Cuando más vulnerable estaba, empezó a creer que todo lo que sentía era “exagerado”

No sé señalar el día exacto en que dejé de sentirme seguro en mi propia casa.

No hablo de tener miedo físico, ni de algo que se pudiera explicar fácilmente a un amigo tomando una caña. Era otra cosa. Llegar al piso, dejar las llaves en el cuenco de la entrada y quedarme un segundo quieto, intentando adivinar por el ruido de sus pasos si esa noche Lucía iba a hablarme con normalidad o si iba a atravesarme como si yo fuese un mueble.

Tengo treinta y nueve años y trabajo en una imprenta pequeña de Getafe. Bueno, trabajaba a jornada completa hasta el año pasado. Me operaron de una hernia discal y estuve varios meses de baja. La recuperación fue más lenta de lo que yo esperaba y de lo que, creo, esperaba ella. Al principio Lucía estuvo muy pendiente. Me llevaba la medicación, hacía compra, incluso me lavaba el pelo cuando yo no podía agacharme bien.

Eso también me confundió después, porque no era una persona cruel todo el tiempo. Si lo hubiera sido, quizá habría sabido antes qué hacer.

A los dos meses de baja empezaron las pullas. Que si yo tenía mucho tiempo para pensar tonterías. Que si ella llegaba reventada de la gestoría y, encima, tenía que encontrarme con mi cara larga. Que no podía convertirse en mi enfermera, mi psicóloga y mi banco a la vez.

Lo del banco venía porque yo cobré menos de lo que calculaba. La mutua tardó un montón en arreglar un papeleo y durante unas semanas tiramos de sus ahorros para el alquiler y los recibos. Me daba muchísima vergüenza. Vendí una bici que tenía desde hacía años, una buena, para aportar algo. Ella dijo que no hacía falta, pero luego, cuando discutíamos, soltaba cosas como: “Claro, como hay gente que puede quedarse en casa sin preocuparse de nada”.

Yo le recordaba que no estaba de vacaciones. A veces lo decía tranquilo. Otras no, porque tampoco soy un santo. Me ponía nervioso, levantaba la voz y luego me sentía fatal.

—No he dicho eso —me respondía ella.

Y quizá no lo había dicho con esas palabras exactas. Ese era el problema. Nunca decía una cosa tan clara que yo pudiera agarrarme a ella. Lo dejaba caer. Una mirada cuando abría la nevera. Un suspiro si yo le preguntaba a qué hora iba a llegar. Un “madre mía, qué intensidad” cuando intentaba hablar en serio.

Hubo un domingo en que vino mi hermana, Marta, con mis sobrinos. Yo llevaba varios días mejor y me esforcé por estar sentado en el salón, hacer bromas, parecer normal. Lucía estuvo encantadora toda la tarde. Sacó patatas, pidió pizza y hasta le dijo a Marta que yo estaba mejorando muchísimo.

Cuando se fueron, le dije que me había gustado verla así. No sé por qué lo dije. Quizá porque llevaba semanas esperando una tarde sin tensión.

Ella dejó un vaso en el fregadero y me contestó:

—¿Ves? Si no montas películas, se puede estar bien.

Me quedé con el plato de cartón de la pizza en la mano. No supe responder. Y al rato estaba pidiéndole perdón yo, por haber estropeado el ambiente con mi cara.

Eso fue lo peor: empecé a vigilarme constantemente. Antes de decir algo pensaba si estaría siendo injusto. Si estaba sensible por el dolor, por no trabajar, por dormir mal. Dejé de contarle a Marta muchas cosas porque no quería que ella cogiera manía a Lucía por problemas que, tal vez, me estaba inventando grandes.

También dejé de quedar con amigos. No porque Lucía me lo prohibiera. Ni siquiera creo que se diera cuenta al principio. Pero si decía que iba a tomar algo con Dani, ella respondía: “Claro, para eso sí estás recuperado”. Y yo acababa cancelando. Era más fácil quedarme en casa que afrontar luego el silencio, o tener que justificar que necesitaba ver a alguien que no fuera ella.

