Cuidó de su padre, sostuvo el negocio familiar y dejó su vida en pausa… hasta que una decisión de su hermano le hizo sentir que no había sido suficiente

La primera vez que dormí ocho horas seguidas después de que muriera mi padre me desperté con una sensación rarísima. No de descanso. De culpa.

Eran las diez y cuarto de la mañana. Tenía el móvil sin sonido, la persiana medio bajada y, por un segundo, pensé que se me había olvidado darle la pastilla de las ocho. Me levanté de golpe, desorientada, y fui hasta la cocina antes de acordarme.

Mi padre ya no estaba.

Eso fue hace un año y medio. Aún me pasa que entro en una farmacia y miro los pastilleros semanales. O que alguien me pregunta si tengo planes para el puente y calculo mentalmente quién podría quedarse con él. Luego caigo. Y me da vergüenza reconocerlo, pero a veces echo de menos tener una lista de cosas urgentes que hacer. Era agotador, sí, pero también me daba una especie de sitio en el mundo.

Tengo 48 años. Me llamo Nuria, vivo en un pueblo grande cerca de Valladolid y hasta hace unos meses trabajaba, entre comillas, en la ferretería que abrió mi padre con mi madre en los noventa. Digo entre comillas porque nómina tenía, pero durante los últimos años mi trabajo fue una mezcla de dependienta, repartidora, administrativa, cuidadora y persona a la que se llamaba cuando no funcionaba nada.

Mi hermano Sergio, tres años menor que yo, también figuraba en el negocio. Él llevaba los proveedores y algunas obras grandes. Bueno, las llevaba cuando podía. Tiene dos niños, vive a veinte minutos y trabaja además por su cuenta instalando cocinas. Nunca he pensado que fuera mala persona. De hecho, si le llamabas a las doce de la noche porque el termo perdía agua, aparecía. Pero para lo demás siempre tenía una explicación: los críos, una obra que se había complicado, que Marta, su mujer, estaba saturada, que él no sabía tratar con mi padre cuando se ponía difícil.

Y mi padre se puso difícil.

Primero fueron despistes pequeños. Cobrar dos veces una factura. Dejar la caja abierta. Enfadarse porque alguien había movido una escalera que llevaba meses en el mismo sitio. Después vino el diagnóstico de deterioro cognitivo y la sensación de que todo se estrechaba. La tienda, la casa, las citas en el hospital, el miedo a que saliera solo.

Yo por entonces vivía con Álvaro. Llevábamos seis años juntos. No teníamos hijos. Él trabajaba en logística, con turnos. Al principio me ayudó mucho. Venía a cenar a casa de mi padre, me cubría alguna mañana en la tienda, incluso aprendió a usar el programa de facturas.

Pero llegó un momento en que todo giraba alrededor de mi padre y de la ferretería. Si Álvaro proponía irnos un fin de semana, yo decía que no podía. Si quería hablar de que nos fuéramos a vivir a una casa más grande, yo le contestaba que ya veríamos. Cuando su hermana se casó en Cádiz, fui solo a la ceremonia y volví al día siguiente porque mi padre se había quedado nervioso con una cuidadora nueva.

Álvaro no me montó una escena. Quizá habría sido más fácil si lo hubiera hecho.

Una noche, mientras yo planchaba una camisa de mi padre para una revisión, me dijo:

—No sé si estás ayudando a tu padre o si te estás escondiendo aquí.

Le solté que qué sabría él. Que era muy fácil opinar cuando no era su familia. Se quedó callado, cogió su chaqueta y se fue a dar una vuelta. Dos meses después se mudó a un piso de alquiler. No hubo infidelidades ni gritos. Solo se cansó. Y yo, en el fondo, pensé que si no era capaz de aguantar aquello conmigo, tampoco me merecía la pena.

Ahora no estoy tan segura de que fuera tan sencillo.

