Cuando el embarazo de Marta se convirtió en una decisión que dividió a toda su familia
El primer síntoma que recuerdo de verdad no fue el dolor de cabeza. Fue que un domingo por la mañana no pude quitarme la alianza.
Estaba de 29 semanas de gemelas, ya bastante hinchada, y pensé que sería por el calor. Era junio, vivíamos en un cuarto sin ascensor en Móstoles y aquella semana había sido insoportable. Mi marido, Dani, me dijo que no pasaba nada, que levantara las piernas y bebiera agua. Yo le contesté mal porque tenía calor, sueño y una sensación constante de tener el cuerpo prestado.
Al día siguiente fui a la revisión en el centro de salud. La matrona me tomó la tensión dos veces. No dijo mucho, y precisamente eso me puso nerviosa. Llamó al hospital para que me valoraran ese mismo día.
En Urgencias de Maternidad me volvieron a tomar la tensión, me hicieron análisis, orina, ecografía, monitores. Dani estaba conmigo intentando entretenerse con el móvil, aunque no leía nada. A mí me dolía la cabeza de una forma rara, como si tuviera presión detrás de los ojos.
La ginecóloga que nos atendió era joven, muy seria y bastante clara. Dijo que tenía una preeclampsia grave. Que la tensión estaba muy alta, que había proteína en la orina y que, siendo un embarazo gemelar, había que ingresarme y vigilarme estrechamente.
Yo conocía la palabra de oídas. Mi prima la había tenido, aunque mucho más tarde en el embarazo y todo acabó bien. En ese momento pregunté lo único que se me ocurrió:
—¿Las niñas están bien?
Me dijo que de momento sí, pero que la situación podía cambiar rápido. Que la preeclampsia no era algo que se curara con reposo. La única manera de frenarla por completo era terminar el embarazo, pero mis hijas todavía eran muy pequeñas.
Dani llamó a mis padres. No quería que se enteraran por mí, me dijo. Él estaba blanco y yo no tenía fuerzas ni para discutirle eso.
Mis padres llegaron a última hora de la tarde con una bolsa de aseo, ropa limpia y esa cara que ponen los padres cuando quieren parecer tranquilos para no asustarte. Mi madre me acarició el pelo. Mi padre, que jamás sabe qué hacer en un hospital, se quedó de pie junto a la ventana mirando el aparcamiento.
Los días siguientes fueron confusos. Recibí corticoides para ayudar a madurar los pulmones de las bebés. Me controlaban la tensión muchas veces al día. Había momentos en que parecía que se estabilizaba y todos respirábamos un poco. Luego subía otra vez. Me pesaban, me sacaban sangre, me hacían preguntas que respondía a medias porque no dormía bien y el pitido de las máquinas se me metía en la cabeza.
Una noche empecé a ver lucecitas. No sé explicarlo mejor. Estaba mirando la pared y veía como pequeños destellos. Llamé a la enfermera. Vinieron rápido, me tomaron la tensión y después aparecieron dos médicos.
La conversación importante fue a la mañana siguiente. Entraron una ginecóloga, un anestesista y una pediatra de Neonatología. No fue una escena dramática, nadie levantó la voz. Casi habría preferido que lo fuera, porque el tono tranquilo hacía que todo pareciera aún más grave.
Me explicaron que mis analíticas habían empeorado y que había señales de que mi cuerpo no estaba tolerando más el embarazo. También había cambios en uno de los registros de las niñas. La opción más segura para mí era hacer una cesárea cuanto antes. Pero naciendo entonces, con poco más de 30 semanas, las gemelas necesitarían cuidados intensivos y podían tener complicaciones serias.
Había otra posibilidad: intentar aguantar un poco, hora a hora, si conseguían controlar la tensión y si los monitores no empeoraban. No me prometían nada. Ni para ellas ni para mí.
Dani se quedó callado durante toda la explicación. Mi madre preguntó por los riesgos de la prematuridad. Mi padre preguntó qué podía pasarme a mí si esperábamos.
La ginecóloga no adornó la respuesta. Habló de convulsiones, de hemorragias, de problemas en órganos. Dijo que no quería asustarnos, pero que no podía minimizarlo.
Dani fue el primero en hablar cuando se fueron los médicos.
