“Te estás montando una película”: nadie creyó a Alba cuando vio los mensajes que recibía su sobrino
Lo primero que me hizo desconfiar no fue una foto rara ni una amenaza. Fue una frase bastante normal: “No se lo enseñes a tu madre, que se pone nerviosa por todo”.
La vi en la pantalla del móvil de mi sobrino Mateo, de doce años, un sábado después de comer. Habíamos ido a casa de mi hermana Clara porque era el cumpleaños de mi cuñado, y Mateo estaba sentado en una esquina del salón, con los cascos puestos y el móvil pegado a la cara. Ni siquiera estaba jugando en ese momento. Escribía deprisa, borraba, volvía a escribir.
Yo estaba recogiendo platos, porque en mi familia siempre acabamos las mismas tres personas en la cocina, y le pregunté con quién hablaba.
—Con gente del servidor —me dijo, sin mirarme.
Mateo llevaba meses metido en un grupo de Discord relacionado con un juego de fútbol. Nada extraordinario. Su padre juega a la consola, sus amigos también, y yo tampoco soy de las que creen que internet sea automáticamente el demonio. Pero aquella respuesta me sonó distinta. Muy seca.
Le dije que me dejara ver el mensaje, en plan broma, como una tía pesada. Él bloqueó la pantalla enseguida.
—No es nada.
Le pregunté quién era “Dani_Pro17”, que era el nombre que había alcanzado a leer. Mateo dijo que era un chico de Valencia que conocía del servidor y que le estaba ayudando a entrar en un equipo para competir en unos torneos pequeños. Me explicó todo atropellado. Que era mayor, pero no mucho. Que sabía de ordenadores. Que tenía contactos.
Y luego añadió:
—No se lo digas a mamá, por favor. Se va a enfadar y me lo va a quitar.
No le prometí nada. Le dije que no quería meterle en un lío, pero que si un adulto le pedía secretos, eso no estaba bien. Mateo puso los ojos en blanco, con esa mezcla de vergüenza y enfado que tienen a esa edad.
—No es un adulto. Tiene diecisiete.
Lo dejé ahí durante la comida. Me repetía que igual estaba exagerando. Yo no tengo hijos y sé que, a veces, eso hace que la familia te coloque en el papel de la persona que opina sin saber. Pero no podía quitarme la frase de la cabeza.
Cuando se fueron los invitados, se lo comenté a Clara mientras secábamos vasos.
No le dije “tu hijo está en peligro”. Ni siquiera utilicé la palabra peligro. Le conté exactamente lo que había visto y le pedí que echara un vistazo con calma.
Su respuesta me dolió más de lo que esperaba.
—Alba, de verdad, no empieces. Mateo está todo el día con el móvil, como todos. Si le reviso los mensajes por cualquier cosa, se va a cerrar más.
—No te estoy diciendo que le montes un interrogatorio. Solo que mires quién es esa persona.
—Ya, pero es que tú siempre ves cosas donde no las hay.
Eso me dejó callada. Porque, en parte, tenía razón. Yo soy bastante aprensiva. Cuando mi madre estuvo ingresada hace años, fui yo la que llamaba a la planta cada dos horas. Cuando una amiga tarda demasiado en responder, me imagino que le ha pasado algo. Sé que tengo esa tendencia.
Mi cuñado, Rubén, oyó la conversación desde el salón y soltó una risa de esas sin ganas.
—Es un crío jugando al FIFA, Alba. Déjale respirar un poco.
No insistí. Me fui a casa con una bolsa de tupper de croquetas y la sensación fea de haber quedado como una paranoica.
Durante dos semanas intenté convencerme de que era asunto cerrado. Clara me mandaba fotos de Mateo en el instituto, con la bici, haciendo el tonto con el gato. Parecía el mismo de siempre. Hasta que un martes por la noche me escribió él directamente.
“¿Tía, tú sabes si se puede saber dónde vive alguien por una foto?”
