Me prometió que no me dejaría sola cuando vio el test positivo, pero desapareció antes de que naciera nuestro hijo

—No puede ser, Lucía. Mira otra vez. Hazte otro test.

Álvaro tenía el palillo de plástico entre los dedos como si quemara. Estábamos en el baño de mi casa, sentados en el suelo, con la puerta cerrada y el extractor haciendo ese ruido viejo que siempre hacía. Yo no podía dejar de mirar las dos rayas.

Tenía diecisiete años. Cursaba segundo de bachillerato. En dos meses empezaban los exámenes finales y yo aún no sabía si quería estudiar Educación Infantil o preparar una oposición más adelante. De repente, todo eso parecía ridículo. Muy lejos.

—Ya me hice dos —le dije—. Los dos han salido igual.

Álvaro me abrazó. Recuerdo que olía a tabaco y a ese desodorante barato que usaba desde siempre. Me apretó la cabeza contra su pecho y me dijo la frase que tardaría mucho tiempo en dejar de escuchar por dentro.

—No te voy a dejar sola. Es cosa de los dos.

Lloré tanto aquel día que me dolía la garganta. Lloraba por miedo, claro, pero también porque quise creerle. Llevábamos casi dos años juntos. Él conocía a mis padres, había comido paella en mi casa los domingos, había dormido alguna siesta en mi sofá mientras mi madre refunfuñaba desde la cocina. Yo pensé que éramos una familia antes incluso de saber qué era una familia de verdad.

Decírselo a mis padres fue peor de lo que imaginaba.

Mi padre se quedó de pie junto a la mesa, con las manos apoyadas en una silla. No gritó al principio. Eso fue lo que más miedo me dio.

—¿Estás segura? —preguntó.

Asentí sin levantar la vista.

Mi madre se sentó a mi lado. Me acarició la espalda, pero le temblaba la mano. Luego miró a Álvaro, que estaba enfrente, pálido, sin tocar el vaso de agua.

—¿Y tú? —le preguntó—. ¿Qué piensas hacer?

Álvaro tragó saliva.

—Voy a responder. Voy a trabajar si hace falta. No voy a desaparecer.

Mi padre soltó una risa seca, de esas que no tienen nada de gracia.

—Más te vale, chaval.

Durante unas semanas, Álvaro cumplió a medias. Me acompañó a la primera cita en el centro de salud. Me cogía la mano cuando la matrona hablaba de análisis, de vitaminas, de fechas. Hasta hizo una foto de la ecografía y la puso de fondo de pantalla.

Pero poco a poco empezó a cambiar.

Primero dejó de venir porque tenía entrenamiento. Luego porque su jefe le pedía cubrir turnos en el bar donde trabajaba los fines de semana. Después tardaba horas en contestar los mensajes. A veces veía que estaba conectado y no decía nada.

—Estás distante —le dije una tarde, delante del portal de su casa.

Él evitó mirarme.

—No estoy distante, Lucía. Es que estoy agobiado.

—Yo también estoy agobiada. Estoy embarazada.

—Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes todo el rato.

Aquella frase me dejó helada. Ni siquiera le estaba pidiendo dinero. Solo quería que viniera conmigo a la siguiente ecografía.

A las veinticuatro semanas dejó de contestarme por completo. Llamé a su madre, llorando y con una vergüenza que todavía me quema al recordarla. Ella dijo que Álvaro necesitaba tiempo, que era muy joven, que lo estaba pasando mal.

¿Y yo qué era? ¿Una mujer de cuarenta años con la vida resuelta?

Cuando nació mi hijo, Mateo, Álvaro no estaba. Era diciembre y hacía un frío húmedo que se colaba hasta en la habitación del hospital. Mi madre sostenía una manta azul diminuta mientras yo apretaba la mano de mi padre durante las contracciones.

Mi padre, el mismo que no pudo mirarme durante días cuando le dije que estaba embarazada, lloró al escuchar el primer llanto de Mateo. Lloró sin esconderse. Después se acercó a mí y me besó en la frente.

—Has sido muy valiente, hija.

Yo no me sentía valiente. Me sentía rota, agotada y aterrada. Miré a mi bebé, tan pequeño, con la cara arrugada y los puños cerrados, y pensé: «No sé cómo voy a hacer esto».

La gente opinaba de todo. En el instituto algunas compañeras dejaron de contar conmigo para salir. Otras me hablaban como si estuviera enferma. Una profesora me soltó, con buena intención según ella, que quizá sería más realista dejar los estudios y centrarme en el niño.

Mi madre fue la que respondió.

—Precisamente por el niño, mi hija va a terminar.

Y terminé. No fue bonito ni heroico. Fue un caos. Estudiaba de madrugada, cuando Mateo por fin se dormía. Había días en que llegaba a clase con leche en la camiseta y ojeras hasta el suelo. Mi padre me llevaba en coche porque yo iba tarde siempre, siempre. Mi madre se quedó sin vacaciones para cuidar del bebé durante los exámenes.

Suspendí dos asignaturas. Las recuperé en septiembre mientras mis amigas subían fotos de la playa y yo memorizaba apuntes con Mateo dormido sobre mi pecho.

Álvaro vino a ver a su hijo una sola vez, cuando Mateo tenía cuatro meses. Avisó con media hora de antelación. Llegó con una bolsa de ropa usada que, según dijo, le había dado una prima.

Mateo lloró en cuanto él intentó cogerlo. Álvaro se puso nervioso.

—Es que no me conoce —murmuró.

Tuve que morderme la lengua para no gritarle que los bebés no reconocen apellidos ni promesas, reconocen brazos, voces, noches sin dormir.

—Puedes conocerlo —le dije—. Nadie te lo está impidiendo.

Él se encogió de hombros.

—No sé si estoy preparado para esto.

—Yo tampoco lo estaba.

No volvió. Tampoco aportó dinero. Mi madre insistió en que iniciara los trámites para reclamar la pensión. Me costó dar ese paso porque una parte absurda de mí seguía pensando que quizá, si no lo presionaba, volvería por voluntad propia. Como si Mateo tuviera que merecer el interés de su padre.

Ahora tengo veintidós años. Estoy terminando un ciclo de Educación Infantil y trabajo algunas tardes en una ludoteca. Mateo tiene cuatro años, una risa escandalosa y una obsesión preciosa por los dinosaurios. Mis padres siguen siendo mi red. Sin ellos, no sé dónde estaría.

Hace una semana, mientras le ponía el pijama, Mateo me miró muy serio desde la cama.

—Mamá, ¿mi papá vive lejos?

Me quedé quieta con el calcetín en la mano.

—Sí, cariño —le dije al final—. Vive lejos de nosotros.

No sé cuándo será el momento de contarle la verdad sin cargarle con una herida que no le corresponde. Solo sé que voy a enseñarle, cada día, que nunca fue una carga ni un error.

¿Creéis que algún día Álvaro tendrá derecho a volver y pedir un lugar en la vida de Mateo? ¿O hay ausencias que, por mucho tiempo que pase, no deberían perdonarse tan fácilmente?