La madre de Martín tenía una copia de las llaves… hasta que una tarde decidió que la casa era más suya que de ellos
Carmen pensó que al mudarse con Martín por fin tendrían un espacio propio. Un piso pequeño, una hipoteca ajustada y muchas cosas por montar, sí, pero también la ilusión de empezar su vida sin que nadie opinara de cada cena, cada gasto o cada discusión.
Lo que no esperaba era que María, la madre de Martín, siguiera entrando como si aquella vivienda le perteneciera. Al principio fueron detalles incómodos. Después, gestos cada vez más difíciles de ignorar. Y cuando cruzó un límite que dejó a la pareja literalmente fuera de su propia casa, Martín tuvo que elegir qué clase de marido quería ser… y qué relación estaba dispuesto a perder.
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