“No te voy a firmar ningún permiso”: tenía 16 años, estaba embarazada y el padre de mi hija acababa de desaparecer
—¿Estás embarazada?
Mi padre dejó la prueba sobre la mesa de la cocina como si quemara. Eran las siete y cuarto de la mañana. Yo iba con el uniforme del instituto, la tostada a medio comer y las manos heladas.
Mi madre, Carmen, no dijo nada al principio. Miraba el palito blanco con las dos rayas rosas y luego me miraba a mí. Tenía los ojos hinchados. Debió de encontrarlo la noche anterior, cuando fue a recoger mi ropa del baño.
—Contesta, Lucía —insistió mi padre, Javier—. ¿Es verdad o no?
Asentí. Ni siquiera fui capaz de llorar en ese momento.
—Tengo dieciséis años, no he matado a nadie —murmuré.
Mi padre dio un golpe con la palma en la encimera. Mi taza saltó y el café se derramó sobre el mantel de hule que mi madre limpiaba cada domingo.
—No digas tonterías. Has tirado tu vida por la borda.
Eso fue lo primero que escuché. No “¿tienes miedo?”, no “¿qué necesitas?”. Solo que había arruinado algo. Como si yo fuese una factura impagada o una gotera en el techo.
Iván tenía diecisiete años. Llevábamos ocho meses juntos, escondiéndonos para besarnos detrás del polideportivo y haciendo planes que ahora me parecen de niños: irnos a vivir a la costa, tener un perro, trabajar los dos en verano. Cuando le enseñé la ecografía, se quedó tan blanco que pensé que se iba a desmayar.
—Igual se han equivocado —dijo.
—No se han equivocado, Iván.
—Mi madre me mata.
Yo esperaba un abrazo. Una mano. Cualquier cosa. Pero se pasó el rato mirando el suelo de la consulta. A la salida me dijo que necesitaba pensar. Luego dejó de contestar mis llamadas.
Durante tres días le escribí mensajes que todavía me da vergüenza recordar. “Por favor, dime algo”. “No tienes que decidirlo todo ahora”. “Tengo mucho miedo”. El cuarto día su hermana me contestó desde su móvil.
“Dice que no le busques más. Que no sabe si es suyo.”
Me quedé sentada en el bordillo de la acera, delante del portal de mi casa, con una bolsa del supermercado entre las piernas. Dentro había leche, pan de molde y compresas. Lloré tanto que una vecina se asomó y me preguntó si me habían robado.
En mi barrio todo se sabía antes de que una pudiera entenderlo. Las madres del instituto bajaban la voz cuando yo pasaba. Algunas compañeras dejaron de invitarme a los cumpleaños. Una profesora, con buena intención, supongo, me dijo que aún estaba a tiempo de “buscar una salida”.
Pero yo ya había visto un puntito latiendo en una pantalla.
No fue una decisión bonita ni valiente como la cuentan a veces. Fue una decisión llena de pánico. Pasé noches enteras pensando en abortar, en seguir adelante, en irme de casa, en que mi padre dejara de mirarme como si yo fuera una desconocida. Al final, cada vez que intentaba imaginarme sin aquel bebé, sentía un vacío peor que el miedo.
—Voy a tenerla —le dije a mi madre una tarde.
Estábamos tendiendo ropa en la terraza. Ella llevaba varios minutos colocando pinzas sin levantar la cabeza.
—¿Y cómo vas a hacerlo? —preguntó.
—No lo sé.
—Pues ese es el problema, Lucía. Que no lo sabes.
Se le quebró la voz. Apretó una sábana entre las manos y añadió:
—Pero si tu padre cree que voy a dejar que salgas por esa puerta sin nada, no me conoce.
Mi madre no se volvió cariñosa de repente. No fue así. Me acompañó a las citas médicas, sí, y discutió con mi padre hasta quedarse afónica para que me permitiera terminar cuarto de la ESO. Pero también me repetía que yo había elegido y que ahora tenía que aguantar. A veces, cuando Alba lloraba de madrugada y yo tenía un examen al día siguiente, me soltaba desde el pasillo:
—Esto no es jugar a las muñecas, hija.
Y yo, con los pechos doloridos, el pelo pegado a la cara y mi niña roja de llorar, quería gritarle que ya lo sabía.
Alba nació un martes de noviembre, después de catorce horas de parto. Mi padre apareció en el hospital con una bolsa llena de bodis diminutos. No me pidió perdón. Tampoco hizo falta en ese instante. Se acercó a la cuna, tocó la mejilla de Alba con un dedo y se echó a llorar sin hacer ruido.
