Le regalé a mi madre un reloj para cuidar su salud y ella se lo dio a mi hermana para evitar otra pelea

—¿Y mi reloj, mamá?

Lo pregunté intentando que no me temblara la voz, pero ya era tarde. Estábamos en su cocina, con el olor a lentejas todavía pegado al aire y el grifo goteando detrás de ella. Mi hermana Beatriz tenía la muñeca levantada, como si estuviera enseñando una joya nueva.

—¿Este? —dijo, mirando la pantalla—. Mamá me lo ha dado. A mí también me viene bien controlar el estrés, ¿sabes?

No miró ni una sola vez hacia mí.

Había ahorrado tres meses para comprarle aquel reloj a mi madre. No era un capricho caro por quedar bien. Desde que tuvo el susto de la tensión alta, yo no vivía tranquila. La acompañé al ambulatorio, esperé con ella en urgencias cuando le dio aquel mareo en el mercado y fui quien apuntaba sus cifras de tensión en una libreta porque ella se liaba con todo.

El reloj medía el pulso, registraba el sueño, le avisaba para caminar un poco y podía detectar si tenía un ritmo raro. Se lo regalé por su cumpleaños, con una tarjeta sencilla: “Para que te cuides como tú siempre nos has cuidado”.

Mi madre lloró al abrirlo.

—Ay, Lucía, hija… no tenías que gastar tanto.

—Claro que tenía que hacerlo. Así puedo quedarme más tranquila.

Aquella tarde se lo configuré todo. Le puse la letra grande, las alarmas para la pastilla de la tensión y el teléfono de su centro de salud. Incluso le enseñé dos veces cómo mirar los datos, aunque ella se reía y decía que parecía una nave espacial.

Durante dos semanas me mandó fotos de la pantalla.

“Hoy he dormido seis horas, no está mal, ¿no?”

“Me ha dicho que me levante a moverme. Qué mandón es este reloj.”

Yo sonreía cada vez que veía sus mensajes. Pensaba que, por una vez, estaba haciendo algo útil de verdad.

Hasta que llegó Beatriz.

Mi hermana siempre ha sido así. Si necesita algo, no lo pide: lo reclama. Si alguien le pone un límite, se convierte en una tragedia familiar. Tiene cuarenta y dos años, dos hijos preciosos y una vida difícil, eso nadie se lo discute. Su marido, Julián, encadena trabajos malos; ella va siempre justa de dinero; discute con todo el mundo. Pero una cosa no debería justificar la otra.

Beatriz sabe dónde apretar.

Mi madre tiene setenta años y le tiene miedo a los conflictos. No miedo de que Beatriz le pegue ni nada de eso. Le tiene miedo a los audios de cinco minutos, a que deje de hablarle, a que diga que nadie la ayuda, a que aparezca llorando en casa con los niños y convierta cualquier comida familiar en un campo de batalla.

Según mi madre, ella “solo quiere paz”.

Pero la paz que ella compra siempre la pagamos los mismos.

—A Bea le gustó mucho —me dijo mi madre aquella mañana, sin levantar la vista de la encimera—. Dice que le vendría bien para dormir, que está muy nerviosa.

—¿Y por eso le has dado mi regalo?

—No lo digas así, Lucía.

—¿Cómo quieres que lo diga? Era para controlar tu tensión, mamá. Para ti.

Beatriz soltó una risa seca desde la silla.

—Madre mía, qué exagerada eres. Es un reloj, no un riñón.

Ahí fue cuando algo se me rompió por dentro. No por el reloj. Bueno, no solo por el reloj. Fue por todo lo que venía detrás. Las tardes que yo dejaba a mi hijo con mi marido para llevar a mi madre al médico. Los recibos que había pagado sin decir nada cuando se le estropeó la lavadora. Las veces que me llamaba llorando porque Beatriz le había hablado fatal, y yo iba corriendo a calmarla.

Y luego, cuando Beatriz alzaba la voz, mi madre cedía.

Siempre.

—No es un reloj —le dije—. Es que tú puedes entrar aquí, montar una escena y conseguir lo que te dé la gana. Y mamá te lo da para que te calles. Mientras tanto, a mí se me pide paciencia. A mí se me pide que comprenda. A mí se me pide que no empeore las cosas.

—Porque tú eres la razonable —murmuró mi madre.

La miré. Me dolió más esa frase que cualquier grito de Beatriz.

—¿Te das cuenta de lo injusto que es eso? ¿Que yo tenga que aguantar precisamente porque no te chantajeo?

Mi madre se sentó despacio. De repente parecía muy pequeña, con las manos apretadas sobre el delantal.

—Beatriz está pasando un mal momento.

—Lleva pasando un mal momento quince años, mamá. Y tú llevas premiando cada rabieta otros quince.

Beatriz se levantó de golpe. La silla arrastró por el suelo y mi sobrino pequeño, que estaba viendo dibujos en el salón, se quedó callado.

—Pues toma tu maldito reloj —dijo, tirándolo sobre la mesa—. No necesito nada de nadie. Siempre soy la mala, ¿verdad? La loca, la conflictiva. Muy bien. Quedaos con vuestra familia perfecta.

Cogió el bolso y se fue dando un portazo tan fuerte que vibraron los vasos del aparador.

Mi madre empezó a llorar.

Y yo, que tenía tanta rabia, también lloré. Qué absurdo todo. Allí estábamos las dos, una frente a la otra, llorando por un reloj que ni siquiera era el problema.

—No quería que se enfadara —repetía ella.

—¿Y yo qué? —le pregunté casi en un susurro—. ¿Yo no puedo enfadarme? ¿Yo no merezco que me cuides también un poco?

No me respondió. Solo lloró más.

Beatriz devolvió el reloj esa misma noche. Se lo dejó a mi madre en el buzón, dentro de la caja, sin una nota. Después mandó mensajes al grupo familiar diciendo que yo la había humillado y que era una “interesada” por echarle en cara un regalo. Mi tía Carmen me escribió para decirme que debía pedirle perdón, porque Beatriz “tiene mucho carácter y hay que saber llevarla”.

Esa frase me dio una rabia… Como si los demás tuviéramos que aprender a caminar de puntillas para que ella no explote.

Mi madre volvió a ponerse el reloj, pero ya no me manda fotos de sus pasos ni de cómo ha dormido. Yo la llamo, claro. Si me necesita, voy. No puedo dejar de quererla de un día para otro. Pero estoy distante. Me sale solo.

El domingo pasado me dijo:

—No estés así conmigo, hija. Yo te quiero igual.

Y quise decirle que querer no siempre basta. Que a veces una se cansa de ser la hija fuerte, la que entiende, la que perdona antes de que le pidan perdón. Pero no me salió. Solo le dije que tenía cosas que hacer y colgué.

Ahora, cada vez que veo ese reloj en su muñeca, pienso en el miedo que mandaba en nuestra casa mucho antes de que existiera ese aparato. Mi madre llama paz a no contrariar a Beatriz. Yo lo llamo vivir secuestrados por su mal humor.

¿Hasta cuándo tiene que aguantar la hija que nunca amenaza con irse? ¿En qué momento ser buena dejó de significar que también mereces ser elegida?