El precio de la indiferencia: una noche en el Hospital San Rafael

—¡Por favor, doctor! ¡Mi hija no puede respirar!— La voz del hombre retumbó en el pasillo, mezclada con el llanto ahogado de la niña que llevaba en brazos. Yo, Alejandro Vargas, jefe de guardia en el Hospital San Rafael, miré a ese hombre moreno, con la ropa desgastada y las manos temblorosas, y sentí una punzada de fastidio.

—Espere afuera, por favor. Hay otros pacientes antes que usted— respondí, sin mirarle a los ojos. Sabía que no era cierto; la sala de urgencias estaba casi vacía esa noche. Pero algo en mi interior, una mezcla de cansancio y arrogancia, me hizo decidir que ese hombre podía esperar. Quizá fue su acento del sur, o la forma en que apretaba a su hija contra el pecho, como si temiera que el mundo se la arrebatara.

La niña jadeaba, sus labios amoratados. El hombre insistió:

—Se lo ruego, doctor. No tenemos seguro, pero puedo pagarle después. Mi hija se llama Lucía. Tiene asma y no responde al inhalador.

Sentí la mirada de la enfermera Carmen clavada en mí. Ella conocía mi reputación: eficiente, frío, infalible. Pero esa noche, mi corazón estaba endurecido por años de ver pobreza y dolor desfilar ante mis ojos sin poder cambiar nada. Pensé: «Otro caso más. Otro padre desesperado que no podrá pagar ni los medicamentos».

—No podemos atenderla sin papeles ni seguro— mentí. Carmen me miró horrorizada.

—Alejandro, por favor…— susurró ella.

Ignoré su súplica y seguí con mis rondas. El hombre salió al pasillo, abrazando a su hija como si pudiera protegerla del aire mismo. No supe cuánto tiempo pasó hasta que escuché el grito desgarrador:

—¡Ayuda! ¡Lucía no respira!

Corrí hacia ellos, pero ya era tarde. Carmen intentó reanimarla mientras yo sentía cómo el sudor frío me recorría la espalda. El padre lloraba en silencio, arrodillado junto al cuerpo inerte de su hija.

Esa noche no dormí. Al día siguiente, la noticia corrió por todo el hospital: «Un médico se negó a atender a la hija de un hombre negro, pensando que era pobre; al día siguiente, perdió su empleo». Mi nombre estaba en boca de todos: colegas, pacientes, incluso en las redes sociales. El director del hospital me llamó a su despacho.

—Alejandro, esto es grave. Hay cámaras en el pasillo. La familia va a denunciarte. No podemos protegerte esta vez.

Me quedé sin palabras. Toda mi carrera construida sobre la excelencia y el prestigio se desmoronaba por una decisión tomada en segundos. Salí del hospital entre murmullos y miradas acusadoras.

En casa, mi esposa Marta me recibió con el rostro desencajado.

—¿Qué hiciste? ¿Por qué?— preguntó entre lágrimas.

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que el miedo y el prejuicio pueden colarse incluso en los corazones más preparados? ¿Cómo justificar lo injustificable?

Los días siguientes fueron un infierno. Los medios me llamaban «el médico racista del San Rafael». Mis amigos dejaron de contestar mis mensajes. Mi madre, desde Salamanca, me llamó llorando:

—Alejandro, ¿en qué te has convertido? Tú no eres así…

Pero sí lo era. O al menos lo fui esa noche.

Intenté buscar trabajo en otras clínicas privadas, pero nadie quería asociarse con mi nombre. Marta se fue a casa de su hermana con nuestros hijos; no podía soportar las miradas en el colegio ni las preguntas incómodas de los vecinos.

Una tarde, salí a caminar por Coyoacán para despejarme y vi a Carmen sentada en una cafetería. Dudé antes de acercarme.

—¿Puedo sentarme?— pregunté con voz baja.

Ella asintió sin mirarme.

—¿Por qué lo hiciste?— preguntó finalmente.

No tenía una respuesta clara. Me limité a bajar la cabeza.

—¿Sabes cómo se llamaba la niña? Lucía Hernández Morales. Tenía ocho años y soñaba con ser doctora como tú… Bueno, como yo también— dijo Carmen con amargura.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Crees que merezco otra oportunidad?— pregunté casi en un susurro.

Carmen me miró por fin a los ojos:

—Eso no me corresponde a mí decidirlo. Pero deberías pedirle perdón a su familia… y a ti mismo.

Esa noche busqué la dirección del padre de Lucía. Vivían en Iztapalapa, en una colonia humilde donde las calles se llenan de niños jugando al fútbol entre charcos y perros callejeros. Toqué la puerta temblando.

El hombre abrió y al verme se quedó inmóvil.

—Vengo a pedirle perdón— dije antes de que pudiera cerrarme la puerta en la cara.— No hay palabras para lo que hice…

Él me miró largo rato antes de hablar:

—Mi hija confiaba en los doctores más que en nadie. Usted le falló… pero yo no quiero venganza. Solo quiero que nadie más pase por esto.

Me invitó a pasar y hablamos durante horas sobre Lucía: sus sueños, sus miedos, su risa contagiosa. Salí de esa casa sintiéndome más pequeño que nunca.

Con el tiempo, empecé a colaborar como voluntario en una clínica comunitaria del sur de la ciudad. Allí aprendí a mirar a cada paciente como un ser humano único, no como un caso más o una cifra estadística. Aprendí a escuchar antes de juzgar; a reconocer mis propios prejuicios antes de que se conviertan en actos irreparables.

A veces sueño con Lucía y me pregunto si algún día podré perdonarme del todo. Marta volvió a casa después de meses de terapia familiar; mis hijos aún me miran con recelo cuando hablo del hospital.

Hoy sé que una bata blanca no te hace mejor persona; solo te da más responsabilidad sobre las vidas ajenas. Y esa responsabilidad pesa mucho más cuando has fallado.

¿Quiénes somos cuando nadie nos observa? ¿Cuántas veces dejamos que nuestros prejuicios decidan por nosotros? ¿Y cuántas vidas pueden cambiar —o perderse— por un solo instante de indiferencia?