Le presté dinero durante años, pero cuando perdí mi trabajo descubrí que mi mejor amiga también me robaba en casa

—¿Me estás diciendo que no puedes dejarme cien euros, Lucía? ¿Cien? —pregunté con la garganta seca, sentada frente a ella en la cafetería de la plaza.

Lucía no levantó los ojos de su taza. Removía el café ya frío con una cucharilla, una y otra vez. Afuera llovía fino y yo llevaba tres días contando monedas para comprar pan, leche y la medicación de mi madre.

—No puedo, Marta. Estoy fatal de dinero —dijo al fin—. Además, tú sabes que prestar dinero entre amigas acaba mal.

Me quedé mirándola. Sentí algo raro, como si me hubieran empujado por dentro.

Durante casi dieciocho años, yo había sido la persona a la que Lucía llamaba cuando todo se le venía encima. Cuando se separó de Rubén y no tenía para el alquiler. Cuando le cortaron la luz porque se le había olvidado pagar dos recibos. Cuando su hija, Inés, necesitó unas gafas nuevas y ella lloraba diciendo que no podía comprarle ni eso.

Yo nunca tuve demasiado, pero siempre sacaba algo. Cincuenta euros aquí, doscientos allí. Una vez llegué a pedir un adelanto en el trabajo para dejarle cuatrocientos euros y que no la echaran del piso. Ella me abrazó en el portal, llorando, y me juró que nunca olvidaría lo que hacía por ella.

Y ahora yo había perdido mi empleo en la gestoría después de doce años. La empresa cerró de golpe, sin avisar apenas. Me quedé con una indemnización pequeña, una madre con problemas de movilidad y varios pagos pendientes. No le estaba pidiendo que me salvara la vida. Solo cien euros hasta que cobrara el paro.

—Lucía, yo no te estoy hablando de “prestar entre amigas”. Te estoy diciendo que necesito pagar unas cosas urgentes —insistí, sin querer alzar la voz.

Ella suspiró, molesta.

—Pues tendrás que organizarte, Marta. No puedes depender de los demás.

Aquella frase me dejó helada. No contesté. Pagué mi café, aunque no había dado ni un sorbo, y salí bajo la lluvia sin despedirme bien. Ella tampoco me siguió.

En casa encontré a mi madre dormida en el sofá, tapada con su manta de cuadros. Me quité los zapatos en silencio y fui directa al dormitorio. Quería coger el sobre donde guardaba el efectivo para la compra de la semana.

No estaba.

Al principio pensé que lo había movido. Me pasa a veces, con tantas cosas en la cabeza. Miré en el cajón de las facturas, en el bolso, en la caja de galletas donde escondía algunos billetes. Nada.

Eran ciento ochenta euros. No era una fortuna, pero para mí, en aquel momento, era todo.

Los días siguientes empecé a fijarme en detalles que antes había preferido ignorar. Un billete que faltaba de mi monedero. Las monedas de una hucha donde mi madre guardaba “para sus caprichos”, como ella decía. Un pendiente de oro que no encontraba desde Navidad. Luego una pulsera que me regaló mi padre antes de morir.

Cada vez que notaba una ausencia, me repetía lo mismo: “Seguro que lo has guardado en otro sitio”. Quería creerlo. Porque la otra posibilidad me daba miedo.

Lucía tenía una copia de mis llaves desde hacía años. Se la di cuando mi madre empezó a encontrarse peor, por si ocurría algo mientras yo trabajaba. Ella vivía a diez minutos caminando. A veces venía, le dejaba comida a mi madre o recogía alguna receta de la farmacia. Era mi mejor amiga. Mi hermana elegida, eso decía yo.

Una tarde, mi vecina Carmen me paró en el rellano.

—Marta, hija, ¿tu amiga está bien?

—¿Lucía? Sí… ¿por qué?

Carmen se encogió de hombros.

—La vi entrar el martes por la mañana. Iba con prisa. Pensé que estaba tu madre sola.

El martes yo había estado con mi madre en el ambulatorio desde las nueve hasta casi la una. No le había pedido a Lucía que fuera a casa. Y mi madre me aseguró que nadie había llamado al timbre.

Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la cocina, con la luz apagada, escuchando el zumbido de la nevera y mirando mis manos. Me sentía ridícula. No solo triste: ridícula. Como si todos esos años de confianza hubieran sido una broma que solo ella entendía.

Al día siguiente llamé a mi primo Daniel, que trabajaba instalando alarmas. No le conté todo. Le dije que quería poner una cámara en el salón porque mi madre a veces se levantaba desorientada por la noche.

Daniel no hizo preguntas. Vino por la tarde y dejó un pequeño dispositivo colocado entre unos libros. Cuando se fue, me dio un beso en la frente.

—Si necesitas hablar, me llamas, ¿vale?

Durante cuatro días no ocurrió nada. Empecé a pensar que estaba paranoica. Hasta que el viernes tuve que llevar a mi madre a una revisión y regresamos antes de lo previsto porque el médico iba con retraso.

Al abrir la puerta, noté un olor fuerte a perfume. El perfume dulce de Lucía, ese que siempre decía que le daba dolor de cabeza pero seguía usando.

No había nadie en el salón.

Fui al dormitorio y vi el cajón de mi mesilla mal cerrado. No mucho. Apenas un dedo. Pero yo lo había dejado completamente cerrado antes de salir.

Esperé a que mi madre se echara la siesta. Luego miré la grabación con el móvil.

Ahí estaba Lucía.

Entró a las diez y diecisiete de la mañana. Miró alrededor, cerró la puerta con cuidado y caminó hasta mi dormitorio como si conociera cada baldosa. Abrió el cajón. Sacó una cajita de terciopelo donde guardaba dos anillos y una cadena. La metió en su bolso.

Después fue a la cocina, abrió el tarro de harina y sacó el dinero que yo había escondido allí la noche anterior.

Vi el vídeo tres veces. En la última, tuve que taparme la boca para no gritar. Mi madre dormía al otro lado del pasillo.

La cité esa misma tarde en casa. Le dije que necesitaba hablar. Llegó con una bolsa de mandarinas y una sonrisa cansada.

—¿Cómo está tu madre? —preguntó.

No contesté. Puse el móvil sobre la mesa y pulsé reproducir.

Su cara cambió en segundos. Primero se quedó blanca. Luego apretó los labios. Cuando el vídeo terminó, hubo un silencio tan espeso que me costaba respirar.

—¿Cuánto tiempo, Lucía? —pregunté.

Ella se sentó despacio.

—Marta… yo te lo iba a devolver.

—No te he preguntado eso. ¿Cuánto tiempo llevas entrando en mi casa y robándome?

Se frotó las manos. Ni siquiera lloró.

—Unos meses. Pero tampoco exageres. Cogía cosas pequeñas. Tú siempre has tenido más facilidad que yo.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Más facilidad? Estoy en paro. Mi madre necesita medicación. Y tú sabías perfectamente dónde guardaba cada cosa.

Lucía levantó la mirada y, de pronto, soltó una risa corta, fea, que todavía me persigue.

—Eres demasiado confiada, Marta. Siempre vas de buena persona, como si fueras a salvar a todo el mundo. Pues mira, te ha salido caro.

No recuerdo haber llorado delante de ella. Creo que fue peor. Abrí la puerta y le señalé el rellano.

—Devuélveme las llaves.

—¿De verdad vas a montar este drama por cuatro joyas y algo de dinero?

—No. El drama lo montaste tú cuando entraste en mi casa mientras mi madre y yo no estábamos.

Sacó el llavero de su bolso, lo dejó sobre el mueble de la entrada y se marchó sin mirar atrás.

Denuncié el robo. Cambié la cerradura. Algunas joyas no aparecieron nunca, y del dinero, menos todavía. Lo que más me costó no fue eso. Fue aceptar que cada abrazo suyo, cada “te quiero, amiga”, ahora tenía una sombra detrás.

A veces aún paso por la cafetería de la plaza y me acuerdo de aquella mañana. Pienso que quizá la traición no empieza el día en que alguien te roba. Quizá empieza mucho antes, cuando una persona deja de verte como amiga y empieza a verte como una oportunidad.

¿Habríais denunciado a una amiga de toda la vida? ¿O habríais intentado guardar el dolor en silencio para no romperlo todo?