“Como vives sola, tú tienes sitio”: cuando su casa dejó de ser el único lugar donde podía respirar
Hace dos días encontré una taza de café dentro del armario donde guardo las toallas limpias.
No es que fuera grave. Era una taza normal, con un borde desconchado, y seguramente mi madre la dejó ahí sin darse cuenta. Pero me quedé mirándola como una idiota, con una toalla en la mano, y me entraron ganas de llorar.
Llevo cinco meses viviendo con mi madre en mi piso. O, más bien, ella vive conmigo y yo intento no hacer ruido dentro de mi propia casa.
Tengo cuarenta y siete años, trabajo traduciendo manuales técnicos desde casa y vivo en un piso de alquiler en Valladolid. No tengo pareja ni hijos. Nunca me ha molestado decirlo, aunque hay gente que pone esa cara de pena educada, como si mi vida fuera una sala de espera hasta que llegue algo importante.
A mí me gustaba mi vida. Bastante, de hecho. No era una vida de anuncios: un piso de dos habitaciones, una terraza minúscula que da a un patio, muchas horas delante del ordenador y cenas sencillas. Pero llegaba a casa, o cerraba el portátil, y estaba en paz. Podía poner la radio mientras cocinaba, no hablar con nadie durante un rato, dejar un libro abierto en el sofá. Cosas pequeñas.
Mi madre se cayó en el portal de su edificio en noviembre. No fue una cosa tremenda, por suerte, pero se rompió la muñeca y se hizo bastante daño en una rodilla. Estuvo unos días ingresada y luego le dijeron que necesitaba ayuda al menos durante unas semanas.
Mis hermanos, Nacho y Laura, aparecieron en el hospital con una rapidez que me impresionó. Los tres nos llevamos razonablemente bien. No somos de llamarnos todos los días, pero tampoco tenemos una mala relación.
Laura dijo enseguida que en su casa era imposible. Tiene dos hijos adolescentes, un perro enorme y vive en un dúplex en Arroyo. Nacho vive en Palencia, trabaja a turnos y comparte piso con su novia desde hace poco. Todo era comprensible.
Entonces Laura me miró y dijo:
—Tú tienes la habitación de invitados y trabajas desde casa. Hasta que mamá se apañe, es lo más práctico.
No fue una pregunta. Y lo peor es que yo tampoco lo viví como una pregunta.
Dije que sí antes de pensarlo bien. Mi madre acababa de salir del hospital, estaba pálida y enfadada porque no podía peinarse sola. ¿Cómo iba a decir que no delante de ella? ¿Cómo iba a ponerme a hablar de mis rutinas, de mi espacio, de que necesito silencio para trabajar, mientras ella tenía la muñeca escayolada?
Las primeras semanas no fueron horribles. Mi madre estaba agradecida, aunque le costaba demostrarlo. Yo le ayudaba a ducharse, le preparaba la comida y bajaba a por el pan. Nacho venía algún sábado con compra. Laura llamaba mucho, eso sí. Llamaba para preguntar qué tal estaba mamá, qué había dicho el traumatólogo, si ya podía subir escaleras. Luego hablaba con ella directamente y yo me quedaba fuera de la conversación.
El problema fue que las semanas pasaron.
La muñeca mejoró. La rodilla iba más despacio. Después llegó Navidad, luego enero, y de repente su piso seguía cerrado. Mi madre decía que allí se sentía insegura. Lo entiendo. El ascensor se estropea cada dos por tres, vive en un cuarto y desde que murió mi padre, hace seis años, pasa demasiado tiempo sola.
Pero nadie dijo claramente que se iba a quedar conmigo. Simplemente ocurrió.
Un día quise sentarme a trabajar en el salón porque me dolía la espalda. Mi madre tenía puesto un programa de esos de testimonios a un volumen altísimo. Le pedí si podía bajarlo un poco.
—Pues vete a tu habitación si necesitas tanto silencio —me contestó.
Me quedé quieta. Era una tontería, ya lo sé. Pero pensé: ¿a mi habitación? ¿En mi casa?
No dije nada. Apagué el ordenador y me encerré en el dormitorio. Esa noche cenamos tortilla francesa y ninguna de las dos mencionó el asunto.
Empecé a hacer cosas ridículas para tener un poco de aire. Bajaba a tirar el reciclaje aunque no tocara. Daba una vuelta larguísima por el Campo Grande antes de comprar cuatro cosas. Me quedaba sentada en el coche de Laura cuando iba a buscarla para una comida familiar, fingiendo que respondía mensajes.
Me da vergüenza reconocerlo, pero empecé a evitar llegar a casa.
Y no es porque mi madre sea mala. Puede ser difícil, sí. Tiene setenta y cuatro años, está más asustada de lo que admite y toda su vida ha sido una mujer que hacía cosas por los demás. Por mi padre, por nosotros, por sus hermanas. Ahora depender de mí la humilla un poco, aunque no lo diga así. A veces me deja un plato de croquetas hecho y me dice: “Para que no comas cualquier porquería”. O me dobla la ropa, fatal doblada, pero con intención.
Eso lo hace todavía más complicado.
Hace tres semanas llamé a Nacho. Le dije que necesitábamos organizarnos de otra manera. Que mamá tenía que volver a su piso con ayuda a domicilio, o que podíamos mirar un centro de día unas horas, o hacer turnos entre los tres. No quería echarla a la calle. Solo quería dejar de ser la solución automática.
Nacho suspiró mucho antes de responder.
—Ya, Bea, pero tú sabes que mamá contigo está mejor.
—Está mejor porque yo estoy haciendo de hija, de cuidadora, de cocinera y de acompañante —le dije.
—No te pongas así. Todos hacemos lo que podemos.
Aquella frase me hizo una rabia horrible porque, probablemente, era verdad. Todos hacemos lo que podemos. El problema es que lo que ellos pueden acaba siendo una llamada, una compra o una visita de domingo. Lo que yo puedo es mi salón, mis noches, mi trabajo interrumpido y mi casa entera.
Cuando se lo conté a Laura, se enfadó. No mucho, pero lo suficiente.
—Mamá no es una carga, Bea.
Le contesté algo bastante feo. Le dije que era muy fácil decirlo desde una casa donde mamá no duerme, no pregunta a qué hora vas a volver ni se enfada si pides comida a domicilio dos veces en una semana.
Laura no me habló durante cuatro días.
Ayer vino a vernos. Trajo rosquillas y estuvo especialmente cariñosa con mi madre. Antes de irse, en el rellano, me dijo que había mirado una persona para ayudar unas mañanas. Que podríamos pagarlo entre los tres. Lo dijo deprisa, como si no quisiera convertirlo en una conversación importante.
Le di las gracias. De verdad se las di.
Luego entré en casa y mi madre estaba viendo la televisión. Me preguntó si Laura se había enfadado conmigo.
Le dije que no.
—No quiero que discutáis por mí —dijo.
No supe qué contestar. Porque no discutimos por ella exactamente. Discutimos por todo lo que nadie quiere nombrar: por el miedo a que se quede sola, por el dinero, por quién tiene más tiempo, por quién parece peor persona cuando dice que ya no puede.
Esta mañana he hablado con la trabajadora social del centro de salud para informarme, sin decidir nada todavía. He pedido presupuesto para adaptar el baño de mi madre y he guardado los papeles en una carpeta. No le he dicho nada aún.
La taza sigue en el armario de las toallas. No la he movido. Me parece absurdo, pero verla ahí me recuerda que necesito volver a tener un sitio donde las cosas estén donde yo las dejé, aunque sea poco a poco.