ni ante ella ni ante mí.

Le respondí fatal. Le dije que siempre hacía lo mismo, que convertía cualquier conversación en que yo fuese el malo. Ella se puso a llorar sin hacer ruido. Me recordó a nuestra madre, que cuando estaba disgustada fregaba los platos con una fuerza que parecía que iba a romperlos.

Luego me dijo que había encontrado una habitación en un piso compartido en Fuenlabrada, pero que no iba a meter a sus hijos allí. Y tenía razón. Yo tampoco querría.

No hemos vuelto a hablar del tema de frente. Ella está más seria conmigo. Los chicos también lo notan y procuran recoger más, lo cual me hace sentir todavía peor. El mayor me preguntó ayer si me molestaba que usara el salón para estudiar. Le dije que no, demasiado rápido.

La verdad es que sí me molesta, pero no por él. Me molesta porque he llegado a un punto en el que hasta una pregunta normal me deja un nudo en el pecho.

He mirado alquileres con Nuria otra vez. También he pensado en ofrecerle pagarle una fianza, aunque tendría que tirar de unos ahorros que guardaba por si el coche me daba una avería seria. Y, al mismo tiempo, hay días en que fantaseo con llegar del trabajo, cerrar la puerta y no oír a nadie durante horas. Me avergüenza admitirlo, pero es así.

Esta mañana he salido temprano. Antes de irme, he visto una nota en la mesa de la cocina, escrita por Nuria: «He llamado por dos pisos. Luego te cuento». No ponía nada más.

La he dejado donde estaba. Esta noche, cuando vuelva, supongo que hablaremos o fingiremos que no pasa nada. Últimamente se nos dan bien las dos cosas.