Anka llevaba años pagando las urgencias de su familia… hasta que empezó a temer cada llamada de su madre
Me di cuenta de que algo no iba bien el día que vi una llamada perdida de mi madre mientras estaba en el supermercado y no fui capaz de devolverla hasta llegar a casa.
No porque estuviera ocupada. Ni porque estuviera enfadada. Me quedé mirando el móvil entre los yogures y el café, con esa sensación en el estómago que ya conocía demasiado bien. Pensé: «A ver qué ha pasado ahora».
Y me dio vergüenza pensar así de mi propia madre.
Me llamo Anka, tengo 38 años y vivo en Zaragoza desde que era adolescente. Mi padre era polaco y por eso tengo ese nombre, aunque aquí casi todo el mundo me llama Ana. Trabajo como administrativa en una empresa pequeña de transportes. No gano una fortuna, ni de lejos. Cobro unos 1.550 euros al mes, según las pagas y las horas, y vivo de alquiler en un piso de dos habitaciones en Las Fuentes. Hasta hace poco compartía piso con una amiga; cuando se fue con su pareja, me quedé yo sola y asumí todo el alquiler. No estaba sobrada, pero iba tirando.
Mi hermana Sonia tiene 35. Tiene una niña de nueve años, Noa, y vive con su marido, Raúl, en un pueblo a media hora de Zaragoza. Los dos han trabajado a temporadas. Él en almacenes, en obras, donde sale; ella limpiando casas y algunos meses en una residencia. El problema es que llevan años encadenando periodos sin trabajar con otros de trabajos cortos, y entre una cosa y otra siempre están a cero.
Al principio yo les ayudaba como ayuda cualquiera a su familia. Cuando nació Noa, les compré el carrito porque dijeron que el que habían encontrado de segunda mano estaba roto. Luego pagué una bombona de butano un invierno porque Raúl aún no había cobrado una nómina. Después fue una factura de la luz. Ciento veinte euros. No me pareció nada del otro mundo.
Mi madre vive sola en el piso donde crecimos, en Delicias. Tiene una pensión de viudedad baja. Es verdad que lo pasa justo, no voy a decir lo contrario. Pero desde que mi padre murió, hace ocho años, se acostumbró a llamarme a mí antes que mirar ninguna otra opción. A veces era para que le pidiera por internet unas cosas de la farmacia. Otras, para que le adelantara dinero hasta final de mes. Nunca era mucho, decía ella. Ochenta, cincuenta, ciento cincuenta.
Lo que ocurre es que nunca era una sola vez.
Hubo meses en los que mandaba dinero a tres personas distintas: a mi madre para la comunidad, a Sonia para material del colegio de Noa y a Raúl porque se le había averiado el coche y sin coche no podía ir a trabajar. Aunque, muchas veces, Raúl no estaba trabajando en ese momento.
Yo apuntaba todo en una nota del móvil. No para reclamarlo, o eso me repetía, sino para saber cuánto podía gastar yo. Me acuerdo de una noche en la que sumé y vi que, en cinco meses, habían salido casi 2.400 euros. Me senté en el borde de la cama con el abrigo todavía puesto. Había llegado tarde, cené un bocadillo de tortilla y me puse a mirar esa cifra como si fuera de otra persona.
Ese año cancelé un viaje a Cádiz con dos amigas porque no me llegaba. Les dije que tenía mucho trabajo. Era mentira. También dejé pasar un curso de nóminas que quería hacer porque costaba 390 euros. Me daba rabia gastarme ese dinero en mí cuando sabía que, cualquier día, Sonia podía necesitar algo para la niña.
Lo peor no era ni siquiera el dinero. Era la manera.
Mi madre no pedía directamente casi nunca. Empezaba contando algo.
—Hija, no quiero preocuparte, pero el recibo del gas ha venido bastante alto.
O:
—Tu hermana está fatal, yo no sé qué van a hacer con la niña.
Y yo ya sabía dónde acababa la conversación. Si intentaba decir que ese mes no podía, se hacía un silencio raro. Ella nunca me insultó ni me dijo que fuera mala hija. Casi habría sido más fácil. Decía cosas como «bueno, ya veremos cómo nos apañamos» o «no pasa nada, no te voy a cargar con esto». Y luego me quedaba yo toda la tarde con la imagen de Noa sin calefacción o de mi madre contando monedas en el Mercadona.
