Cuando la hermana de Lucía volvió con sus maletas, él entendió que aquel piso nunca había sido realmente suyo

La primera vez que pensé que iba a tener que irme de casa fue por un cepillo de dientes.

Estaba en el vaso azul del baño, junto al de Lucía y al mío. Uno amarillo, de esos infantiles, con un dibujo medio borrado de un dinosaurio. No era ni siquiera un objeto importante, pero lo vi allí una mañana, mientras me lavaba la cara antes de salir a trabajar, y sentí una cosa rara en el estómago.

En aquel momento todavía no sabía que Irene, la hermana de Lucía, iba a quedarse cuatro meses. Ni que su hijo, Mateo, iba a dormir en la habitación que hasta entonces usábamos para guardar cajas, una bici estática que nadie tocaba y mi mesa de mezclas.

Lucía y yo llevábamos tres años viviendo juntos en Valencia. El piso había sido de sus abuelos. Cuando murieron, quedó a nombre de las dos hermanas, al cincuenta por ciento. Irene se fue a Zaragoza por trabajo y Lucía se quedó allí. Yo llegué después.

Nunca me engañé pensando que el piso era mío. No lo era. Pero pagaba la mitad de los gastos, la comunidad, la luz, internet y muchas compras. Cuando se rompió el termo, lo gestioné yo. Cuando hubo que pintar el salón porque salieron humedades junto al balcón, fui yo quien pidió presupuestos y se quedó dos tardes oliendo a pintura mientras Lucía trabajaba.

No lo digo para dar pena. Simplemente, con el tiempo, uno deja de pensar en escrituras y porcentajes. Empieza a pensar que ese es su sitio porque tiene sus zapatillas detrás de la puerta y porque sabe exactamente qué tabla del suelo cruje al levantarse por la noche.

Yo trabajaba como técnico de sonido para congresos, bodas y algunas salas. Había meses buenos y meses bastante malos. Desde la pandemia me había vuelto más prudente con el dinero. Lucía tenía un trabajo estable en una gestoría y, aunque no ganaba una barbaridad, sabía lo que iba a cobrar cada día 28. Eso también pesaba, supongo. Ella tenía más suelo bajo los pies que yo.

Lo de Irene empezó con un audio de Lucía mientras yo estaba montando un escenario en un hotel de la playa.

“Luego hablamos. Ha pasado una movida con mi hermana.”

Al llegar a casa me contó que Irene se había separado. Su marido se había quedado con el piso de alquiler hasta que resolvieran unas cosas y ella no tenía a dónde ir con Mateo. Sus padres vivían en un pueblo de Cuenca y ya eran mayores. Además, el niño empezaba el colegio en dos semanas y ella no quería cambiarle de ciudad de golpe.

—Solo será hasta que se organice —me dijo Lucía, sentada en el borde del sofá—. No podemos dejarla tirada, Álvaro.

Yo dije que claro. De verdad que lo pensé. Me daba pena Irene, y Mateo era un crío encantador. Hacía preguntas todo el rato, se sabía los nombres de los planetas y tenía esa costumbre de dejar los calcetines hechos una bola debajo de cualquier mesa.

La primera semana fue caótica, pero asumible. Compramos una cama nido de segunda mano. Irene ocupó nuestro dormitorio y Lucía y yo pasamos al cuarto pequeño, donde apenas cabía una cama de 1,35 y una cómoda. Yo desmonté mi mesa de trabajo y llevé parte del equipo al trastero de un compañero.

“Es temporal”, repetía Lucía.

Y yo también lo repetía, aunque cada vez con menos convicción.

El problema no fue compartir espacio. El problema fue que nadie hablaba de cuánto iba a durar aquello. Irene mandaba currículums, tenía entrevistas, algunas mañanas llevaba a Mateo al cole y volvía con una bolsa de pan caliente como si fuera una escena normal de familia. Lucía le preparaba cafés, llamaba a conocidos, le miraba anuncios de alquiler.

Yo volvía de trabajar y encontraba a las tres personas cenando. A veces me habían guardado plato. A veces no, y me hacía un bocadillo sin ganas. No es que me excluyeran de forma cruel. Es peor cuando no hay maldad clara. Todo parecía razonable. Todo tenía explicación.

Empecé a quedarme más horas fuera. Después de desmontar en algún evento, me tomaba una caña solo, aunque estuviera cansado. Me daba vergüenza reconocerlo, pero me costaba abrir la puerta de mi propia casa. Nunca sabía si Mateo estaría dormido en el sofá, si Irene estaría llorando en la cocina o si Lucía me pediría que hablara más bajo porque al día siguiente había colegio.

Una noche, casi tres meses después, le pregunté a Lucía si Irene tenía alguna fecha en mente.

No estaba enfadado. O eso creía. Estábamos doblando ropa en el salón, viendo una serie sin prestarle atención.

—No sé, Álvaro. Está mirando cosas.

—Ya, pero nosotros también tendremos que mirar algo, ¿no?

Lucía dejó una camiseta encima del montón y me miró de esa forma suya que siempre me hacía sentir que estaba siendo injusto antes de saber siquiera por qué.

—¿Qué quieres decir?

—Que vivimos cuatro personas en un piso de dos habitaciones. Bueno, tres si contamos a Mateo. No tenemos intimidad, no puedo trabajar aquí, casi no hablamos tú y yo.

—Mi hermana se está separando y tiene un hijo de siete años.

—Ya lo sé. No estoy diciendo que la eches.

—Pero es lo que parece.

Me salió mal la frase siguiente. Le dije que, si el piso era de las dos, igual Irene podía vender su parte o alquilarla y buscar otra cosa. Nada más decirlo entendí que sonaba horrible. Como si una solución de hoja de cálculo arreglara una separación, un niño y una vida rota.

Lucía se puso a llorar en silencio. No montó ninguna escena. Eso me dejó todavía peor.

—No puedo poner nuestra comodidad por delante de mi hermana —dijo.

Y yo contesté algo que aún me pesa:

—No es nuestra comodidad, Lucía. Es que parece que yo soy el único al que se puede mover de sitio sin preguntarle.

No dormimos juntos esa noche. Ella se quedó con Mateo porque tenía fiebre y yo me tumbé en el sofá, con una manta fina. Oía a Irene andar por el pasillo y me dio una vergüenza tremenda. Seguramente había escuchado todo.

Dos semanas después encontré una habitación en casa de un amigo en Benimaclet. Era pequeña, interior y bastante más cara de lo que podía permitirme con tranquilidad, pero estaba libre. Llevé allí ropa, el ordenador y una caja con cables. Dejé muchas cosas en el piso porque no sabía si aquello era una mudanza o una rabieta larga.

Lucía no me pidió que me quedara. Tampoco me dijo que me fuera. Me ayudó a bajar dos bolsas al coche y eso fue casi peor.

Seguimos hablando. A veces cenamos fuera, como si fuéramos una pareja que intenta recordar cómo se hacía eso. Irene ha encontrado un trabajo a media jornada, pero todavía no puede pagar un alquiler sola. Lucía dice que está buscando opciones con ella.

Hace unos días pasé por el piso a recoger una chaqueta. Mateo estaba haciendo deberes en la mesa y Lucía tenía el pelo recogido con un lápiz, como siempre cuando está cansada. Me abrazó al entrar, pero fue un abrazo rápido, con la puerta abierta y el niño preguntando dónde estaban las pinturas.

En el baño seguían los tres cepillos de dientes. El mío ya no estaba.

No pregunté dónde lo había puesto. Cogí la chaqueta, revisé por costumbre que llevaba las llaves y bajé las escaleras sin esperar el ascensor.