Mis hijas me llamaron “papá” toda la vida, pero un domingo entendí que ya no sabían quién era yo

—No hace falta que entres, papá. Mamá ha dicho que podemos bajar ya.

Mi hija mayor, Lucía, tenía quince años y hablaba sin mirarme. Estaba apoyada en el marco de la puerta con la mochila colgando de un hombro, como si yo fuera el repartidor que había llegado antes de tiempo.

Detrás de ella apareció Alba, mi pequeña, aunque ya tenía once. Llevaba una sudadera enorme, el pelo sin peinar y los auriculares puestos. Ni siquiera levantó la cabeza.

Era viernes. Mi viernes. El fin de semana que llevaba marcado en el calendario desde hacía dos semanas.

—He subido porque quería ver vuestra habitación —dije, intentando sonar normal—. Hace mucho que no veo cómo la tenéis.

Lucía soltó una risa seca.

—¿Y para qué? Si no vives aquí.

Me quedé quieto en el rellano. Desde dentro llegaba el olor a sofrito. El mismo olor que había tenido nuestra casa durante años, cuando yo llegaba tarde del taller y ellas corrían hacia mí con los calcetines puestos del revés. Me vi a mí mismo levantando a Alba por debajo de los brazos. Me vi a Lucía dormida sobre mi pecho mientras veíamos dibujos. Y de pronto todo eso parecía pertenecerle a otra persona.

No me separé de Marta porque dejara de querer a mis hijas. Me separé porque con Marta ya no sabíamos hablarnos sin hacernos daño. Fueron años de discusiones por el dinero, por mis horarios, por el cansancio. Yo trabajaba en un taller de chapa en Móstoles y salía muchas veces con las manos negras y la cabeza hecha polvo. Ella decía que nunca estaba. Yo le respondía que alguien tenía que pagar la hipoteca.

Qué fácil era decir eso. Qué poco arreglaba.

Cuando firmamos el divorcio, acordamos fines de semana alternos y dos tardes entre semana. También una pensión que, sinceramente, algunas veces me ha dejado la cuenta temblando. Pero la he pagado siempre. Algún mes tuve que pedirle dinero prestado a mi hermano Julián para llegar al recibo de la luz, pero la pagué.

Creí que cumplir era una manera de demostrarles que no las abandonaba.

Ahora sé que ellas no veían esfuerzo. Veían una transferencia bancaria y a un hombre que preguntaba cada quince días: “¿Qué tal el instituto?”

Aquella tarde las llevé a merendar a una cafetería cerca del centro comercial. Elegí una mesa junto a la ventana. Alba pidió un batido de chocolate. Lucía, un café con hielo, que me pareció demasiado adulto para ella, pero no dije nada. Ya no sabía qué cosas podía decir sin que sonaran a reproche.

—Mamá dice que has vuelto a llamar a la psicóloga —soltó Lucía mientras removía el café.

—Sí. Fui el martes.

—¿Para qué?

La pregunta me desarmó más que si hubiera gritado.

—Para aprender a hacerlo mejor con vosotras.

Alba levantó la vista por primera vez.

—¿Y no podías haber aprendido antes?

Noté que me ardían los ojos. Miré hacia la calle. Una madre cruzaba el paso de peatones agarrando a un niño de la mano. Me obligué a respirar despacio.

—Probablemente sí —contesté—. Pero no entendía muchas cosas. Creía que trabajar más era cuidaros más.

Lucía apretó los labios.

—No estabas ni cuando vivías con nosotras, papá.

No hubo grito. No hubo insulto. Solo esa frase, dicha bajito, y por eso dolió tanto.

Quise defenderme. Decirle que yo las llevaba al colegio cuando podía, que fui a los festivales de Navidad aunque luego tuviera que recuperar horas, que había guardado cada dibujo que me dieron. Quise decirle que su madre también hacía difícil algunas cosas, que a veces no me cogía el teléfono o cambiaba planes a última hora.

Pero no lo hice. Porque, aunque todo eso fuera verdad, no borraba la cara de mi hija cuando me dijo que no había estado.

En la consulta, la psicóloga, Nuria, me había advertido:

—No intentes convencerlas de que has sido buen padre. Ahora mismo necesitan saber que entiendes su herida.