En noviembre me dieron el alta. Volví a la imprenta con reducción de jornada unas semanas. Me costaba, acababa molido y seguía teniendo molestias, pero estaba contento de volver a tener horarios, compañeros, conversaciones sobre cosas tontas. Pensé que eso nos arreglaría.

No nos arregló.

Una noche llegué tarde porque una máquina se atascó y tuvimos que terminar un pedido. Le avisé. Cuando entré, Lucía estaba viendo una serie en el sofá. Ni levantó la vista.

Le pregunté si había cenado. Me dijo que sí.

Yo me calenté un táper de lentejas y cené solo en la cocina. No era la primera vez, pero aquella noche se me hizo especialmente raro. Había una silla con ropa encima, el lavavajillas a medias, el móvil de Lucía vibrando de vez en cuando en el salón. Cosas normales. Una casa normal. Y, sin embargo, yo tenía un nudo en el pecho como si estuviera en un sitio donde sobraba.

Fui al salón y le pregunté directamente si quería seguir conmigo.

Se rio, pero no porque le hiciera gracia. Fue como de cansancio.

—Otra vez con lo mismo. De verdad, Álvaro, tienes una necesidad de drama que no es normal.

Le dije que no buscaba drama. Que llevaba meses sintiéndome despreciado. Que no necesitaba que me cuidara como antes, ni que me aplaudiera, pero sí dejar de sentir que todo lo que me dolía era una molestia para ella.

Entonces se puso seria. Me dijo que yo la estaba haciendo sentir como una mala persona. Que ella había cargado con todo cuando yo estaba de baja y que ahora pretendía pasarle factura emocional por no haber sido perfecta. En parte tenía razón. Yo sabía que ella había sostenido mucho. También sabía que yo había estado irritable, apagado y bastante encerrado en mí mismo.

Pero hubo una frase que no conseguí quitarme de encima.

—Es que contigo nunca se puede estar tranquila —dijo—. Siempre hay que medir cada palabra porque te ofendes por todo.

No recuerdo qué contesté. Sé que acabé durmiendo en el sofá. A la mañana siguiente ella me habló con total normalidad sobre que había que comprar detergente y pagar el seguro del coche. Yo también le seguí el juego. Era martes. Tenía que ir a trabajar.

Dos semanas después llamé a un psicólogo. No porque estuviera seguro de que Lucía me estuviera manipulando, ni porque quisiera poner etiquetas a todo. Llamé porque ya no confiaba nada en cómo me sentía. Me parecía bastante grave llegar a ese punto.

La primera sesión fue rara. Me escuché hablando y soné quejica hasta a mí mismo. Cada vez que contaba algo añadía: “Bueno, igual no fue para tanto” o “ella también tiene sus motivos”. El psicólogo no dijo que me fuera de casa ni que Lucía fuese esto o aquello. Solo me preguntó cómo reaccionaba mi cuerpo antes de entrar por la puerta del piso.

Le dije que miraba si había luz en el salón desde abajo. Que, si la había, se me cerraba el estómago.

Llevo un mes durmiendo en casa de mi hermana. No he recogido todas mis cosas. Lucía y yo hablamos por mensajes de facturas, del gato y de cuándo voy a pasar por ropa. Un día me manda un audio llorando, diciendo que me echa de menos y que no sabía que yo lo vivía así. Al siguiente, si le digo que necesito tiempo, responde que siempre huyo cuando hay dificultades.

Puede que haya cosas que yo hice mal y que aún no quiera mirar. Seguramente las hay. Pero desde que estoy fuera duermo seis horas seguidas por primera vez en mucho tiempo.

Ayer Marta me preguntó si iba a volver. Le dije que todavía no lo sabía. Mientras hablábamos, el gato se metió dentro de una caja vacía y se quedó mirándonos desde ahí. Marta se rio. Yo también.

Luego abrí el móvil y vi tres mensajes de Lucía sin leer. Los dejé para esta mañana.