Mi padre volvió a aparecer cuando yo ya había aprendido a vivir sin él, y trajo una historia que no sabía si quería conocer
Nunca he sabido qué poner cuando en un formulario aparece lo de “profesión del padre”. De pequeña lo dejaba en blanco. Luego empecé a escribir “no consta”, como si fuera un trámite y no una persona que, simplemente, un día dejó de estar.
Mi madre se llama Mari Carmen y mi abuela era Pilar. Digo era porque mi abuela murió hace cuatro años, pero todavía me descubro pensando en llamarla cuando se me quema una tortilla o cuando me siento mala madre, aunque no tengo hijos. Hay costumbres que se quedan instaladas dentro de una.
Crecí con ellas en un piso de alquiler en Carabanchel, pequeño y con un pasillo larguísimo que en invierno estaba helado. Mi madre limpiaba oficinas por las mañanas y, durante una época, también casas algunas tardes. Mi abuela cosía bajos, arreglaba cremalleras y cuidaba a niños del bloque cuando salía algún apaño. Nunca nos faltó un plato de comida, pero hubo meses en los que mi madre esperaba al día cinco para pagar el alquiler porque era cuando cobraba una de las limpiezas.
De mi padre se hablaba poco. Se llamaba Julián. Se fue cuando yo tenía seis años, aunque la verdad es que no recuerdo una despedida. Recuerdo una discusión detrás de la puerta de la cocina, a mi madre llorando bajito y una bolsa de deporte azul que ya no volvió a estar junto al armario de la entrada.
Al principio preguntaba mucho. Si iba a venir por mi cumpleaños, si sabía que había sacado un notable en Conocimiento del Medio, si tenía otra casa. Mi madre respondía como podía. “Está trabajando fuera”, me dijo una temporada. Después dejó de decirlo porque ya ni ella se lo creía.
Cuando cumplí once años entendí que no era que estuviera lejos. Era que no quería estar.
No lo cuento para dar pena. Había muchas niñas en mi colegio con padres separados, familias distintas, problemas peores. Pero en casa se notaba. Yo empecé a ayudar pronto. Bajaba a comprar, recogía a mi prima algunos días, hacía lentejas aunque me salían aguadas y, cuando pude, di clases de apoyo a dos niños del barrio. Con diecisiete años me parecía normal no pedir dinero para ir de excursión si veía a mi madre contando monedas en la mesa.
Mi abuela siempre decía: “Tú estudia, hija. Que trabajar se trabaja toda la vida, pero estudiar luego te da margen”. No sé si tenía razón en todo, porque estudié un grado superior de Administración y después encadené contratos bastante reguleros, pero al menos conseguí salir un poco de aquella sensación de ir siempre al límite.
Ahora trabajo en la gestoría de una asesoría pequeña, en Alcorcón. Llevo ocho años allí, aunque con cambios de contrato y esas cosas que hacen que nunca te termines de fiar. Estoy casada con Dani desde hace tres. Él es conductor de autobús y es bastante más tranquilo que yo. Vivimos en un piso de alquiler que nos cuesta una barbaridad, pero estamos bien. No tenemos grandes lujos. Cenamos muchas veces cualquier cosa viendo una serie y discutimos por quién baja la basura. Una vida bastante normal, que para mí ya es mucho.
Mi padre reapareció una mañana de noviembre en un sitio absurdo: la sala de espera de un centro de salud.
Había acompañado a mi madre a que le miraran una rodilla. Estábamos sentadas, ella con el abrigo puesto todavía porque siempre tiene frío, cuando vi a un hombre al fondo. Más mayor, claro. Con menos pelo. Mirando el móvil con la misma forma de fruncir la boca que yo había visto en fotos antiguas.
No tuve una sensación de película. No se me cayó nada de las manos. Pensé que me estaba confundiendo. Pero él levantó los ojos y se quedó blanco. Mi madre también lo vio. Me apretó el brazo tan fuerte que luego me dejó marca.
