Volvió a hablar con su mejor amigo de juventud… pero cada mensaje le hacía sentirse más solo
El día que borré el chat con Dani no sentí alivio. Sentí una cosa bastante ridícula para un hombre de cincuenta y tres años: como si estuviera tirando una caja de fotos a un contenedor.
No lo bloqueé. Ni siquiera dejé de seguirlo. Solo borré la conversación porque me sabía de memoria el orden de los mensajes. Los míos, largos y a veces escritos demasiado tarde por la noche. Los suyos, con un “qué grande”, un emoji de aplausos o un “a ver si nos vemos pronto, tío”, que ya no significaba nada concreto.
Dani y yo fuimos amigos desde los doce años. Vivíamos a dos portales de distancia, en Carabanchel, cuando aquello todavía era todo talleres, bares de persiana medio bajada y madres llamando desde los balcones. Jugábamos al baloncesto en una pista sin canastas decentes y luego nos íbamos a casa del que tuviera la merienda más abundante. Normalmente la suya, porque su madre hacía tortilla de patata los domingos y siempre quedaba algo.
No éramos de decirnos grandes cosas. En esa época nadie decía grandes cosas. Pero él estaba cuando suspendí Matemáticas en COU y no quería volver a casa. Estuvo el día que murió mi padre, sentado a mi lado en el tanatorio sin intentar arreglarme el dolor con frases de esas que sobran. Y yo estuve cuando se separaron sus padres y se vino una temporada a dormir al sofá de mi casa porque no soportaba oírles discutir.
Luego llegaron los trabajos, las parejas, los hijos en su caso, y se nos fue haciendo difícil coincidir. Nada raro. A los treinta y tantos aún quedábamos cada dos o tres meses. Después pasaron años sin vernos, pero cuando hablábamos parecía que se hubiera quedado todo en pausa.
Hasta que dejó de ser así y yo tardé demasiado en darme cuenta.
Fue Instagram lo que nos volvió a juntar de una forma más constante. Yo me lo abrí durante la pandemia, por mi hija, Lucía, que entonces estudiaba en Valencia y decía que así al menos vería sus fotos sin pedirlas por WhatsApp como un padre pesado. Dani ya llevaba tiempo. Tenía el perfil lleno de cenas, carreras populares, escapadas a Lisboa, fotos muy bien hechas con su mujer y sus dos hijos ya mayores.
Me alegró verlo bien. De verdad. Después de su divorcio, que fue bastante feo, yo había pensado mucho en él. Pero también me desconcertaba. En todas las fotos estaba igual: moreno, sonriente, con una copa de vino o una bicicleta al lado. Parecía que su vida fuera una campaña de publicidad.
Le escribí por privado una noche. Le mandé una foto vieja que encontré vaciando un cajón: los dos con catorce años, despeinados y con unas camisetas enormes del Estudiantes. Me contestó enseguida.
“Joder, qué tiempos. Éramos unos críos. Abrazo enorme, hermano.”
Me emocioné más de lo que esperaba. Mi mujer, Pilar, que estaba viendo una serie a mi lado, me preguntó qué me pasaba. Le dije que nada, una tontería, y le enseñé la foto.
A partir de ahí empecé a escribirle. Primero cosas ligeras. Que si había pasado por nuestro antiguo barrio, que si recordaba a Manolo, el del bar de la esquina. Él respondía bien, amable. Pero siempre había una especie de pared. Nunca me preguntaba nada que no fuera “¿todo bien por casa?”. Y si yo le contaba algo, no malo necesariamente, pero algo real, enseguida desviaba la conversación.
El año pasado me quedé sin trabajo. Llevaba dieciocho años en una empresa de distribución de material eléctrico y cerraron la delegación. Me indemnizaron, no fue una tragedia inmediata, pero a mi edad encontrar otra cosa no es tan sencillo como la gente dice. Durante unas semanas fingí que lo llevaba con bastante entereza. Iba a correr por Madrid Río, actualizaba el currículum, miraba ofertas que pedían un inglés que no tengo y programas que no he usado en la vida.
