Su hija se fue apagando de su vida sin una pelea clara, y ahora él no sabe si insistir o dejarla respirar
No sé decir en qué momento mi hija dejó de llamarme papá y empezó a tratarme como a un conocido al que hay que responder con educación.
No es que ahora me llame por mi nombre ni nada así. Peor sería eso, supongo. Me dice “hola, papá”, claro. Pero lo dice deprisa, como quien abre una puerta solo lo justo para que entre alguien y se la vuelve a cerrar detrás.
Me llamo Julián, tengo sesenta y dos años y vivo en Móstoles, en el piso donde crecieron mis dos hijos. El pequeño, Sergio, se fue a Alcalá hace años, pero viene bastante. Con Laura ha sido distinto. Tiene treinta y cuatro, trabaja en una agencia de comunicación en Madrid y vive con su pareja, Dani, por la zona de Delicias. Está a media hora en Cercanías, quizá cuarenta si hay lío. Y, sin embargo, hay semanas en las que parece que vive en otro país.
Mi mujer, Pilar, murió hace seis años. Cáncer de páncreas. Fue rápido al final, aunque cuando lo cuentas así parece que no doliera. Desde entonces, yo creo que Laura y yo empezamos a alejarnos, pero no lo vi entonces.
Durante la enfermedad ella estaba muy encima. Venía con táperes, acompañaba a su madre a consultas, hablaba con los médicos porque a mí se me olvidaban hasta las preguntas. Yo estaba torpe, enfadado con todo, y muchas veces ella me decía algo práctico y yo le contestaba mal.
“Ya sé lo que tengo que hacer, Laura.”
O: “No me hables como si fuera idiota.”
Ahora pienso que no me hablaba así. Era yo el que no soportaba que mi hija me viera perdido.
Cuando murió Pilar, Laura se quedó dos noches en casa. La segunda cenamos unas croquetas congeladas porque no había ganas de otra cosa. Ella lloró un rato en la cocina y yo no fui capaz de abrazarla. O sea, podía haberlo hecho, claro. Estaba a dos metros. Pero me quedé sentado en la mesa mirando una mancha de aceite en el hule. Pensé que si la abrazaba, me hundía yo también.
A la mañana siguiente se fue diciendo que necesitaba dormir en su casa.
Yo le dije: “Bueno, cada uno lleva estas cosas como puede.”
Era una frase horrible. De esas que uno dice para parecer entero y luego se le quedan pegadas años.
Los primeros meses hablamos mucho. Ella me mandaba fotos de su gato, de una planta que se le moría siempre, de comidas que hacía Dani. Yo le contaba las cosas del barrio, que si habían cambiado el bar de abajo, que si había coincidido con el padre de una compañera suya del instituto. Tonterías, pero eran nuestras tonterías.
Después empecé a llamar más de la cuenta. Lo sé. Me jubilé de mi trabajo en Correos poco después de que muriera Pilar, y de repente los días eran larguísimos. Si Laura no respondía a un mensaje en una hora, yo mandaba otro.
“¿Todo bien?”
“Llámame cuando puedas.”
“¿Estás liada?”
Una vez me respondió: “Papá, estoy en una reunión. No pasa nada si no contesto al momento.”
Me sentó fatal. No porque tuviera razón o no; la tenía. Me sentó fatal porque leí detrás de esa frase algo que quizá no estaba: que yo era una carga.
A partir de ahí hice una cosa bastante absurda. Dejé de llamarla para que se diera cuenta de que yo también podía desaparecer.
Aguanté cuatro días. El cuarto, un domingo, me había preparado lentejas y me sobró media olla. Le mandé una foto. Me contestó con un corazón y “qué ricas”. Eso fue todo.
En Navidad discutimos, aunque ni siquiera fue una discusión grande. Laura y Dani llegaron tarde a cenar porque habían estado primero con los padres de él. Yo llevaba toda la tarde preparando el cordero y poniendo la mesa como le gustaba a Pilar, con la vajilla buena que casi no uso. Cuando entraron, Laura me besó, dejó una bolsa con vino sobre la encimera y dijo que estaba reventada.
Yo solté: “Para una vez que venís, parece que os hacen venir a trabajar.”
Ella se quedó quieta. Dani miró al suelo. Sergio intentó hablar de cualquier cosa, pero Laura me dijo, muy bajito:
“No hacemos esto para hacerte daño.”
Y yo, en vez de callarme, le contesté que ella no sabía lo que era llegar a casa todos los días y que no hubiera nadie. Como si ser mi hija significara que tuviera que arreglarme esa soledad.
Se fueron antes del postre.
Luego me escribió un mensaje larguísimo. Me decía que me quería, que no podía ser responsable de cómo me sintiera cada tarde, que a veces me llamaba con miedo porque nunca sabía si yo iba a estar bien o si acabaría reprochándole algo. Lo leí muchas veces. No le respondí hasta dos días después, y solo puse: “Perdona si te has sentido así.”
Ni siquiera fui capaz de pedir perdón sin poner condiciones.
Desde entonces nos vemos, sí. Para que no parezca que he perdido completamente a mi hija. Viene algunos domingos, comemos, hablamos del trabajo, de que están pensando en cambiarse a un piso algo más grande. Yo pregunto por Dani, por el gato. Ella pregunta si sigo yendo a caminar con Paco, un antiguo compañero. Todo correcto.
Pero hay un momento, normalmente cuando ella se pone el abrigo en el recibidor, en que noto que los dos estamos pensando algo y ninguno lo dice.
Hace tres semanas le propuse ir conmigo a ver la tumba de su madre. Hacía mucho que no íbamos juntos. Me dijo que ese sábado tenía un compromiso, pero que ya buscaríamos otro día.
No sé si era verdad. Puede que sí. Antes habría insistido, habría preguntado qué compromiso, con quién, por qué no podía moverlo. Esta vez le dije que no pasaba nada.
Después me quedé mirando el móvil toda la tarde, esperando que propusiera una fecha. No lo hizo.
Ayer le mandé un audio. Lo grabé tres veces. En el primero parecía que estaba enfadado. En el segundo, que daba pena. Al final le dije que había encontrado unas fotos suyas de pequeña en la casa del pueblo, que si quería se las daba cuando pudiera.
Me ha respondido esta mañana: “Qué bonito. Gracias, papá. Esta semana voy fatal, pero hablamos.”
He escrito “vale” y lo he borrado. Luego he escrito “cuando tú quieras” y también lo he borrado, porque me ha sonado a reproche aunque no quisiera.
Al final le he puesto un emoji de una carita sonriendo. Ni siquiera uso emojis bien. Me lo enseñó ella hace años.
El móvil sigue encima de la mesa, al lado de las gafas y del recibo de la luz. A las seis he quedado con Paco para dar una vuelta. No me apetece mucho, pero voy a ir.
Las fotos de Laura siguen en una bolsa de papel junto a la puerta. No sé cuándo se las daré.