Mi hermana volvió a casa “solo unos días” y, nueve meses después, ya no sé si estoy cuidándola o desapareciendo yo

No sé en qué momento empecé a bajar el volumen de la tele cuando llegaba a casa, como si estuviera entrando en una habitación de hospital.

Vivo en un piso de alquiler en Alcorcón, dos habitaciones, un salón normalito y una cocina tan pequeña que, si abres el lavavajillas, no pasa nadie. Tengo cuarenta y dos años, trabajo como encargado en una tienda de materiales eléctricos y llevo separado casi tres. No tengo hijos. Hasta hace poco, mi vida era bastante simple: currar, ir al gimnasio algunos días, ver al Atlético con mis amigos cuando podía y los domingos comer en casa de mi madre.

Ahora muchas veces me quedo cinco minutos dentro del coche antes de subir. No porque mi hermana me haya hecho nada grave. Eso es lo peor. Porque no es una mala persona. Es mi hermana, Lucía. Me llevaba nueve años y, cuando éramos pequeños, fue ella quien me llevaba al colegio si mi madre entraba temprano a limpiar casas. Ella me enseñó a hacer lentejas y a mentir diciendo que ya había hecho los deberes cuando no los había hecho.

En junio del año pasado me llamó un martes, a las once y pico de la noche.

No lloraba fuerte. Hablaba bajito, como si alguien estuviera durmiendo al lado.

Me dijo que había dejado el trabajo. O que la habían “invitado a dejarlo”, así lo dijo. Llevaba meses con ansiedad, sin dormir, con ataques de llanto en el baño de la oficina. Estaba trabajando en una gestoría desde hacía años, pero desde que cambiaron de jefe todo se había vuelto insoportable. A eso se sumó que su novio, con el que llevaba seis años, le pidió un tiempo justo cuando ella peor estaba.

—No puedo estar en casa de mamá —me dijo—. Me pregunta cada dos minutos si he comido y me pongo peor.

Le dije que viniera a mi casa unos días. Lo dije sin pensarlo demasiado. Tenía una mochila, una maleta pequeña y una bolsa con medicinas. Ni siquiera la dejé hablar de dinero.

Los primeros días fueron tranquilos. Lucía dormía mucho. Yo le dejaba comida hecha antes de irme: pasta, crema de verduras, pollo al horno. Me mandaba mensajes tipo “gracias, en serio” y yo le contestaba con un pulgar o con alguna tontería. Fuimos una vez a dar una vuelta por el parque de Polvoranca. Le costaba hasta decidir si quería un café con leche o una manzanilla.

Pensé: ya está, necesita parar. En unas semanas levantará cabeza.

Pero las semanas fueron pasando. Cogió la baja, empezó con una psicóloga por la Seguridad Social y otra que pagaba ella al principio, hasta que dejó de poder pagarla. Su prestación no era gran cosa y después empezó a decir que le daba vergüenza pedirme el bizum de la compra. Yo le decía que no pasaba nada, y era verdad al comienzo.

Luego empecé a mirar la cuenta antes de hacer la compra.

No es que yo gane mal, pero entre el alquiler, el coche, la luz, la comunidad, las cosas de mi madre cuando hace falta y todo lo demás, tampoco voy sobrado. Lucía decía que en cuanto pudiera aportaría algo. Algunas veces me dejaba treinta o cincuenta euros encima de la mesa, como escondidos debajo del frutero. Y a mí me sentaba fatal cogerlos. Si los rechazaba, se le cambiaba la cara. Si los aceptaba, me sentía un miserable.

El problema no fue solo el dinero. Fue estar siempre pendiente.

Si llegaba tarde y veía luz por debajo de su puerta, me preocupaba. Si no veía luz, también. Si decía que había pasado el día en el sofá, yo intentaba no poner cara. Si me contaba durante cuarenta minutos que sentía que no servía para nada, buscaba palabras que no sonaran falsas. A veces las encontraba. Muchas veces no.

Hay días en que está bastante bien. Se ducha, recoge su habitación, sale a comprar pan y hasta se ríe viendo programas absurdos. Otros días no puede ni mirar el móvil. Y yo nunca sé con qué versión me voy a encontrar al abrir la puerta.

