Le dejó una habitación a su hermano “solo por unas semanas”, pero poco a poco empezó a sentir que ya no tenía casa
No sé en qué momento empecé a ducharme deprisa para que mi hermano no me preguntara nada desde el pasillo.
Suena ridículo, pero fue una de las primeras señales. Antes me podía tirar veinte minutos debajo del agua, sin música, sin móvil, pensando en cualquier tontería. Desde que Iván está en casa, cierro la puerta con pestillo y noto que estoy ocupando un espacio prestado. En mi propio piso.
Tengo cuarenta y ocho años, trabajo como administrativo en una asesoría de Alcalá de Henares y vivo solo desde hace bastante. No porque sea especialmente antisocial. Tengo amigos, veo a mi madre los domingos cuando no se pone pesada con que debería buscarme “una mujer apañada”, y salgo de vez en cuando. Pero me gusta llegar a casa y que esté como la dejé.
Mi piso no es gran cosa. Dos habitaciones, un salón alargado, una cocina en la que apenas caben dos personas y una terraza diminuta donde tengo tres macetas medio secas. Lo compré con una hipoteca que todavía pago. Durante años me dio vergüenza invitar a gente porque todo el mundo parecía tener casas mejores, parejas, hijos, planes más serios. Con el tiempo dejé de compararme. Era mi sitio. Eso me bastaba.
Iván es tres años menor que yo. Siempre ha sido el que cae bien. El gracioso de la familia, el que te llama por tu cumpleaños aunque luego se olvide de devolverte ciento cincuenta euros. Ha tenido épocas buenas: trabajó de comercial, vendía bastante, se compró un coche que no podía mantener y se fue a vivir con Laura, su pareja, a un chalet adosado de alquiler en Torrejón.
Lo suyo terminó hace unos nueve meses. No sé exactamente por qué. Él decía que ella se había vuelto fría y que le controlaba todo. Laura, cuando coincidí con ella una vez para recoger unas cajas, no dijo nada malo de él. Solo tenía una cara de cansancio tremenda. Me dio la impresión de que los dos habían llegado tarde a muchas conversaciones.
El caso es que Iván se quedó sin casa, con deudas de una tarjeta y sin trabajo fijo. Me llamó un martes por la noche. Yo estaba cenando tortilla francesa viendo un concurso absurdo en la tele.
—Solo hasta que me organice, Andrés. Dos semanas, tres como mucho. No voy a ser una carga.
Le dije que sí casi antes de que terminara la frase. Ni se me pasó por la cabeza decir otra cosa. Mi hermano acababa de romper con su pareja, dormía en el sofá de un amigo y estaba bastante tocado. Me habría sentido un miserable negándome.
Al principio fue fácil. Trajo una mochila, una maleta pequeña y una bolsa de ropa. Dormía en la habitación que yo usaba de despacho, donde tengo una mesa plegable y unas cajas con papeles viejos. Se levantaba tarde, recogía más o menos lo suyo y me hacía café algunas mañanas.
Luego empezó a decir cosas como “he comprado esto para casa”, y aparecían seis latas de cerveza, una pizza congelada y unas cápsulas de café que yo no uso. Dejaba el fregadero lleno, pero si yo se lo comentaba respondía: “Luego lo hago, pesado”. Y luego, muchas veces, era al día siguiente.
No fue una invasión de golpe. Fue por capas. Una chaqueta en el respaldo de una silla. Sus zapatillas en medio del pasillo. Su colonia encima del mueble del baño. El mando de la tele siempre de su lado del sofá.
También empezó a traer gente. No fiestas ni nada así, pero un amigo a ver fútbol, otro a tomar unas cervezas un viernes. Una tarde entré y había dos chavales que yo no conocía fumando en mi terraza. Ni siquiera fumo. Iván me presentó como si yo fuera un vecino al que habían dejado pasar.
—Mi hermano es un poco maniático, pero es buen tío —dijo, riéndose.
Me reí también. Eso es lo peor. Me reí, aunque por dentro me estaba hirviendo algo.
Cuando se cumplieron dos meses, le pregunté si tenía alguna entrevista o alguna opción. Se puso serio de repente.
—Ya sabes cómo está todo. No voy a coger cualquier mierda por cuatro duros.
Yo tampoco gano una fortuna. Pero cada mes aparto para la hipoteca, la comunidad, la luz, el seguro del coche. Empecé a pagar más compra sin hablarlo. Él alguna vez traía pan o leche y decía que ya compensábamos. No quería llevar una libreta de gastos con mi hermano, pero tampoco quería sentir que tenía que pedir permiso para comprar yogures porque desaparecían en dos días.
