Pensé que entrar en aquella casa significaba empezar una vida con él, pero para su hija yo era la prueba de que su madre no iba a volver

La primera vez que dormí en casa de Julián dejé el neceser en el baño por pura comodidad. Ni siquiera lo pensé. Al día siguiente, mientras me lavaba los dientes, vi que Alba lo había puesto encima de la lavadora, junto al cesto de la ropa sucia.

No dijo nada. Tampoco yo.

Era un neceser pequeño, azul marino, bastante feo, de esos que compras deprisa en una estación porque el anterior se ha roto. Pero durante unos segundos me dio la sensación de que ocupaba muchísimo espacio.

Julián y yo llevábamos un año juntos entonces. Los dos teníamos cincuenta y tantos. Yo me separé hace seis años, no tuve hijos, y él era viudo desde hacía cuatro. Su mujer, Marisa, murió de un cáncer que se la llevó bastante rápido, aunque él siempre dice que rápido no fue, que fueron once meses larguísimos.

Alba tenía veintisiete años y vivía en Valencia, donde trabajaba en una gestoría. Venía algunos fines de semana a Madrid, casi siempre en AVE, y se quedaba en casa de su padre. Era su casa de siempre: el piso donde había crecido, donde aún estaban algunas fotos de cuando iba al colegio y una marca de lápiz en el marco de la puerta de la cocina con sus alturas por años.

Yo entendía todo eso. De verdad que lo entendía. Nunca intenté cambiar los muebles, ni tirar cosas, ni hacer como si Marisa no hubiera existido. Cuando Julián me enseñaba una foto o contaba una anécdota de ella, yo escuchaba. A veces me salía incluso preguntar. No porque fuera una santa ni porque no sintiera cierta incomodidad, sino porque sabía que aquella mujer seguía formando parte de la vida de él y de Alba.

El problema fue que, poco a poco, empecé a estar demasiado presente.

Al principio iba a cenar los jueves. Luego algún sábado. Después, como mi alquiler subió una barbaridad y el dueño decidió vender el piso, Julián me dijo que me instalara con él una temporada, hasta que encontrara algo. Yo dudé muchísimo. No por falta de ganas, sino porque sabía que Alba no lo iba a recibir bien.

—Es mi casa también, Clara —me dijo Julián—. No puedo vivir pendiente de que mi hija apruebe cada paso que doy.

Yo le contesté que no se trataba de aprobar. Que quizá ella necesitaba tiempo. Pero en el fondo quería que insistiera un poco más, que dijera que no pasaba nada, que había sitio para mí sin quitarle sitio a nadie.

Me mudé en noviembre, con seis cajas, una maleta y mi planta de interior medio moribunda. La puse junto a la ventana del salón. A Julián le hizo gracia porque dijo que él conseguía matar hasta los cactus.

Alba vino el puente de diciembre.

La primera noche cenamos los tres. Yo había hecho tortilla de patata y una ensalada. Nada especial. Ella llegó cansada, dejó la mochila en el pasillo y se quedó mirando la planta, mis zapatillas debajo del perchero y una manta gris que yo había comprado en un bazar porque el sofá me parecía helador.

—Veo que ya estás instalada —dijo.

No gritó ni puso mala cara. Casi habría preferido que lo hiciera. Lo dijo como quien observa que ha empezado a llover.

Julián se removió en la silla.

—Alba, no empieces.

—No he empezado nada, papá.

Y ahí se quedó. La tortilla se enfrió un poco. Yo pregunté por Valencia, por su trabajo, por una compañera suya de la que Julián hablaba a veces. Ella respondió con educación, incluso sonrió dos o tres veces. Pero no me miraba directamente.

Durante el fin de semana intenté no estorbar. Salí a comprar, quedé con una amiga, me encerré un rato en el dormitorio con un libro que no leí. Me sentía ridícula en mi propia convivencia, calculando si podía hacer café, si podía poner una lavadora, si podía sentarme en el lado del sofá donde solía sentarse Marisa.

El domingo por la tarde escuché voces desde el pasillo. No estaba espiando. Iba hacia la cocina y me paré porque oí mi nombre.

—No quiero venir y sentir que soy una invitada —decía Alba, llorando muy bajito—. Mamá no está, vale. Ya lo sé. Pero ahora parece que tampoco queda nada de antes.

Julián tardó en responder.

—No es verdad, Alba. Esta seguirá siendo tu casa.

—Pues no lo parece.

Me fui al baño y cerré con pestillo. Me senté en la tapa del váter como una adolescente. Lo que más me dolió no fue que no me quisiera allí. Era bastante lógico. Lo que me dolió fue entender que, sin querer, yo era la persona que confirmaba algo insoportable para ella: que el tiempo seguía pasando sin su madre.

Esa noche le dije a Julián que podía volver a buscar un alquiler, aunque fuera una habitación compartida o algo lejos. Se enfadó.

—¿Por qué siempre la solución tiene que ser que tú desaparezcas?

—Porque no quiero romper vuestra relación.

—No la estás rompiendo tú.

Pero sí estaba metida en medio, y por mucho que él lo negara, se notaba. Empezó a llamar menos a Alba porque cada conversación terminaba tensa. Ella venía con menos frecuencia. En Navidad cenamos con la hermana de Julián y su marido, y Alba se presentó tarde, con una cara de cansancio que no se le quitó en toda la noche. Cuando brindamos, miró la foto de Marisa que aún está en la estantería y se fue al baño.

Yo la seguí unos minutos después. No sabía qué iba a decir. Supongo que esperaba encontrar una frase perfecta, algo que arreglara el malestar. No encontré nada.

Alba estaba retocándose el maquillaje, aunque no se había corrido.

—No quiero que pienses que intento ocupar el lugar de tu madre —le dije.

Ella dejó el pintalabios sobre el lavabo.

—Ya sé que no puedes ocuparlo.

—Entonces, ¿qué hago?

Me miró por primera vez de una forma distinta. No más amable, pero sí menos distante.

—No sé. Es que cuando tú estás aquí, él parece contento. Y me alegro por él. Pero me da miedo que se acostumbre a una vida en la que yo sobro.

Aquello me dejó sin palabras. Porque yo llevaba meses con exactamente el miedo contrario: que en aquella casa siempre sobrara yo.

No nos abrazamos ni hicimos las paces de repente. Salimos del baño y volvimos a la mesa. Su tío estaba contando una historia larguísima sobre una avería del coche, y nadie preguntó nada.

Han pasado ocho meses. Alba sigue viniendo, aunque no todos los meses. Algunas veces me manda un mensaje antes de coger el tren: “¿Vas a estar?” No sé si pregunta porque le da tranquilidad saberlo o porque prefiere prepararse. Yo suelo contestarle la verdad.

Hace poco me pidió la receta de la tortilla. Me hizo gracia porque la primera que preparé delante de ella se quedó casi cruda por el centro. Le envié un audio explicándole cómo hago yo la patata, y me respondió con una foto de la suya, bastante quemada por abajo.

Julián cree que eso significa que todo va mejor. Yo no estoy tan segura. A veces, cuando Alba llega, noto que vuelve a mirar mis cosas. Yo también sigo recogiendo de más antes de que venga, como si necesitara demostrar que no he invadido nada.

Pero ya no escondo el neceser encima de la lavadora. Está en el cajón del baño, al lado de las cuchillas de afeitar de Julián y de una caja de tiritas abierta. Parece una tontería, pero de momento es lo único que sé hacer: estar sin fingir que su madre no existió, y sin fingir que yo tampoco estoy allí.