Crié a mi hijastra desde que perdió a su madre, pero cuando se casó me dejó fuera como si nunca hubiera existido

Me enteré de que no estaba invitada a la boda de Alba mientras buscaba en el móvil una foto de la factura de la luz.

Había un mensaje suyo sin abrir, de esos que aparecen arriba porque te han escrito hace poco. Ponía: “Papá, necesito que no se lo digas tú. Ya se lo explicaré yo cuando pueda”.

No soy de cotillear conversaciones ajenas. Ni siquiera sabía que el teléfono de Javier estaba abierto sobre la encimera. Pero vi mi nombre más abajo en la pantalla y, antes de que pudiera pensar que no debía hacerlo, ya había leído lo suficiente.

“Creo que será mejor que Teresa no venga. No quiero tensiones con la familia de mamá. Y tampoco quiero fingir algo que no siento en mi boda.”

Me quedé con la factura sin encontrar y con una bolsa de mandarinas en la mano. Es una tontería, pero recuerdo perfectamente las mandarinas porque una se cayó al suelo y rodó hasta debajo de la mesa. No fui capaz de agacharme a recogerla.

Alba tenía seis años cuando murió su madre. Yo conocí a Javier casi dos años después. Él era compañero de una amiga mía de la oficina de seguros donde trabajaba entonces. Yo tenía treinta y cuatro, vivía de alquiler en un piso pequeño en Carabanchel y no me había planteado tener hijos. No porque no me gustaran, sino porque mi vida era bastante normalita y me daba miedo cambiarla por completo.

Cuando me presentó a Alba, llevaba dos coletas torcidas y una sudadera de Hello Kitty que ya le quedaba corta. Apenas me miró. Durante meses me llamaba por mi nombre, sin más. Teresa. Ni Tere siquiera.

Nunca pretendí que me llamara mamá. Me parecía cruel, hasta ridículo. Tenía madre, aunque no estuviera. En casa había fotos de ella en el pasillo y en su cuarto. Javier no las quitó y yo tampoco habría permitido que lo hiciera. En los aniversarios, Alba se ponía rara. A veces se enfadaba porque sí, o eso parecía. Una tarde me dijo que yo cocinaba demasiado los macarrones y se encerró dando un portazo. Luego la oí llorar detrás de la puerta.

Aprendí a no entrar siempre detrás. A veces le dejaba un vaso de leche en la puerta. Otras veces me sentaba en el pasillo y hablaba de cualquier cosa: de la vecina del quinto, del perro de mi hermana, de que se nos estaba quemando la cena. No sé si aquello ayudaba. Supongo que, algunas veces, sí.

Con los años me convertí en la persona que la llevaba a extraescolares, la que hacía cola para apuntarla al campamento urbano en verano, la que se sabía el nombre de sus profesoras. Javier trabajaba conduciendo para una empresa de reparto y tenía horarios imposibles. No era un mal padre, pero llegaba agotado y muchas cosas recaían en mí.

La acompañé a comprarse su primer sujetador. A los trece años le fui a buscar al instituto porque había tenido una bronca con unas chicas de su clase. A los diecisiete pasé dos noches casi sin dormir cuando se fue de botellón y dejó de contestar al móvil. Después le grité. Mucho. Y luego lloré en el baño, avergonzada de haberle gritado como si fuera mi hija, cuando en realidad no sabía si tenía derecho.

Ella, durante bastante tiempo, actuó como si lo tuviera claro.

En los formularios del instituto, cuando ponían “persona de contacto”, aparecía mi número. En Navidad me regalaba cosas hechas un poco deprisa, una taza, unos calcetines, una crema que no usé nunca porque olía demasiado fuerte. Pero me las daba con ilusión. Cuando se fue a estudiar Turismo a Valencia, me llamaba para preguntarme cómo se hacía una bechamel o para que le revisara un correo importante antes de enviarlo.

Por eso el mensaje me dejó tan descolocada.

Javier llegó a casa media hora después. Yo seguía en la cocina, sentada, sin haber preparado la cena. Él vio el móvil, entendió enseguida y se puso blanco.

—No tenías que haberlo leído así —me dijo.

