El día que me enfrenté a don Ricardo: una mesera contra el poder
—¡Lucía! —me susurró Carmen, la encargada, con los ojos muy abiertos—. Hoy te toca la mesa 7.
Miré hacia la esquina y allí estaba él: don Ricardo, el hombre que todos en el barrio conocían y temían. Era dueño de media Salamanca, tenía fama de arruinar a quien se le cruzara y, según decían, ni el alcalde se atrevía a llevarle la contraria. Su sola presencia hacía que los cuchicheos se apagaran y los camareros se movieran con pies de plomo.
Yo llevaba apenas dos semanas trabajando en el restaurante. Había llegado a Madrid desde un pueblo de Ávila tras perder mi trabajo en la tienda familiar. Mi madre me había dicho: “Hija, en la capital hay oportunidades, pero también lobos”. No imaginaba que uno de esos lobos vendría a desayunar donde yo servía café.
Me acerqué con la bandeja temblando ligeramente. Don Ricardo ni siquiera levantó la vista del periódico. Su voz sonó seca:
—Un café solo. Y rápido.
Asentí y fui a la barra. Carmen me miraba con lástima. —No le lleves la contraria —me advirtió—. Si se enfada, lo pagamos todos.
Mientras preparaba el café, escuché a los otros camareros hablar en voz baja:
—El mes pasado despidieron a Laura porque le cayó una gota de leche en el platillo…
—Dicen que si no le gusta cómo le miras, llama al dueño y te vas a la calle…
Respiré hondo. No podía permitirme perder este trabajo. Mi hermano pequeño necesitaba los libros del instituto y mi madre apenas llegaba a fin de mes con su pensión.
Me acerqué a la mesa 7 y dejé el café con cuidado. Don Ricardo levantó la vista por primera vez y me miró como si fuera invisible.
—¿Eres nueva? —preguntó sin interés.
—Sí, señor —respondí, intentando mantener la voz firme.
Él asintió y volvió al periódico. Me giré para irme cuando escuché:
—¡Eh! ¿No ves que falta la tostada?
Miré la comanda: solo había pedido café. Dudé un segundo, pero respondí:
—Perdone, señor, en su pedido solo estaba el café. ¿Desea una tostada?
Don Ricardo bajó el periódico lentamente y me miró con una mezcla de burla y desprecio.
—¿Me estás llamando mentiroso?
Sentí cómo todos los ojos del local se clavaban en mí. Carmen me hizo una señal para que cediera, pero algo dentro de mí se rebeló. Recordé las veces que mi padre me decía: “Lucía, nadie es más que nadie”.
—No, señor —dije despacio—. Solo intento hacer bien mi trabajo. Si quiere una tostada, se la traigo ahora mismo.
Un silencio incómodo llenó el restaurante. Don Ricardo sonrió con suficiencia.
—Tráeme dos. Y que estén calientes. No como las piedras que servís aquí normalmente.
Me mordí la lengua y fui a la cocina. El cocinero, Paco, me miró con compasión.
—No te preocupes, Lucía —me dijo—. Todos hemos pasado por esto.
Preparé las tostadas lo mejor que pude y volví a la mesa 7. Las dejé delante de don Ricardo con una sonrisa forzada.
Él las inspeccionó como si fueran lingotes de oro falsos. Dio un mordisco y frunció el ceño.
—¿Esto es mantequilla? ¿No ves que he pedido aceite?
No había dicho nada sobre aceite. Sentí cómo me ardían las mejillas.
—Lo siento, señor. Ahora mismo le traigo aceite virgen extra.
Fui a por el aceite mientras escuchaba cómo murmuraba algo sobre “la juventud de hoy” y “la incompetencia”. Cuando volví, ya estaba hablando en voz alta para que todos le oyeran:
—En mis tiempos, los camareros sabían servir sin tener que preguntar cada cosa…
Dejé el aceite en la mesa y me giré para irme cuando sentí su mano agarrando mi muñeca. Me detuve en seco.
—¿Sabes quién soy yo? —me susurró con una sonrisa fría.
—Sí, señor —respondí sin mirarle a los ojos.
—Entonces aprende tu lugar.
Me solté suavemente y me alejé temblando. Carmen vino corriendo:
—¿Estás bien? No le provoques más…
Pero algo dentro de mí se rompió. ¿Por qué tenía que aguantar humillaciones solo porque él tenía dinero? ¿Por qué todos le temían tanto?
La mañana siguió igual: don Ricardo llamaba cada cinco minutos para pedir algo nuevo o para criticar lo que le traía. Los clientes habituales miraban hacia otro lado; algunos incluso parecían disfrutar del espectáculo.
Al final del turno, cuando fui a recoger su cuenta, don Ricardo me miró fijamente:
—¿Sabes qué? Hoy no pienso pagar esto. El servicio ha sido pésimo.
Me quedé helada. Sabía que si no pagaba, el dueño nos lo descontaría del sueldo. Miré a Carmen buscando apoyo, pero ella solo bajó la cabeza.
Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. Recordé las noches sin dormir pensando cómo ayudar a mi familia; recordé las palabras de mi padre; recordé mi dignidad.
Me acerqué un paso más a don Ricardo y le hablé en voz baja pero firme:
—Señor, aquí todos trabajamos duro para ganarnos la vida. Si no está satisfecho con el servicio puede poner una reclamación, pero no puede marcharse sin pagar lo que ha consumido.
El restaurante entero se quedó en silencio absoluto. Don Ricardo me miró sorprendido; nadie le había hablado así nunca en público.
Se levantó despacio y sacó su cartera con gesto teatral.
—¿Sabes qué? Tienes valor… pero también tienes mucho que aprender sobre cómo funciona este mundo.
Dejó un billete de cincuenta euros sobre la mesa y salió del local sin mirar atrás.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Luego Paco empezó a aplaudir tímidamente; después Carmen; luego todos los clientes del restaurante se unieron en un aplauso espontáneo.
Esa tarde recibí una llamada del dueño del restaurante:
—Lucía, he oído lo que ha pasado esta mañana…
Pensé que me iba a despedir al instante.
—Quiero decirte que estoy orgulloso de ti —continuó—. Hace tiempo que alguien tenía que ponerle límites a ese hombre. No te preocupes por nada; tienes mi apoyo.
Colgué el teléfono con lágrimas en los ojos. Por primera vez desde que llegué a Madrid sentí que pertenecía a algún sitio; sentí que podía mirar al futuro sin miedo.
Esa noche cenamos tortilla de patatas en casa, mi madre sonrió orgullosa y mi hermano pequeño me abrazó fuerte.
A veces pienso en don Ricardo y en toda esa gente poderosa que cree tener derecho a pisotear a los demás solo porque pueden. ¿Hasta cuándo vamos a permitirlo? ¿Cuántos más tendrán que callar antes de decir basta?