Durante años, Inés creyó que aguantar era cuidar de su familia… hasta que su hija le hizo una pregunta que ya no pudo apartar de la cabeza
La semana pasada encontré una bolsa de basura con mis cosas dentro del armario del pasillo. No era que Sergio me hubiera echado de casa ni nada así. La bolsa estaba ahí porque yo misma la había ido llenando durante meses: ropa que ya no me ponía, un neceser viejo, unos apuntes de un curso de auxiliar administrativo que hice hace años, fotos que no quería que se estropearan.
La vi y pensé que parecía que alguien hubiese recogido los restos de una persona que ya no vivía allí.
Tengo cuarenta y siete años, una hija de diecisiete, Paola, y llevo casi veintidós con Sergio. Vivimos en un pueblo grande de Toledo, de esos donde todo el mundo sabe cuándo cambias las cortinas y, si no lo sabe, lo pregunta. Él tiene una pequeña empresa de reformas. Empezó con su hermano, luego se quedaron cada uno por su cuenta. Ha trabajado muchísimo, eso no se lo voy a negar. Ha habido meses muy malos, clientes que no pagaban, llamadas a las once de la noche porque se había roto una tubería en una obra.
Yo también he trabajado siempre, aunque durante mucho tiempo parecía que lo mío contaba menos. Por las mañanas estoy en la charcutería de un supermercado. Por las tardes, cuando hace falta, llevo presupuestos, facturas y papeles de la empresa. Y desde que la madre de Sergio empezó a estar peor, también voy a verla casi todos los días. No porque él me lo ordenara así, exactamente. Es más difícil de explicar. Las cosas se iban dando y yo las hacía.
“Como tú sales antes.”
“Como tú eres más apañada con estas cosas.”
“Como mi madre contigo se tranquiliza.”
Y al final, como yo era la que resolvía, todo acababa siendo cosa mía.
Sergio no es un hombre de gritos constantes ni de dar portazos. Ojalá hubiera sido algo tan claro, porque a lo mejor yo habría sabido ponerle nombre antes. Lo suyo ha sido ir quitándome importancia poco a poco. Cuando decía que estaba cansada, me respondía que todos lo estábamos. Si quería hacer algo un sábado, me recordaba todo lo pendiente. Si llegaba tarde del supermercado y no había cena, pedía comida a domicilio haciendo caras, como si yo hubiera dejado de cumplir una función básica de la casa.
A veces se reía y decía delante de otros: “Inés sin una lista de tareas se pone nerviosa”. La gente sonreía. Yo también, alguna vez. Era más fácil.
Mi hermana me decía que no dramatizara. Que Sergio era trabajador, que no bebía, que no me faltaba al respeto de verdad. Mi padre, antes de morir, decía que un matrimonio tenía temporadas y que ahora nadie aguantaba nada. Y yo pensaba en la hipoteca, en el coche, en Paola queriendo estudiar fuera el año que viene si consigue plaza. Pensaba que separarme era romper una casa por algo que ni siquiera sabía explicar sin parecer una desagradecida.
Porque, ¿cómo explicas que te duele ser siempre la persona a la que llaman cuando hay un problema y nunca la persona a la que miran cuando no lo hay?
Hace dos meses, Sergio aceptó una reforma grande en Madrid. Le venía muy bien, según él, porque llevaba una temporada floja. Empezó a salir de casa a las seis y a volver algunos días después de las nueve. Yo asumí más cosas sin que nadie lo hablara: llevar a su madre al centro de salud, comprarle la medicación, atender llamadas de proveedores porque él iba conduciendo, hacer cenas, ayudar a Paola con unos papeles de la beca.
Una tarde llegué a casa con fiebre. No mucha, pero me dolía todo el cuerpo. Había estado de pie ocho horas y luego había ido a ver a su madre porque la cuidadora llamaba diciendo que estaba desorientada.
Sergio entró casi a las diez. Venía enfadado por una factura mal hecha. Me preguntó si había llamado al proveedor de azulejos.
Le dije que no. Que me encontraba mal y que se me había pasado.
Se quedó quieto en la cocina, con el abrigo todavía puesto. No levantó la voz. Solo dijo:
—Inés, para una cosa que te pido.