Fue una frase bastante torpe. Pero él también estaba herido, creo. O quizá asustado.

—¿Es verdad? —le pregunté.

Se sentó enfrente de mí y se frotó la cara con las dos manos.

—Me dijo que quería una boda pequeña.

—Va a invitar a ciento veinte personas, Javier. Me lo dijo ella misma hace tres semanas.

No contestó.

Alba y su novio, Dani, se casaban en una finca por Aranjuez. Ella llevaba meses hablando de los centros de mesa, de si las invitaciones eran demasiado clásicas, de una canción que quería poner al entrar. Yo la escuchaba y a veces le decía que no se obsesionara, que al final nadie se acuerda del color de las servilletas. Me mandaba audios larguísimos mientras yo iba en el Metro.

Y resulta que no había sitio para mí.

La llamé esa misma noche. No quería hacerlo. Quería esperar, hablar cara a cara, ser una adulta sensata. Pero me pudo la angustia.

Tardó bastante en cogerlo.

—Papá te lo ha contado —dijo nada más descolgar.

—No exactamente.

Hubo un silencio. Oí tráfico de fondo. Vivía entonces en Móstoles, compartiendo piso con Dani antes de la boda, y supuse que estaría volviendo del trabajo.

—No quería hacerte daño —dijo.

—Pues lo has conseguido.

Sé que no fue la mejor respuesta. Sonó casi infantil. Pero era lo único que tenía.

Alba respiró hondo.

—Teresa, no se trata de que no hayas hecho cosas por mí. Sé todo lo que has hecho. Precisamente por eso me siento fatal. Pero en la boda de mi madre van a estar mis tíos, mi abuela… y desde que murió ella, todos han dicho que tú ocupaste demasiado espacio.

Me entró una rabia muy fea. Sus tíos habían aparecido en cumpleaños y comuniones, sí, pero no cuando tuvo gastroenteritis a los nueve años, ni cuando había que pagar las gafas nuevas, ni cuando suspendió matemáticas y decía que era tonta.

—¿Y tú qué piensas? No ellos. Tú.

No respondió enseguida.

—No sé —dijo al final—. A veces siento que si te incluyo como familia estoy dejando fuera a mi madre. Ya sé que no tiene sentido, pero lo siento así.

Esa frase me desarmó más que si me hubiera dicho algo cruel.

No discutimos. Le dije que necesitaba colgar. Durante los días siguientes apenas hablé con Javier. Él estaba enfadado con Alba, quería decirle que era injusta, que no podía tratarme de esa manera. Yo le pedí que no lo hiciera. No porque no doliera, sino porque no quería que acabara invitándome por obligación, con esa sensación de que alguien había ganado una pelea absurda.

La semana de la boda, fui a trabajar como siempre. Compré un regalo que no llegué a enviar: una cafetera pequeña, de las que ella decía que quería para el piso nuevo. La tuve dos días en el maletero y al final la devolví. Me dio vergüenza hacerlo, como si la dependienta pudiera saber algo.

Javier fue solo. Se puso el traje azul que usamos para las bodas y los entierros. Antes de salir me preguntó si quería que se quedara conmigo.

Le dije que no. También eso fue mentira. Claro que quería. Pero no quería mirarlo todo el día vestido para una familia de la que yo no formaba parte.

Cuando volvió, dejó los zapatos en el recibidor y no contó casi nada. Dijo que Alba estaba guapa. Que había llorado al ver a su padre. Que preguntó varias veces por mí, aunque no sé si eso me consoló o me enfadó más.

Han pasado cuatro meses. No hemos dejado de hablarnos, pero ya no es igual. Ella me manda fotos de su gato y yo contesto con corazones o con cualquier tontería. Hace poco me preguntó una receta de lentejas, y estuve a punto de no responderle. Al final se la mandé, demasiado detallada, con el tiempo de cocción y todo.

Javier dice que hay que darle tiempo. Puede que tenga razón. Puede que yo también necesite tiempo para entender que querer a alguien no te garantiza un lugar en su historia.

La cafetera ya no está en el maletero. Pero todavía guardo el ticket en el bolso, doblado entre unas tarjetas del supermercado. No sé muy bien por qué.