—No podemos perderte —dijo, mirándome como si no supiera si tenía permiso para cogerme la mano—. Las niñas necesitan una madre. Yo te necesito.
Mi madre se echó a llorar en silencio. Mi padre se sentó por fin en una silla y dijo que la decisión era mía, pero que él no entendía por qué había que arriesgarme más.
Yo no sentía que estuviera eligiendo entre mi vida y la de mis hijas. Ojalá hubiera sido tan simple, aunque sé que suena horrible decirlo. Sentía que estaba decidiendo cuánto tiempo más podía darles dentro de mí. Cada día contaba para ellas. Eso era lo que repetían los médicos. Un día más podía ser importante. Pero también podía ser el día en que todo se torciera.
Dani insistía en que no tenía que demostrar nada a nadie. Y tenía razón. El problema es que yo no intentaba demostrar nada. Me aterraba que nacieran demasiado pronto y que, años después, si algo iba mal, yo recordara que quizá podía haber aguantado unas horas más.
Pedí intentar esperar, con la condición de que ante cualquier empeoramiento hicieran la cesárea sin discutirlo. Lo dije llorando, sin mirar a mis padres. Mi padre se levantó de golpe y salió de la habitación. Mi madre me preguntó si entendía de verdad lo que estaba haciendo. Le dije que no, que precisamente por eso tenía miedo.
Aguantamos treinta y seis horas más.
No fueron heroicas. No hice nada especial. Estuve tumbada, con medicación, mareada y cada vez más asustada. Dani se quedó a mi lado casi todo el tiempo. Mis padres aparecían y desaparecían. Mi padre no volvió a mencionar mi decisión, pero tampoco me miraba igual.
La segunda noche la tensión se disparó otra vez y empecé con dolor en la parte alta del abdomen. La ginecóloga de guardia ni siquiera planteó esperar. Me dijo que había llegado el momento.
Recuerdo el frío del quirófano y a Dani vestido de verde junto a mi cabeza. Recuerdo que le pregunté si iba a poder verlas. Luego oí un llanto pequeño. Después otro. No eran dos llantos fuertes de película. Eran sonidos frágiles, rápidos, y aun así fue lo más bonito que había oído nunca.
Nerea y Alba se fueron a Neonatos. Yo pasé las primeras horas demasiado aturdida para entender que ya no las tenía dentro ni conmigo. Las vi al día siguiente, en incubadoras, con cables y unas caras minúsculas que me partieron por la mitad.
Las dos salieron adelante. Estuvieron varias semanas ingresadas y hubo sustos: una apnea, problemas para comer, una infección que al final no fue nada grave. Volvimos a casa con dos sillitas de coche, bolsas de medicinas y un miedo que tardó muchísimo en bajar.
Yo también me recuperé físicamente, al menos eso decían en las revisiones. Pero durante meses no soportaba que alguien me preguntara si había merecido la pena esperar. Me quedaba helada.
Con Dani las cosas fueron mejorando, aunque él reconoció una noche que se sintió solo en el hospital. Yo le respondí que yo también, y que quizá no nos habíamos sabido acompañar. No lo arreglamos con una conversación perfecta. Simplemente aprendimos a hablar de ello sin hacernos daño cada vez.
Con mis padres ha sido distinto. Siguen viendo a las niñas, las adoran, las recogen alguna tarde y les compran demasiadas cosas. Pero mi padre aún dice, de vez en cuando, que tuve suerte. Mi madre evita el tema, salvo cuando le da por repetir que ella no habría podido hacer lo que hice.
No sé si esperan que me arrepienta o que les dé la razón. A veces pienso que, si la situación se repitiera, elegiría igual. Otras veces me despierto con aquella luz del hospital entrando por la persiana y me pregunto si alguna vez dejaré de revisar mentalmente esas treinta y seis horas.
Nerea y Alba han cumplido cuatro años. Esta mañana han discutido por un calcetín con unicornios y han dejado media tostada debajo del sofá. Mi padre venía a recogerlas del cole, pero me ha escrito que llegará diez minutos tarde porque hay atasco en la A-5.
Le he contestado: «No pasa nada». Y he dejado el móvil boca abajo, sin ganas de abrir nada más.