“No quería separarle de su madre, solo dejar de sentir que yo siempre esperaba turno”
La cena se quedó en la encimera hasta casi las once. Eran unas lentejas de bote, nada especial, pero las había preparado porque Óscar me había dicho que ese día salía antes y que cenaríamos juntos. Llevábamos una semana cruzándonos como dos compañeros de piso: él llegaba tarde, yo tenía turnos partidos en la farmacia y, cuando coincidíamos, siempre había algo pendiente.
A las siete y cuarto le llamó su madre.
Yo no oí lo que decía ella, solo vi cómo cambiaba su cara. Se levantó del sofá, se puso las zapatillas casi sin mirarme y dijo:
—Voy un momento a casa de mi madre. Se le ha atascado una persiana y está nerviosa.
No contesté nada. Ni siquiera me pareció tan grave en ese instante. Su madre, Pilar, vive sola desde que murió su marido hace siete años. Tiene sesenta y ocho, artrosis en las manos y una facilidad enorme para ponerse en lo peor por cualquier cosa. La entiendo. De verdad que la entiendo.
Lo que no entendía era por qué todo tenía que pasar por Óscar y por qué Óscar tenía que salir corriendo siempre.
Volvió a las diez y media. La persiana no estaba rota. Era la cinta, que se había salido del carril. Luego Pilar había aprovechado para preguntarle por una carta del banco y para que mirase una humedad junto a la ventana del salón. Óscar llegó cansado, con olor a tabaco de la vecina de su madre, y me encontró sentada en la cocina sin cenar.
—¿No has cenado?
—Te estaba esperando.
—Ya sabes cómo se pone mi madre cuando le pasa algo.
Ese “ya sabes” me dio una rabia que no supe colocar. Como si la respuesta estuviera incluida en mi papel de mujer: saberlo, aceptarlo y no molestar demasiado.
No era solo aquella noche. Óscar iba a casa de Pilar casi todos los días. A veces a llevarle pan, otras a cambiarle una bombilla, a veces simplemente a tomar café porque ella le decía que estaba aburrida. Los domingos comíamos allí sí o sí. Si proponía irnos un fin de semana a Cuenca, a la playa o a ver a mi hermana a Alcalá, había que consultarlo primero, porque “a ver si mamá necesita algo”.
Y luego estaban las llamadas. Durante la cena. A las ocho de la mañana. Un sábado a las cuatro de la tarde, cuando estábamos a punto de salir. Pilar no llamaba con mala intención, creo. Pero tenía esa manera de preguntar: “¿Estás muy liado?”, que no parecía una pregunta. Óscar siempre decía que no.
Yo llevaba meses intentando hablarlo sin montar una escena. Le decía:
—No me importa que vayas, pero no hace falta ir cada vez que llama.
Y él se cerraba enseguida.
—Es mi madre, Lucía. Está sola.
Como si yo le hubiese pedido que la abandonara en una gasolinera.
Un jueves fui a ver a mi madre después de comer. Ella vive en Móstoles, en el piso donde crecimos mi hermano y yo. Me preguntó por Óscar mientras recogía los platos. Le conté que bien, por decir algo. Luego me senté en la mesa de la cocina y, no sé por qué, empecé a llorar. Sin hacer ruido al principio, que es peor.
Mi madre dejó el estropajo y se secó las manos en el paño.
—¿Qué ha pasado?
Le conté lo de la persiana, lo de los domingos, lo de la escapada que nunca reservábamos. También le dije, porque me daba vergüenza reconocerlo, que a veces me ponía de mal humor solo al ver el nombre de Pilar en la pantalla de su móvil.
Mi madre no dijo que Pilar fuera una egoísta ni que Óscar fuera un desastre. Por suerte, porque si lo hubiera dicho quizá yo me habría puesto a defenderlos.
—Tu padre iba todos los sábados a ver a su madre —me dijo—. Y yo lo aceptaba, pero también teníamos nuestra vida. La diferencia es que él sabía volver. Óscar parece que todavía está intentando demostrarle algo a tu suegra.