Mi madre, por supuesto, lo veía de otra manera.
—Está pasando una mala racha. Tú tienes tu sueldo y no tienes hijos. ¿Qué te cuesta?
Esa frase me hizo daño más de lo que debería. “No tienes hijos”. Como si por no haber formado una familia mi vida estuviera disponible para cubrir los agujeros de los demás. No se lo dije así. Le dije que no era solo dinero, que necesitaba estar solo a veces.
—Ay, hijo, qué cosas dices. Es tu hermano.
Como si ser su hermano significara que mi casa, mi tiempo y mi paciencia no fueran del todo míos.
La discusión de verdad llegó por una tontería. Un sábado yo tenía pensado pasar la mañana ordenando el trastero. Había quedado a comer con Marta, una compañera de toda la vida, y quería volver temprano. Me desperté con voces en el salón. Iván había invitado a su hijo, Dani, de catorce años, y a dos amigos del chico para que jugaran a la consola.
No me molestó Dani. De hecho, me cae bien y bastante tiene con el lío de sus padres. Me molestó que nadie me hubiera avisado. Que hubiera mochilas por el suelo, bolsas de patatas abiertas, gritos, puertas dando golpes. Salí de la habitación y le pregunté a Iván por qué no me lo había dicho.
Él se quedó mirándome como si le hubiera insultado.
—Porque es mi hijo, Andrés. No voy a pedir cita para que venga a verme.
—No te he dicho eso. Te he dicho que me avises.
—Es que últimamente parece que te molesta que respire.
Y ahí, en lugar de callarme como había hecho tantas veces, le solté que llevaba casi tres meses viviendo a mi costa, que no buscaba trabajo en serio y que yo no podía seguir así.
Dani estaba en el pasillo. No sé cuánto había oído. Se quedó quieto, con el mando de la consola en la mano. Me sentí fatal al instante. Iván se puso blanco y luego rojo.
—Vale. Ya he entendido el mensaje.
No gritó. Casi habría preferido que gritara. Cogió las llaves y se fue. Volvió de madrugada. Yo fingí estar dormido, aunque escuché cómo abría armarios, cómo se le caía algo en la cocina y cómo estuvo un rato sentado en el salón sin encender la tele.
Durante dos días apenas hablamos. Mi madre me llamó tres veces. Iván, supongo, le contó su versión. Ella no me regañó directamente, pero repetía que él estaba vulnerable y que yo sabía que siempre se había sentido menos que yo. Me dio rabia, porque yo nunca he sido mejor que nadie. Simplemente soy más aburrido. Pago las facturas a tiempo, no me meto en demasiados líos y me cuesta pedir ayuda. No sé si eso me hace mejor o solo más solo.
El lunes dejé una nota sobre la mesa. No una de esas dramáticas. Puse que necesitábamos hablar esa noche y que quería que acordáramos una fecha realista para que se fuera. La escribí tres veces porque cada versión me sonaba cruel o cobarde.
Cuando llegué de trabajar, Iván había recogido parte de sus cosas. No todas. Estaba sentado con el portátil abierto. Me dijo que había hablado con un antiguo compañero para hacer repartos unas semanas y que quizá podía irse a una habitación alquilada a principios del mes siguiente.
—No te preocupes, no quiero quedarme donde molesto —dijo.
Le respondí mal. Le dije que esa era justo su forma de hacer las cosas: convertir cualquier límite en un abandono.
Después se quedó callado. Yo también. Y, al final, le pedí perdón por haber soltado lo del dinero delante de Dani. Él reconoció, muy bajito, que se había acomodado más de la cuenta. No fue una reconciliación de película. No nos abrazamos ni solucionamos nuestra vida en una conversación.
Han pasado tres semanas desde entonces. Iván todavía está aquí, aunque ahora tiene una fecha: el día 5 se va a una habitación en Coslada. Ha empezado con los repartos y llega reventado. A veces deja los platos sin fregar igualmente. A veces yo los friego sin decir nada y luego me enfado conmigo por hacerlo.
Esta mañana he visto una caja de cartón junto a la puerta con sus cosas de invierno. Me ha dado alivio. También una pena rara, porque sé que cuando se vaya el piso volverá a estar en silencio, y el silencio no siempre significa tranquilidad.
Pero he vuelto a ducharme despacio. Y, de momento, eso es lo único que tengo claro.