Sonia era más directa. A veces me mandaba audios llorando desde el baño para que Noa no la oyera. Otras me escribía: “Es urgente, por favor, no sé a quién acudir”. Una vez le mandé 300 euros porque decía que les iban a cortar la luz. Más tarde me enteré, no por ella, de que una parte se había ido en una letra atrasada de la moto de Raúl.
No fue una traición enorme, supongo. La moto también les hacía falta. Pero me molestó que no me lo dijeran. Sobre todo porque yo había sacado esos 300 de los ahorros que tenía para la fianza de un piso algo más barato que había visto.
El verano pasado Raúl estuvo casi cuatro meses sin trabajar. Decía que no encontraba nada, pero luego Sonia me contó enfadada que había rechazado una sustitución de madrugada en un almacén porque “por ese dinero no compensa”. Yo no dije nada. Me mordí la lengua. A los pocos días me pidieron 600 euros para el alquiler.
Les dije que no podía darles 600. Podía prestarles 200, y ya iba justa.
Sonia me llamó llorando y me soltó que yo no sabía lo que era tener una hija. Tenía razón. No lo sé. Pero también le dije, por primera vez, que yo no podía ser su plan fijo cada vez que las cosas se torcían.
—No eres nuestro plan fijo —me respondió—. Es que eres mi hermana.
Y eso me dejó sin palabras, porque era verdad y no era verdad a la vez.
Le envié los 200. Raúl no me dio ni las gracias. Me escribió un “recibido” y un emoji de pulgar.
En noviembre tuve una avería en el coche. Nada gravísimo, pero 780 euros entre una cosa y otra. El coche lo necesito para ir a la oficina algunos días y para visitar a mi madre, que aunque puede coger el autobús, se ha ido acostumbrando a que la lleve yo a todo. Ese mes tiré de una tarjeta que llevaba años intentando no usar.
Justo entonces mi madre me llamó porque a Sonia le habían subido el alquiler y necesitaban ayuda para entrar al mes siguiente.
Le expliqué que tenía la avería, que estaba pagando el alquiler yo sola, que debía dinero de la tarjeta. Mi madre escuchó y, cuando terminé, dijo:
—Claro, hija, tú también tendrás tus gastos.
Ese “también” me sentó como una bofetada. Como si mis gastos fueran una especie de capricho frente a las necesidades de los demás.
No mandé dinero. Fue la primera vez que aguanté de verdad un no.
Durante dos semanas Sonia apenas me habló. Mi madre me llamó menos, pero cuando lo hacía me contaba que Noa estaba rara, que estaba preocupada, que Raúl había discutido con Sonia. Yo sabía que querían que me sintiera responsable, aunque quizá ni siquiera lo hicieran de forma consciente. En mi familia siempre se ha funcionado así: el que puede, tapa el agujero. Y cuando alguien deja de hacerlo, parece que ha creado él el agujero.
Al final Sonia encontró más horas limpiando y Raúl aceptó un contrato de campaña en una nave. No perdieron el piso. No pasó ninguna catástrofe de las que yo me había imaginado durante noches enteras.
Pero desde entonces todo está más frío. En Navidad fui a comer a casa de mi madre y Sonia estuvo correcta, incluso demasiado correcta. Raúl hizo bromas con que yo era “la empresaria”. Yo trabajo sentada delante de un ordenador ocho horas al día y llevo años mirando ofertas de vuelos que no compro. No le contesté porque Noa estaba al lado haciendo un dibujo.
Hace unos días mi madre volvió a llamar. Esta vez era para decirme que se le había roto la lavadora. Me preguntó si podía adelantarle el dinero y ella me lo iba devolviendo poco a poco.
Le dije que podía ayudarla a buscar una de segunda mano y mirar si tenía alguna ayuda del Ayuntamiento o pagarle una parte el mes que viene, cuando terminara de cubrir lo mío. Se quedó callada. Luego dijo que ya vería.
Después de colgar, estuve un rato con el móvil en la mano. No sentí alivio. Tampoco me sentí fuerte, como dicen en esas frases que se leen por ahí. Sentí pena. Por ella, por Sonia, por la niña. Y también por mí, porque no sé en qué momento ayudar dejó de parecerme algo libre.
Aún tengo la nota del móvil. Ya no apunto lo que les doy. Me daba demasiada angustia verla crecer. Este sábado iré con mi madre a mirar lavadoras. Eso sí puedo hacerlo. Lo que no sé es cómo conseguir que entiendan que acompañarles no significa poder pagarles la vida cada vez que se rompe algo.