Me quedé pensando en esa frase. No porque creyera que Óscar quisiera menos a su madre que a mí. Era otra cosa. La sensación de que él seguía siendo el hijo encargado de arreglarlo todo y que nuestro matrimonio se organizaba alrededor de esa función.
Esa noche no discutimos. Le dije que necesitaba hablar con él el sábado, con calma. Me contestó “vale” sin levantar la vista del móvil. Su madre le había mandado una foto de una planta que, según ella, se estaba muriendo.
El sábado desayunamos tarde. Él hizo café y yo compré bollos en la panadería de abajo. Había llovido y se oía a los vecinos arrastrando sillas en sus terrazas. Me costó empezar.
—No quiero que dejes de ver a tu madre —le dije—. No va de eso.
—Pues a veces parece que te molesta hasta que la llame.
—Porque siento que nunca soy lo primero. Ni siquiera cuando habíamos quedado en algo. Si ella tiene una persiana, una carta o está aburrida, tú sales. Y yo me quedo esperando a que termine el día.
Óscar se quedó callado. Luego dijo que yo no sabía lo que era ver a una madre sola. Me salió contestarle que mi madre también estaba viuda y no por eso le llamaba cada vez que se le apagaba el router. Fue un golpe bajo. En cuanto lo dije, me arrepentí.
Él se puso serio.
—Mi madre no es la tuya. Y tampoco tiene a mi hermano cerca, como la tuya.
Eso era verdad. Su hermana vive en Zaragoza y aparece poco. Óscar es quien va al médico con Pilar, quien mira las facturas, quien conoce al vecino que arregla cosas. Durante años lo había hecho sin pensar demasiado. Yo, al principio, hasta le admiraba por eso.
—Lo sé —le dije—. Pero yo tampoco soy una pausa entre una cosa y otra de tu madre.
No hubo abrazo ni música de fondo, por desgracia. Estuvimos un rato mirando la mesa. Él partía un bollo en trozos pequeños sin comérselo.
Al final acordamos algo bastante poco romántico: dos tardes a la semana para ir a verla, el domingo para comer con ella cada quince días y, si había una urgencia de verdad, claro que iría. Pero antes de cancelar nuestros planes, hablarlo. También le propuse que llamáramos a su hermana para repartir algunas gestiones y que miráramos si Pilar podía tener alguien de confianza para pequeñas reparaciones. Óscar dijo que su hermana siempre ponía excusas. Yo le contesté que quizá había que dejar de solucionárselo todo antes de darle la oportunidad.
La primera semana salió regular. El martes, Pilar llamó porque decía que la lavadora hacía un ruido raro. Óscar me miró. Yo no dije nada, y eso fue difícil. Él le pidió que desconectara el aparato y que esperara a que él fuese el jueves. Pilar se ofendió un poco. Se le notaba incluso por teléfono.
—Bueno, hijo, si no puedes, no puedes.
Óscar estuvo toda la tarde con mal cuerpo. Al final llamó a un técnico y pagó la visita. La lavadora tenía una moneda atascada.
No sé si nuestro acuerdo va a durar. Ayer mismo Pilar nos invitó a comer este domingo y Óscar dijo que sí antes de mirarme. Luego rectificó y le explicó que ya teníamos plan. Ella respondió “ah, claro” con un tono que conozco demasiado bien.
Después colgó, y Óscar se quedó junto a la ventana del salón.
—Me siento como si la estuviera dejando tirada —dijo.
Yo estaba doblando ropa limpia. Le dije que no la estaba dejando tirada, que estaba intentando estar en dos sitios sin desaparecer de uno de ellos.
No pareció completamente convencido. Yo tampoco me sentí orgullosa ni tranquila del todo. Solo seguí doblando camisetas, una encima de otra, mientras él miraba el móvil boca abajo sobre la mesa.