Una tarde, después de que me rechazaran de un puesto que, sinceramente, podía hacer con los ojos cerrados, le escribí a Dani. No para pedirle trabajo ni nada así. Solo le dije: “Estoy un poco perdido, tío. Me han despedido y me está costando más de lo que pensaba”.
Tardó dos días en contestar.
“Mucho ánimo, Rafa. Seguro que sale algo. Tú siempre has sido muy válido.”
Y luego me mandó una foto desde un restaurante de Málaga. Estaba de fin de semana con unos amigos. No sé por qué eso me sentó tan mal. Probablemente porque esperaba otra cosa que él no tenía obligación de darme. Que me llamara, quizá. Que dijera “te cuento algo, yo pasé por una época parecida”. Cualquier cosa que no sonara a frase de una tarjeta de regalo.
Pilar me dijo que estaba mezclando las cosas.
—Dani tiene su vida, Rafa. Igual ni sabe qué decirte.
—Antes sabía.
—Antes teníais diecisiete años y todo el tiempo del mundo.
No discutí. Porque tenía razón, o parte de razón. Pero me molestó que tuviera razón.
En noviembre vi que Dani había estado en Madrid. Lo supe por una historia: una foto en el Bernabéu, otra de unos torreznos, una con tres tipos a los que yo no reconocí. Había puesto “los de siempre”. Eso fue una tontería, una frase cualquiera para internet, pero me dejó helado.
Le escribí: “¿Estabas por aquí y no has avisado?”
Pasaron varias horas. Después contestó: “Fue improvisado, tío. Vine con gente del curro, una locura. La próxima organizamos algo como Dios manda.”
No le respondí hasta el día siguiente. Le puse “claro”, sin más. Me pareció patético decirle que me había dolido. También me pareció patético que me doliera tanto.
A partir de entonces empecé a mirar sus historias con una atención que me avergüenza reconocer. Veía quién le felicitaba por su cumpleaños, con quién salía, si estaba en Madrid, si mencionaba algo que tuviera que ver conmigo. Como si hubiera una prueba escondida de que yo aún ocupaba algún sitio.
Un domingo, Lucía vino a comer y me pilló con el móvil. No le conté todo, solo que Dani estaba distante.
—Papá, es que en Instagram nadie está de verdad —me dijo mientras recogía los platos—. La gente pone que te quiere muchísimo y luego no te cogería el teléfono a las tres de la mañana.
Me salió defenderle.
—Dani no es “la gente”.
Pero en cuanto lo dije, supe que llevaba meses intentando convencerme de eso.
Hace dos semanas le mandé un audio. No fue dramático. O eso intenté. Le dije que me daba pena que estuviéramos hablando como conocidos, que echaba de menos tomar una caña sin tener que planearla con un mes de antelación y que, si realmente no le apetecía retomar la amistad, prefería saberlo antes que seguir fingiendo normalidad.
Lo escuchó esa misma noche.
No respondió.
Al día siguiente subió una foto de un amanecer desde la playa. Luego otra de un café. Después, nada durante cuatro días.
Yo borré el chat el quinto. Desde entonces no le he vuelto a escribir. Él tampoco a mí.
Ayer me llamó una empresa para una entrevista el martes. Es en Fuenlabrada, no es exactamente lo mío y pagan menos que antes, pero voy a ir. Pilar dice que después podemos pasar por casa de mi madre, que está empeñada en hacer croquetas aunque luego se queje de que nadie come.
Esta mañana Instagram me ha enseñado una foto de Dani porque alguien la había compartido. Iba con una bicicleta por una carretera, sonriendo como siempre. He estado a punto de darle a “me gusta”.
Al final he dejado el móvil boca abajo y me he puesto a preparar café. No sé si algún día volveremos a hablar de verdad. Ahora mismo tampoco sé si quiero ser yo quien vuelva a llamar.