—Se parece a ti —dijo.
Era mentira. Alba tenía los ojos oscuros de Iván. Pero fue la primera vez que mi padre la llamó “mi nieta”.
Los años siguientes fueron una carrera sin meta. Terminé el instituto a trompicones. Mi madre se quedaba con Alba algunas tardes y yo estudiaba en la biblioteca porque en casa siempre había una lavadora puesta, una olla sonando o alguien preguntando dónde estaban los calcetines.
Cuando Alba tenía tres años, empecé un ciclo de auxiliar de enfermería por las mañanas y a limpiar habitaciones en un hostal del centro los fines de semana. Cobraba poco, sin contrato algunos meses, y volvía a casa con las manos agrietadas de la lejía.
Había días en que Alba se dormía en el sofá esperándome.
—Mamá, ¿mañana no trabajas?
Esa pregunta me partía por dentro. Porque casi siempre trabajaba. O estudiaba. O hacía cuentas con una libreta para ver si llegábamos a final de mes.
Mi madre decía que ella no podía ser la madre de Alba y que no le correspondía, pero era quien le hacía las coletas cuando yo entraba temprano. Quien iba a recogerla al colegio si Alba tenía fiebre. Quien guardaba en el congelador un táper de lentejas para mí.
Nuestro apoyo estaba lleno de reproches, pero era apoyo. Supongo que las familias a veces se quieren así, mal y a destiempo.
Iván no apareció ni en el parto, ni en los cumpleaños, ni cuando Alba preguntó por primera vez por qué no tenía padre. Yo le decía que vivía lejos. Era una cobarde, quizá. No quería ponerle encima el peso de saber que él vivía a veinte minutos, trabajaba con su tío en un taller y había decidido no mirar atrás.
Cuando Alba cumplió siete años, recibí una carta certificada.
La abrí en la cocina. Mi madre estaba preparando tortilla de patatas y Alba coloreaba una princesa en la mesa. Leí dos veces el nombre del remitente porque no me lo creía.
Iván solicitaba una prueba de paternidad y pedía establecer un régimen de visitas. También decía que quería regularizar su aportación económica.
Mi madre dejó caer el tenedor.
—¿Ahora? ¿Ahora se acuerda de que tiene una hija?
Yo no podía respirar. No sabía si quería romper la carta, reírme o llamar a Iván para preguntarle dónde había estado cuando Alba tuvo bronquitis, cuando me suspendieron una asignatura por no poder estudiar, cuando vendí mi móvil para pagar unas gafas nuevas para ella.
Al día siguiente acepté verlo en una cafetería cerca de la estación. Llegó con barba, una chaqueta limpia y esa forma de bajar la cabeza que aún recordaba.
—No vengo a quitarte a Alba —dijo antes de sentarse—. Sé que no tengo derecho a exigir nada.
—Pero has presentado papeles.
—Porque quiero hacer las cosas bien.
—Las cosas bien eran llamar hace siete años.
Tragó saliva. Me contó que sus padres lo mandaron una temporada con un tío a Murcia, que tenía miedo, que fue un crío. Todo era cierto, seguramente. También era cierto que tuvo siete años para dejar de serlo.
—Quiero conocerla —dijo—. Y ayudar. Lo que haga falta.
Lo miré y pensé en la rabia que me daba necesitar su dinero. Pensé en el alquiler, en las actividades de Alba, en las horas que podría dejar de limpiar si él cumplía. Pero también pensé en mi hija, en su derecho a saber quién era su padre, aunque él hubiera llegado tarde y torpe.
La prueba confirmó lo que los dos sabíamos. Iván empezó a pasar una pensión y, de momento, ha visto a Alba en encuentros cortos, siempre con calma, poco a poco. Ella lo llama Iván todavía. No voy a obligarla a usar una palabra que no siente.
Yo tengo veinticuatro años ahora. Sigo estudiando para sacar una plaza, sigo cansada muchas mañanas y sigo discutiendo con mi madre por cosas pequeñas. Pero cuando Alba se agarra a mi cuello y me dice que está orgullosa de mí, siento que no todo fue una ruina, aunque durante años me lo hicieran creer.
A veces me pregunto si hice bien al elegir este camino. Y luego la miro dormir y me pregunto otra cosa: ¿por qué a una chica tan joven se le exige hacerlo todo perfecto, mientras a un padre ausente se le aplaude solo por volver?