Yo asentí allí, sentado en una silla blanca, como si fuera sencillo. Pero delante de ellas sentía que estaba en un juicio donde cada recuerdo podía condenarme.

Esa noche, ya en mi piso de alquiler, recibí un mensaje de Marta.

“Lucía ha llegado llorando. Dice que le has hecho sentir culpable.”

Leí aquello una y otra vez. Me entró una rabia fea, de esas que te hacen escribir cosas que luego te avergüenzan. Tecleé: “Yo no le he hecho nada. Solo he hablado con mis hijas”.

Lo borré.

Luego escribí: “Lo siento. No era mi intención”.

También lo borré. Porque parecía que estaba pidiendo perdón por existir.

Al final no contesté. Me senté en el sofá, con la casa en silencio. En la estantería tenía una foto de ellas en la playa de Gandía. Lucía llevaba trenzas y Alba aún usaba manguitos. Yo estaba detrás, haciendo una mueca horrible. Las tres se reían.

Pensé en quitar la foto. No pude.

Durante meses seguí intentándolo de formas torpes. Le pedí a Alba que me enseñara los dibujos que hacía en la tableta. Al principio me dijo que no. Después, un día, me mostró uno durante apenas diez segundos: un gato naranja con alas. Le dije que era precioso. Me respondió “vale” y volvió a encerrarse en su habitación.

Con Lucía fue peor. Cada conversación acababa en una pared.

—¿Cómo va lo de teatro?

—Bien.

—¿Tenéis función pronto?

—No sé.

—Si quieres puedo ir.

—Ya veremos.

Ese “ya veremos” me acompañaba toda la semana.

Un jueves recibí un correo del instituto. Habían convocado una reunión por las faltas de Lucía y una bajada fuerte de notas. Llamé a Marta. Me dijo que ella ya lo sabía y que no hacía falta que fuera, que “las cosas se arreglan mejor sin montar un espectáculo”.

Por primera vez no cedí.

—Soy su padre, Marta. Voy a estar allí.

La reunión fue incómoda. Lucía no asistió, claro. La tutora explicó que estaba más aislada, que discutía con algunas compañeras y que había dejado de participar en teatro. Marta miraba la mesa. Yo sentía un nudo en el estómago.

Al salir, Marta me dijo en el pasillo:

—No creas que venir a una reunión te convierte en padre del año.

La miré. Estaba cansada. Más cansada que enfadada. Y entendí que ella también había cargado con mucho, sola, mientras yo me refugiaba en el trabajo y después en la culpa.

—No —le dije—. Pero no quiero seguir llegando tarde a todo.

El domingo siguiente, Lucía vino a casa sin ganas. Dejó la mochila en el suelo y se encerró en el baño. Al pasar por delante de su cuarto, vi que había olvidado el móvil sobre la cama. La pantalla se encendió con un mensaje de una compañera: “No puedes seguir así, Lu. Habla con alguien”.

No lo cogí. No leí más. Pero el miedo se me metió en el cuerpo.

Cuando salió, tenía los ojos hinchados.

—Lucía —dije desde la puerta—, no voy a obligarte a contarme nada. Pero si te está pasando algo, aunque pienses que no tengo derecho a preocuparme, me preocupa. Mucho.

Ella se quedó mirando el suelo.

—Tú no sabes nada de mí.

—Es verdad —respondí—. Y me duele. Pero quiero saber. No para controlar tu vida. Para estar.

Por fin me miró. Tenía la mandíbula tensa, como cuando era pequeña y estaba a punto de llorar.

—¿Y si ya es tarde?

No supe qué contestar. Me senté en el suelo, al otro lado del pasillo, sin acercarme más.

—Entonces me quedaré aquí igual —le dije—. Aunque tardes en creerme.

Ella no vino hacia mí. No me abrazó. Pero tampoco cerró la puerta.

A veces pienso que mis hijas no me rechazan porque no me quieran. Quizá me castigan por haberlas hecho sentir solas cuando yo juraba que estaba sacrificándome por ellas.

¿Se puede reconstruir una relación cuando los hijos ya han aprendido a no necesitarte? Yo todavía no tengo la respuesta, pero no quiero volver a irme.