“Volví de Alemania pensando que recuperaría a mis hijas, pero para ellas yo era solo la persona que mandaba dinero”
Volví a España hace ocho meses y todavía no he conseguido quitarme la costumbre de mirar el móvil los domingos por la tarde esperando que entre un mensaje de mis hijas.
En Alemania los domingos eran los peores. Trabajaba como auxiliar de limpieza en una residencia cerca de Stuttgart. Al principio limpiaba oficinas, luego encontré ese trabajo por medio de una compañera rumana. Era duro, pero tenía contrato, cotizaba y cobraba a final de mes. Yo llamaba a mis hijas siempre a la misma hora, después de comer aquí, antes de que ellas salieran con sus amigas o se encerraran en sus habitaciones.
A veces hablábamos diez minutos. A veces tres.
—Mamá, que estoy haciendo un trabajo.
—Mamá, luego te llamo.
Ese luego muchas veces no llegaba. Yo decía que no pasaba nada, que eran adolescentes, que ya tendrían tiempo de echarme de menos cuando fueran mayores. Me lo repetía mientras fregaba baños que no eran míos y mientras cenaba sola un bocadillo en la cocina del piso compartido.
Me fui cuando Laura tenía doce años y Marina nueve. Su padre y yo ya estábamos separados, pero nos apañábamos. Él trabajaba de repartidor y vivía cerca de ellas. Mi madre también ayudaba muchísimo. Yo no me fui porque quisiera dejar a mis hijas. Me fui porque en casa no entraba dinero suficiente y porque tenía miedo de que acabaran pagando ellas nuestros problemas.
Mandaba todos los meses lo que podía. Al principio 500 euros. Luego 700. Hubo años en que envié más, haciendo horas extras y renunciando a venir en Navidad para ahorrar el billete. Pagamos la hipoteca del piso, las gafas de Laura, las clases de inglés de Marina, un aparato de dientes, el carnet de conducir. Si necesitaban algo, yo intentaba que no tuvieran que oír un no.
Ahora sé que eso no siempre fue una buena idea. Pero entonces me parecía la única forma de estar presente.
Cuando decidí volver definitivamente, estaba convencida de que íbamos a recuperar el tiempo poco a poco. Laura ya tiene veinticuatro años y trabaja en una tienda de ropa. Marina tiene veintiuno, está terminando un grado superior y hace horas sueltas en una cafetería. No son niñas. Lo sé. Precisamente por eso pensé que podríamos hablar de otra manera, conocernos como adultas.
Alquilé un piso pequeño en mi barrio de siempre, en Fuenlabrada. Un segundo sin ascensor que encontré porque una vecina conocía al dueño. No es gran cosa, pero lo pinté yo misma. Puse una mesa algo grande para el salón, pensando en que vinieran a cenar. Hasta compré dos juegos de toallas nuevos, de esos que no se usan nunca porque da pena estrenarlos.
El día que llegué, las dos vinieron a verme. Trajeron una planta y una tarta de supermercado. Nos hicimos fotos, lloramos un poco y acabamos hablando de cosas normales. Que si el viaje, que si el barrio estaba cambiado, que si Marina quería hacerse un tatuaje. Me fui a dormir contentísima. De verdad pensé: ya está, lo difícil se ha terminado.
A la semana, Laura me escribió: “Mamá, ¿me puedes dejar 300? Es que se me ha juntado todo”.
Se los mandé sin preguntar demasiado.
Luego Marina necesitaba 180 para una matrícula y unas cosas de clase. Después Laura tuvo una multa de tráfico. Luego una reparación del coche, aunque el coche era de su padre y de ella. Yo iba diciendo que sí porque acababa de cobrar una parte del finiquito alemán y tenía algunos ahorros. Además, me daba vergüenza parecer tacaña después de tantos años fuera.
Pero empecé a darme cuenta de una cosa fea. Cuando yo proponía vernos, casi siempre tenían planes. Cuando les preguntaba por su vida, respondían deprisa. Sin embargo, si había un gasto, el mensaje llegaba a cualquier hora y con muchos detalles.
Un viernes le dije a Laura que no podía dejarle 400 euros para irse un fin de semana a Málaga con sus amigas. No le dije que no por castigarla. Es que acababa de pagar la fianza del piso y tenía que arreglarme una muela. Me quedaban menos de 900 euros en la cuenta.
Me contestó: “Ya, claro. Para una vez que te pido algo”.
Esa frase se me quedó clavada. Para una vez. Yo había pasado años haciendo cuentas con céntimos para que a ellas no les faltara nada, y de pronto resultaba que yo era la que fallaba por no pagar un viaje.
No le respondí bien. Le dije algo horrible, que solo se acordaban de que tenían madre cuando necesitaban dinero. Ella me mandó un audio llorando y diciendo que no tenía ni idea de lo que había sido crecer sin mí. Que yo me fui y que ahora pretendía llegar y hacer como si no hubiera pasado nada.
Lo escuché sentada en la cama, con el abrigo puesto todavía. Ni siquiera había encendido la calefacción. Me dio mucha rabia porque una parte de mí pensó que era injusta. Pero otra parte, una parte que no me gusta reconocer, sabía que tenía razón.
Yo no viví sus tardes de instituto. No estuve cuando tuvieron sus primeras peleas con sus amigas. No sé quién fue el primer novio de Laura ni por qué Marina dejó de bailar, si es que llegó a gustarle tanto como decía. Conozco sus vidas por vídeos, llamadas cortadas y por lo que me contaba mi madre, que a veces suavizaba las cosas para que yo no sufriera.
Desde aquella discusión, Laura apenas me habla. Marina viene algunos martes a cenar, pero se nota que está incómoda, como si temiera que yo vaya a sacar el tema. El otro día le puse un táper con lentejas para llevar y me dijo gracias sin mirarme mucho. Antes de irse me preguntó si podía ayudarla con el alquiler de una habitación a la que quiere mudarse con una amiga.
Le dije que tenía que pensarlo.
No era mentira. Tengo dinero ahorrado, pero tampoco una fortuna. A mis cincuenta y dos años me da miedo gastarlo todo intentando comprar un sitio en la vida de mis hijas. También me da miedo negarme y convertirme para ellas en esa madre que se fue y, encima, dejó de ayudar cuando volvió.
He empezado a trabajar algunas mañanas limpiando en una clínica dental. Me viene bien salir, aunque termino con la espalda molida. Allí nadie sabe esta historia. Una compañera me preguntó hace poco si mis hijas estaban contentas de tenerme de vuelta. Le dije que sí, que claro. Me salió automático.
Esta mañana Marina me ha enviado una foto de un abrigo que quiere comprarse para una entrevista. No me ha pedido dinero todavía. Solo ha puesto: “¿Te parece bonito?”. Llevo dos horas mirando la pantalla, pensando si contestarle que sí, si preguntarle para qué entrevista es, si decirle que venga a casa y lo hablamos.
Al final he escrito: “Es bonito. ¿Cómo estás tú?”
Aún no ha respondido. Yo he guardado el móvil en el cajón de la cocina y me he puesto a hacer café, aunque ya eran casi las seis de la tarde.