No sé por qué esa frase me cayó peor que otras. Quizá porque llevaba todo el día haciendo treinta cosas. Quizá porque Paola estaba sentada en la mesa con los cascos puestos y levantó la vista al oírlo.
Le contesté mal. Le dije que estaba harta de que hablara como si yo no hiciera nada. Él dijo que siempre lo convertía todo en un drama, que él era quien estaba sacando adelante la casa. Y yo, que no suelo decir palabrotas, le solté que no quería seguir siendo su secretaria, su enfermera, su madre y la mujer que le tenía la cena lista.
Entonces Paola se quitó los cascos.
No lloraba. Eso casi fue peor.
—Mamá, ¿tú cuándo haces algo porque te apetece?
Sergio le dijo que no se metiera. Ella bajó la mirada y se fue a su habitación. Yo me quedé con esa pregunta dentro, como cuando te tragas una pastilla sin agua y notas que se te ha quedado a medio camino.
Al día siguiente fui a trabajar como siempre. Corté jamón, preparé bandejas, sonreí a una señora que me contó que su nieto se iba de Erasmus. Nadie habría dicho que yo había pasado la noche en el sofá porque no quería acostarme al lado de Sergio. Ni siquiera porque estuviera furiosa. Era que no quería oírle respirar como si todo siguiera normal.
Esa tarde miré mi cuenta. Tenía 1.340 euros. El piso está a nombre de los dos, pero la mayoría de pagos salen de la cuenta común, donde entra lo de la empresa y de donde Sergio mueve dinero continuamente. Yo no sé cuánto queda realmente, porque cuando pregunto me da cifras distintas o me enseña el móvil deprisa, de pie, mientras hace otra cosa.
Me dio vergüenza hasta pensar en irme. A mi edad, con una hija, con una hipoteca y con una madre política que necesita ayuda. Me imaginé a la gente diciendo que había abandonado a Sergio justo cuando peor iba el trabajo. Me imaginé a Paola durmiendo en una habitación alquilada conmigo. Me imaginé volviendo a casa de mi hermana, que vive con su marido y sus dos hijos, y teniendo que oír que ya me lo habían advertido o, peor aún, que no era para tanto.
También me imaginé a Paola dentro de unos años, con alguien que le dijera “para una cosa que te pido”, mientras ella llevaba todo lo demás. Y esa imagen me dio más miedo que las otras.
No he hecho una gran escena. No he ido a ningún sitio con maletas ni he puesto abogados de por medio. De momento, he abierto una cuenta solo a mi nombre y he pedido en el supermercado que me ingresen allí la nómina. Me costó muchísimo hacerlo. La chica de administración ni me preguntó por qué; fui yo la que empezó a justificarme sin que nadie me pidiera explicaciones.
También le he dicho a Sergio que no voy a ir todos los días a casa de su madre. Iré dos tardes por semana, porque la mujer no tiene la culpa de nada y porque le tengo cariño. Pero él tendrá que organizarse el resto. Se quedó mirándome como si le hubiera hablado en otro idioma.
—¿Y qué hago yo? —me preguntó.
No supe responderle. Una parte de mí quiso volver atrás en ese mismo momento, decirle que ya veríamos, que podía seguir ocupándome yo hasta que pasara la obra de Madrid. Lo de siempre: aplazarme un poco más para que los demás no notaran el golpe.
Pero Paola estaba en el salón, haciendo como que estudiaba, y no dije nada.
Desde entonces estamos raros. Él prepara algunas cenas, pero las hace con ese silencio de quien quiere que notes el esfuerzo. Ayer llevó a su madre al médico y luego me mandó un mensaje diciendo que había sido una mañana imposible. Le respondí que lo sentía. Era verdad. No me alegré de que lo pasara mal.
Esta noche he sacado la bolsa del armario y la he dejado encima de la cama. No sé si voy a irme. No sé si él va a entender algo o si simplemente aprenderá a hacer lo mínimo durante unas semanas para que yo vuelva a colocar la bolsa donde estaba.
He empezado a doblar una camisa azul que me compré hace años para una entrevista y que nunca tiré. Todavía me vale. No sé por qué, pero eso me ha tranquilizado un poco.