Mis amigos dejaron de insistir bastante rápido. Al principio les decía que Lucía estaba pasando una mala racha. Luego empecé a inventarme que tenía turno temprano o que estaba cansado. Una noche, Javi me llamó para ir a cenar y le dije que sí. Lucía estaba sentada en el salón, con una manta, mirando no sé qué serie.

—¿Vas a salir? —me preguntó.

No lo dijo mal. Ni siquiera me pidió que me quedara. Pero se quedó mirando el suelo y yo acabé escribiendo a Javi que no podía.

Me calenté una tortilla francesa para los dos. Ella apenas probó bocado. Yo tenía un enfado enorme, pero no sabía contra quién. Me daba rabia ella, me daba rabia mi cuñado por haberse borrado tan fácil, me daba rabia mi madre por llamar ocho veces al día y luego decir que ya no tiene edad para que Lucía se quede con ella. Me daba rabia hasta mi propia casa, que de pronto parecía más pequeña.

Y sobre todo me daba vergüenza sentir rabia.

Hace un mes discutimos de verdad. Mi madre había tenido una revisión y me pidió que la acompañara. Luego tenía que pasar por la gestoría a arreglar un papel del coche. Llegué a casa cerca de las nueve, sin haber comido casi nada. Lucía estaba llorando en la cocina porque le habían denegado una ayuda que había solicitado, o eso entendí entre todo lo que me explicó.

Me pidió que llamara yo al teléfono de información porque ella no se veía capaz.

Y yo solté:

—Lucía, no puedo ser tu hermano, tu casero, tu chófer, tu gestor y tu psicólogo todo el rato.

En cuanto lo dije, quise meterme debajo de la mesa.

Ella se quedó muy quieta. No lloró más. Eso fue peor.

—Ya sé que estorbo —dijo—. No hace falta que me hagas una lista.

Le dije que no quería decir eso, pero claro que había querido decir parte. No que estorbara, no exactamente. Quería decir que estaba agotado. Que hacía meses que no tenía un pensamiento que no incluyera si ella había comido, si había tomado la medicación o si se iba a encerrar otra vez. Pero dicho así sonaba cruel, y quizá lo fue.

Esa noche se fue a dormir a casa de mi madre sin llevarse casi nada. Mi madre me llamó indignada, sin preguntar mucho. “Tu hermana está enferma, Miguel.” Como si yo no lo supiera. Como si no hubiera sido yo quien la llevó a urgencias la vez que tuvo un ataque de ansiedad tan fuerte que pensó que le daba algo al corazón.

Dos días después Lucía volvió. No porque hubiéramos arreglado nada, sino porque en casa de mi madre tampoco podía respirar. Traía la misma maleta y una bolsa con ropa limpia. Yo la ayudé a subirla sin decir gran cosa.

Desde entonces hemos hablado algo más claro. Ella ha empezado a ir a un grupo en el centro de salud y está mirando habitaciones, aunque cuando menciona precios se le cae la voz. Yo le he dicho que no la voy a echar a la calle. También le he dicho que necesito tener dos noches a la semana para mí, sin explicaciones, y que si se encuentra mal llame a su terapeuta, a mi madre o a quien sea antes de asumir que siempre tengo que resolverlo yo.

No sé si lo entendió del todo. Yo tampoco sé si sé cumplirlo. El viernes pasado fui a cenar con Javi y estuve mirando el móvil cada diez minutos. Lucía no me escribió hasta casi medianoche. Solo puso: “He cenado. Que te lo pases bien.”

Cuando llegué, estaba dormida en el sofá, con la tele encendida y el mando en el suelo. Le tapé los pies con la manta y apagué la luz.

Luego me quedé un rato en la cocina, sin hacer nada, pensando que al día siguiente tenía que comprar café y llamar a la compañía del gas. Cosas normales. Y me dio miedo que mi vida ya no volviera a ser normal, pero también me dio miedo que un día ella se fuera y yo recordara únicamente que estaba cansado.