Un error de llamada y el eco de la esperanza

—¿Hola?—dije, con la voz temblorosa, mientras miraba el número en la pantalla. No era el de mi hija, pero ya era tarde para colgar.

—¿Quién habla?—respondió una voz grave, desconocida, con acento costeño.

Por un segundo, sentí que el corazón se me paralizaba. ¿Por qué marqué ese número? ¿En qué estaba pensando? Pero la voz del hombre tenía algo cálido, como si me invitara a quedarme en la línea.

—Perdón, creo que me equivoqué de número…—murmuré, apenada.

—No se preocupe, señora. A veces los errores traen sorpresas.—dijo él, y soltó una risa suave.

Colgué rápido, con las mejillas ardiendo. Me sentí ridícula. A mis 56 años, después de una vida entera dedicada a mi familia en un barrio de Medellín, ¿cómo podía estar nerviosa por una simple llamada?

Pero esa noche no dormí bien. La voz del desconocido me rondaba la cabeza. Me pregunté si él también estaría pensando en mí, en esa señora despistada que marcó su número por error.

Mi vida había sido una sucesión de rutinas: levantarme temprano, preparar café, regar las matas del jardín, ir al trabajo en la biblioteca municipal, volver a casa y cenar sola. Mis hijos ya no vivían conmigo; Camila se fue a Buenos Aires y Julián a Ciudad de México. Mi esposo, Ernesto, se marchó hace seis años con otra mujer más joven. Yo me quedé con el eco de sus pasos y el silencio de una casa demasiado grande.

A veces me preguntaba si la soledad era un castigo o una oportunidad. Pero nunca tuve el valor de cambiar nada. Me convencí de que la tranquilidad era suficiente.

Hasta esa llamada.

Al día siguiente, mientras preparaba el almuerzo, el teléfono sonó. Era el mismo número desconocido.

—¿Hola?—contesté, con el corazón acelerado.

—Disculpe que la moleste otra vez… Soy el hombre de ayer. Me quedé pensando en su voz. ¿Está bien?

Me reí nerviosa. No sabía si colgar o seguir hablando. Pero algo en mí quería escuchar más.

—Estoy bien… Solo fue un error.—dije.

—A veces los errores son señales.—insistió él.—Me llamo Tomás. Vivo en Barranquilla. Trabajo como carpintero. ¿Y usted?

No sé por qué le conté mi vida en cinco minutos: mi edad, mis hijos lejos, mi trabajo aburrido, mi jardín lleno de orquídeas. Él escuchó todo sin interrumpir.

Así empezó nuestra extraña amistad. Hablábamos cada noche. Me contaba historias de su infancia junto al mar Caribe, de su esposa fallecida hace años, de su hija que apenas veía porque vivía en Lima. Yo le hablaba de mis miedos, de mis sueños olvidados, de las recetas que aprendí de mi abuela en Antioquia.

Una tarde, mi hermana Lucía me encontró sonriendo sola en la cocina.

—¿Y esa cara?—me preguntó.—¿Te ganaste la lotería o qué?

Me sonrojé como una adolescente.

—Nada… solo recordé algo gracioso.—mentí.

Pero Lucía no se tragó el cuento. Unos días después me vio hablando por teléfono y me quitó el aparato.

—¿Quién es usted y qué quiere con mi hermana?—le gritó a Tomás.

Me sentí humillada y furiosa. Le arrebaté el teléfono y colgué. Lucía me miró con lástima.

—No seas ingenua, Marta. Esos hombres solo buscan aprovecharse de mujeres solas como tú.

Esa noche lloré como hacía años no lloraba. ¿Y si Lucía tenía razón? ¿Y si Tomás solo jugaba conmigo?

Dejé de contestar sus llamadas durante una semana. El silencio pesaba más que nunca. El jardín se marchitó y yo también.

Un día recibí una carta por correo tradicional. Era de Tomás:

«Marta,
No sé qué hice mal. Si te lastimé, lo siento. Solo quería escucharte y compartir un poco de mi soledad contigo. Si decides no hablarme más, lo entenderé. Pero quiero que sepas que tu voz me devolvió las ganas de vivir.
Con cariño,
Tomás»

Leí la carta mil veces. Lloré sobre el papel hasta que las letras se corrieron como tinta bajo la lluvia.

Esa noche lo llamé.

—Perdón por desaparecer.—le dije.—Me dio miedo… miedo de sentir otra vez.

Él guardó silencio unos segundos.

—El miedo es señal de que estamos vivos.—susurró.—¿Quieres seguir hablando conmigo?

Asentí aunque él no podía verme.

Las semanas pasaron y nuestras conversaciones se volvieron más profundas. Hablábamos del pasado, pero también del futuro: ¿y si algún día nos conociéramos en persona? ¿Y si tomábamos un café frente al mar o entre mis orquídeas?

Pero la vida no es una novela rosa. Un día Camila me llamó desde Buenos Aires:

—Mamá, ¿estás bien? Te noto rara últimamente…

Le conté todo entre lágrimas y risas nerviosas. Camila se quedó callada unos segundos y luego dijo:

—Mamá, mereces ser feliz… pero ten cuidado. Hay mucha gente mala allá afuera.

Julián fue más duro cuando se enteró:

—¿Cómo puedes confiar en un extraño? ¿Y si te roba? ¿Y si te hace daño?

Sentí que todos dudaban de mí y de mis decisiones. Por primera vez en años quise rebelarme contra sus miedos y los míos propios.

Tomás y yo seguimos hablando a escondidas durante meses. Compartimos fotos: él me mandó una imagen suya tallando madera; yo le envié una foto del jardín florecido después de la lluvia.

Un día me propuso vernos en persona: él viajaría a Medellín para conocerme.

El miedo volvió a apoderarse de mí: ¿y si mis hijos tenían razón? ¿Y si todo era mentira?

La noche antes del encuentro no dormí nada. Me miré al espejo y vi a una mujer mayor, con arrugas y canas… pero también vi a alguien viva, con esperanza en los ojos.

Cuando Tomás llegó a la terminal de buses lo reconocí enseguida: era más bajo de lo que imaginé, con manos grandes y sonrisa tímida. Nos abrazamos torpemente bajo la mirada curiosa de los demás pasajeros.

Caminamos por el centro de Medellín como dos adolescentes perdidos. Hablamos poco; las palabras sobraban después de tantos meses compartiendo secretos por teléfono.

Esa tarde tomamos café en un parque rodeado de flores amarillas. Tomás me miró a los ojos y dijo:

—Gracias por atreverte a vivir otra vez conmigo este pedacito de vida.

Sentí que algo dentro de mí sanaba poco a poco: la herida del abandono, el miedo a la soledad, la culpa por buscar felicidad después de los cincuenta.

Ahora escribo esto sentada en mi jardín mientras Tomás lee el periódico a mi lado. Mis hijos siguen preocupados; Lucía aún desconfía. Pero yo aprendí que nunca es tarde para abrirle la puerta a lo inesperado.

Me pregunto: ¿cuántas veces dejamos pasar la felicidad por miedo al qué dirán? ¿Cuántas oportunidades dejamos ir por temor a equivocarnos otra vez?