Julián se acercó dos pasos y dijo mi nombre.
Solo mi nombre. “Laura”.
Mi madre se levantó de golpe. Me dijo que nos íbamos. Él intentó preguntarme cómo estaba, como si nos hubiéramos cruzado después de una Navidad rara y no después de casi treinta años. Yo no contesté. No porque tuviera preparada una respuesta contundente. Es que no me salía nada.
Fuera, mi madre fumó dos cigarrillos seguidos, aunque lo había dejado hacía tiempo. Le temblaban las manos. Yo estaba más enfadada con ella que con él, y eso me avergonzó después. Le pregunté si sabía dónde vivía. Me dijo que no. Le pregunté si él había llamado alguna vez. Se quedó mirando la acera y dijo que sí, una vez, hacía muchísimos años. Que pidió hablar conmigo y que ella le colgó.
—No estabas para volver a pasar por eso —me dijo.
No supe qué responderle. Parte de mí pensó que no tenía derecho a decidir por mí. Otra parte, bastante grande, pensó en mi madre con treinta y pocos, sola, trabajando de madrugada y tratando de que yo no notara que no llegábamos. No quise castigarla por haber hecho lo que pudo.
Dos semanas después me llegó un mensaje de Facebook. Era de una mujer que se llamaba Raquel. Decía que era la pareja de Julián y que él le había contado que me había visto. Me pidió perdón por escribir, dijo que comprendía si no quería saber nada, pero que tenían un hijo de veintidós años llamado Iván y que a él le gustaría conocerme algún día.
Me quedé mirando la pantalla una hora. Dani llegó de trabajar, me encontró en el sofá sin haber encendido ni la luz y pensó que había pasado algo con mi madre.
No sabía ni qué contarle. La idea de tener un hermano me resultaba extraña, pero no desagradable. Iván no tenía culpa de nada. A la vez, me dolía imaginar a mi padre en los cumpleaños de otro hijo, llevándolo al fútbol, preocupándose por sus notas o diciéndole que volviera pronto por la noche. Igual no había hecho nada de eso, no lo sé. Pero mi cabeza llenó los huecos sola.
Raquel volvió a escribir una vez más. Me dijo que Julián quería explicarse. Que había sido joven, que había tenido problemas, que no supo hacerlo mejor. Eso último me dio una rabia tremenda. Mi madre tampoco supo hacerlo todo bien y, sin embargo, se levantó cada día. Mi abuela no sabía de terapias ni de palabras bonitas, pero me guardaba una mandarina para el recreo cuando había podido comprar una malla.
No respondí durante varios días.
Al final le escribí a Raquel. Le dije que no estaba enfadada con Iván y que esperaba que estuviera bien. También le dije que, por ahora, no quería conocerlo ni hablar con Julián. No pedí dinero, ni explicaciones, ni una disculpa tardía. No porque no me hubiera correspondido pedir algunas cosas. Simplemente no quería que aquel hombre volviera a ocupar el centro de mi vida solo porque a él le hubiera dado por mirar atrás.
Mi madre se quedó callada cuando se lo conté. Luego me preguntó si estaba segura. Le dije que no, que segura no estaba de casi nada. Pero que no quería abrir una puerta por obligación.
Hace unos meses Raquel me felicitó por mi cumpleaños. Le di las gracias y ya está. A veces entro en su perfil y veo fotos de Iván. Se parece un poco a mí en los ojos, o eso creo. Me entra curiosidad. También pena. Y una especie de cansancio antiguo.
Dani dice que, si algún día quiero conocerlo, irá conmigo. Yo le digo que no hace falta decidirlo ahora. Él no insiste.
De momento, sigo viendo a mi madre los domingos. Le llevo compra si puedo, aunque se enfada porque dice que no necesita que la mantenga. Luego siempre me mete táperes en una bolsa y me pregunta si he llevado chaqueta.
Hay cosas que no arreglan el pasado, pero hacen que la vida de hoy se sostenga un poco mejor.