Cuando mi padre murió, Sergio y yo nos sentamos con la gestoría para ordenar el negocio. La ferretería llevaba tiempo floja. Las grandes superficies nos habían quitado mucha clientela y mi padre, antes de ponerse peor, se había negado a cambiar casi nada. Seguíamos apuntando encargos en una libreta manchada de pintura.

Yo quería aguantar un poco. Renovar la tienda, mover redes sociales, vender más por internet. No porque fuera una experta ni nada de eso. Creo que necesitaba demostrar que todo el esfuerzo había servido para algo. Que no había dejado mi relación, mis ahorros y cuatro años de mi vida para acabar bajando una persiana sin más.

Sergio me escuchaba y asentía. Decía que lo habláramos con calma.

Un martes de noviembre me llamó para que fuera a la tienda antes de abrir. Llegué con un café en vaso de cartón y él ya estaba allí, sentado detrás del mostrador. Había dos carpetas sobre la mesa.

Me dijo que había hablado con una cadena de bricolaje de la zona. Querían quedarse con el local y con parte del stock. No era una cifra espectacular, pero servía para liquidar deudas, pagar proveedores y que cada uno sacara algo limpio.

Yo me quedé mirando las carpetas como una idiota.

—¿Ya has hablado con ellos? —le pregunté.

—Solo para informarme.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Se encogió de hombros.

—Porque sabía que te ibas a poner así.

No grité. Me habría gustado tener una frase brillante, algo que le hiciera entenderlo. Pero lo único que dije fue:

—Claro. Yo soy la que se pone así.

Él se puso nervioso enseguida. Dijo que no era justo, que él también había perdido a nuestro padre, que tenía una familia y una hipoteca, que no podía seguir poniendo dinero en un negocio que apenas daba para los gastos. Todo eso era verdad. Lo peor es que era verdad.

Pero también era verdad que yo había dado por hecho que, después de tantos años sosteniendo lo que él no podía sostener, al menos decidiríamos el final juntos.

Firmamos la venta tres semanas después. No porque yo quisiera, sino porque las cuentas no daban y porque, si soy honesta, tampoco tenía un plan real. Tenía rabia. Que no es lo mismo.

Con mi parte pagué lo que me quedaba del coche y guardé el resto. Por primera vez desde que tenía veinte años, no tenía un horario fijado por otra persona. Al principio fue horrible. Me levantaba pronto igualmente y limpiaba la casa como si viniera visita. Miraba ofertas de trabajo y las cerraba a los diez minutos. Me daba miedo aceptar algo y fracasar, pero me daba más miedo que nadie me necesitara.

Sergio y yo hemos mejorado un poco, aunque no como antes. Viene algunos domingos con los niños. Hablamos de cosas prácticas: del colegio, de mi madre —que murió mucho antes, cuando yo tenía veintiséis—, de si han arreglado la carretera. De la ferretería casi nunca.

Hace poco empecé a trabajar tres mañanas en una tienda de material eléctrico de un polígono. La primera semana, el dueño me preguntó si podía quedarme también por la tarde porque una compañera estaba de baja. Noté ese impulso antiguo de decir que sí antes de que terminara la frase.

Le dije que no podía.

Era mentira. Podía perfectamente. Esa tarde fui al cine sola, compré palomitas demasiado grandes y vi una película bastante mala. Al salir, Álvaro me mandó un mensaje por mi cumpleaños. “Espero que estés bien”. Nada más.

Lo leí varias veces y no contesté hasta el día siguiente.

No sé si resistir tanto tiempo fue una virtud o una forma de no mirar mi propia vida. Supongo que las dos cosas pueden ser ciertas. De momento sigo teniendo miedo cuando llega final de mes y miro la cuenta. Pero ya no llevo el móvil con volumen alto por si alguien me necesita. Algunas noches aún lo hago sin darme cuenta, y entonces me levanto, lo bajo y vuelvo a la cama.