Me quedé mirando el mensaje sin contestar unos segundos. Le puse que dependía, que por qué preguntaba. Tardó casi diez minutos en responder.
“Es que Dani me ha dicho que le mande una foto desde mi ventana para ver si vivimos cerca de una tienda donde venden una cosa para el ordenador.”
Le dije que no enviara nada. Que no mandara fotos, ni su dirección, ni su nombre completo, ni el nombre del instituto. Me contestó con un “vale” y un emoji. Después dejó de aparecer conectado.
Llamé a Clara. No me cogió. La llamé otra vez. A la tercera, sí.
Estaba viendo una serie con Rubén. Cuando le expliqué lo que Mateo me había escrito, hubo un silencio y después dijo:
—Seguro que es para quedar a jugar o algo. No puedes vivir pensando lo peor de todo el mundo.
Ahí me enfadé. No grité, pero hablé mucho peor de lo que me habría gustado.
—No estoy pensando lo peor. Estoy diciendo que un chaval de doce años no tiene por qué mandar una foto de su casa a alguien a quien no conoce.
Rubén cogió el teléfono, porque lo oí respirar antes de hablar.
—Estás metiendo miedo al niño y también a Clara. No tienes pruebas de nada.
Colgué. Fue infantil, lo sé. Pero notaba las manos heladas y no quería seguir escuchando que el problema era yo.
Al día siguiente, Mateo no fue al instituto. Clara me escribió que le dolía la barriga. Al principio pensé que sería verdad, pero por la tarde me llamó llorando. No era un llanto dramático. Era peor: hablaba bajito, como si le diera vergüenza hasta llorar.
Había revisado el ordenador de Mateo mientras él dormía. Encontró una conversación guardada en una carpeta con otro nombre. No era solo aquel tal Dani. Había notas de voz, peticiones para hacer videollamadas cuando sus padres no estuvieran y preguntas muy concretas sobre sus horarios, el portal, la calle. También le había pedido que borrara mensajes “para que no se montaran películas”.
No sé quién era realmente esa persona. El perfil tenía fotos de un chico joven, pero podían ser de cualquiera. Clara y Rubén hablaron con Mateo esa misma tarde. Él se puso a llorar, dijo que no había quedado con nadie, que solo quería entrar en el equipo y que le habían dicho que, si contaba algo, le echarían del grupo y todos se reirían de él.
Rubén se quedó blanco. A mí me pidió perdón por teléfono. Le dije que no hacía falta entonces, que primero tenían que estar pendientes del niño. Creo que soné fría. Probablemente lo estaba.
Guardaron las capturas, cerraron las cuentas y fueron a pedir orientación a la Policía Nacional. No sé exactamente qué se hizo después ni quiero adornarlo. Les explicaron qué información conservar y cómo proceder. Mateo empezó a ver a una psicóloga unas semanas más tarde, porque dejó de querer conectarse incluso con sus amigos de clase.
Lo que más me sorprendió fue que no estaba asustado por “Dani”. Estaba convencido de que había hecho algo malo por haber confiado. Decía que había sido tonto.
Aún hoy, casi un año después, en las comidas familiares hay momentos incómodos. Clara se pone rígida si alguien habla de móviles. Rubén sigue intentando compensar a Mateo con cosas pequeñas, llevándolo al cine, comprándole cromos aunque ya ni le interesan tanto. Yo a veces pienso que podría haberlo dicho de otra manera, no sé, haber sido más suave para que me escucharan antes.
Pero luego recuerdo esa frase en la pantalla: “No se lo enseñes a tu madre”.
La última vez que fui a su casa, Mateo me pidió que le ayudara a instalar un juego nuevo en el ordenador. Antes de aceptar permisos, me llamó desde su cuarto.
—Tía, ¿esto te parece raro o está bien?
Me senté a su lado y lo miramos juntos, sin prisas. Clara estaba en la cocina haciendo café. Esta vez, cuando le dije que viniera un momento, vino sin preguntarme si estaba exagerando.