“No dijo nada”: el silencio de su pareja en una cena le hizo sentir completamente solo
La primera vez que pensé seriamente que quizá Álvaro y yo no íbamos a llegar a viejos juntos fue mientras cambiaba una bombilla en el pasillo.
Una tontería. La luz llevaba días parpadeando y él decía que compráramos una lámpara nueva, algo “más limpio, más actual”. Yo estaba subido a una silla de la cocina, con el casquillo en la mano, y me acordé de mi padre diciéndome que no hiciera fuerza de más, que las cosas se rompen cuando se las trata como si fueran de usar y tirar.
Y, de repente, me vi allí, en nuestro piso de Carabanchel, pensando que a lo mejor nosotros también éramos algo que Álvaro prefería sustituir antes que reparar.
Llevábamos once años juntos. Cuando nos conocimos yo trabajaba en una empresa de mensajería, por turnos, llevando un chaleco reflectante aunque no repartía paquetes. Ahora soy encargado de almacén en una cadena de materiales de construcción. No es una carrera brillante, supongo. Pero cobro a final de mes, tengo gente a mi cargo y conozco mi trabajo.
Álvaro es profesor de instituto. Da Historia. Es listo, paciente con los chavales y, cuando quiere, muy divertido. Me enamoré de él porque no parecía avergonzarse de nada. Ni de mis padres, que viven en Fuenlabrada y hablan alto sin darse cuenta, ni de que yo no hubiera ido a la universidad, ni de que a veces meta la pata con algún cubierto en una cena un poco fina.
O eso creía.
El problema con su familia nunca fue que me insultaran abiertamente. Casi habría sido más fácil. Eran cosas pequeñas. Su madre preguntándome si en mi empresa “seguían dando trabajo estable a gente sin estudios”. Su hermana Teresa diciendo que qué suerte tenía Álvaro de que yo fuera “tan apañado con las cosas de casa”. Su cuñado, Pablo, preguntándome si yo sabía lo que era una hipoteca a tipo variable, con esa sonrisa de quien no pregunta porque tenga curiosidad.
Yo solía reírme. Incluso alguna vez les seguí la broma. Tampoco soy un santo. Con mis amigos puedo ser bastante bruto y sé que me pongo a la defensiva rápido. Álvaro me decía que no les diera importancia.
—Es su manera de hablar —me repetía—. No van con mala intención.
La frase se me fue quedando dentro como una piedra pequeña en el zapato.
La cena fue en noviembre, por el cumpleaños de su madre. Reservaron en un sitio de Chamberí que yo no habría elegido nunca porque las raciones parecían de juguete y el vino costaba más que una compra semanal. Fuimos todos: sus padres, Teresa y Pablo, el hermano pequeño de Álvaro con su novia y una tía que vive en Pozuelo y habla como si estuviera siempre en una reunión de vecinos.
Yo acababa de salir de una semana horrible en el almacén. Un chico nuevo se había pillado la mano con una transpaleta eléctrica y, aunque no fue grave, me tocó hacer papeles, hablar con prevención y cubrir dos turnos. Llegué a la cena con la camisa algo arrugada y la cabeza en otro sitio.
Al principio fue normal. Su madre abrió regalos. Hablamos de un viaje que querían hacer a la Toscana. Yo escuchaba más que hablaba.
En algún momento, Pablo preguntó cuánto tardaba yo en llegar al trabajo.
—Cuarenta minutos si no hay atasco —le dije.
—Bueno, tampoco está mal. Para ser… —se quedó pensando—. Para un almacén grande, quiero decir.
Teresa se rió. No una carcajada, nada exagerado. Esa risita que hace la gente cuando quiere comprobar si los demás están entendiendo el chiste.
Luego añadió:
—Es que Javier tiene pinta de que podría montar su propio negocio. Una ferretería de barrio o algo así. ¿No, Álvaro?
Álvaro estaba mirando el móvil. Levantó la vista y sonrió un poco.
—Javi es más de mandar que de emprender.
No sé por qué, pero aquello me dolió más de lo que habría esperado. Quizá porque lo dijo como quien define a un personaje que conoce de lejos. O porque todos se rieron, incluida la tía de Pozuelo, y nadie parecía ver que yo estaba allí.
Yo contesté una barbaridad. No voy a ponerme de héroe.
Dije que, al menos, en mi trabajo sabía hacer algo sin tener que pedirle a papá que me colocara en el despacho de un amigo.
Pablo se quedó blanco. Su padre le había conseguido las prácticas hace años, eso era verdad, pero no venía a cuento. Teresa me llamó maleducado. Su madre dijo mi nombre en voz baja, como si estuviera regañando a un niño delante de una visita.
Y Álvaro no dijo nada.
Nada.
Ni “basta”, ni “no empecéis”, ni siquiera “Javi, te has pasado”, que probablemente también me habría merecido. Se quedó con las manos sobre el mantel, mirando su copa. A mí me empezó a zumbar la cabeza. Me levanté para ir al baño, pero en vez de eso salí a la calle.
Hacía frío y no llevaba abrigo. Me quedé delante del restaurante, al lado de una moto aparcada, mirando a la gente pasar con bolsas de Navidad aunque aún faltaba más de un mes.
Álvaro salió unos diez minutos después.
—Podías haber esperado a que habláramos —me dijo.
—¿Hablar de qué?
—De que has dejado a mi hermana llorando en la mesa.
Le miré y creo que ahí fue cuando algo se rompió de verdad.
—¿Y de mí quién habla? Porque dentro no parecía que nadie tuviera problema en reírse.
Me respondió que no todo era un ataque. Que yo llevaba meses “sensible”. Que Pablo era un imbécil a veces, sí, pero que él estaba cansado de tener que mediar entre su familia y yo.
—No quiero mediar —le dije—. Quiero que no me dejes solo cuando se ponen así.
Se quedó callado otra vez. Y esa segunda vez fue peor.
Volvimos en taxi sin hablar. Al llegar a casa, él se fue al dormitorio y yo me quedé en el sofá. A la mañana siguiente tenía turno de apertura. Me duché casi sin haber dormido y me fui con la misma camisa de la cena, porque no encontré ganas para buscar otra.
Han pasado cuatro meses. No hemos roto. Tampoco hemos arreglado gran cosa.
Álvaro pidió perdón dos días después. Dijo que se bloqueó, que en su casa siempre habían evitado discutir, que para él enfrentarse a su madre o a Teresa es como volver a tener dieciséis años. Le entendí, de verdad. Sé que no lo hizo para hacerme daño.
Pero desde entonces hay cosas que ya no me salen igual. Cuando su madre propone comer un domingo, invento turnos. Cuando Álvaro me cuenta algo de su hermana, noto cómo se me tensa el cuello. Y cuando estamos bien, viendo una serie o preparando la cena, a veces me entra miedo de estar esperando una versión de él que no existe.
La semana pasada cambié por fin la bombilla del pasillo. Álvaro me sujetó la silla sin que yo se lo pidiera.
—Ten cuidado —me dijo.
Le dije que sí, sin mirarle. Luego encendí la luz y funcionó a la primera.
Nos quedamos un rato allí, en medio del pasillo, como si los dos estuviéramos esperando que el otro dijera algo más. Pero él fue a poner la lavadora y yo me puse a recoger los trozos de cartón de la caja.
No sé si eso es seguir juntos o simplemente seguir viviendo en el mismo piso.