Hasta que ella se libere, no recibirá nada de nosotros: Mi lucha por salvar a mi hija
—¡No puedes seguir permitiendo que te trate así, Mariana! —grité, con la voz quebrada, mientras ella bajaba la mirada y jugaba nerviosamente con el anillo de bodas. El ventilador del techo giraba lento, como si también estuviera cansado de la tensión que llenaba nuestra casa en Guadalajara.
Mariana, mi hija, tenía apenas veintisiete años y ya parecía llevar el peso de una vida entera sobre los hombros. Desde que se casó con Julián, su sonrisa se fue apagando poco a poco. Yo, como madre, sentía cada día cómo se me partía el alma al verla llegar con los ojos hinchados y la voz temblorosa. Pero lo peor era la impotencia: cada vez que intentaba hablar con ella sobre Julián, ella me respondía con evasivas o, peor aún, con una defensa ciega hacia él.
—Mamá, no es tan malo como piensas. Julián está pasando por un momento difícil —me decía, pero yo veía las marcas invisibles de la violencia psicológica en su forma de encogerse ante cualquier ruido fuerte.
Mi esposo, Ernesto, era de otra escuela. «La vida es dura, Leticia. Los jóvenes tienen que resolver sus propios problemas», repetía cada vez que yo le pedía que habláramos con Mariana o que la invitáramos a quedarse unos días en casa. Él creía que si interveníamos demasiado, sólo empeoraríamos las cosas.
Pero yo no podía quedarme de brazos cruzados. Recordaba a mi propia madre, cómo había callado ante los gritos de mi padre, y juré que nunca sería igual. Por eso, una tarde de julio, cuando Mariana llegó llorando porque Julián había perdido otro trabajo y le gritó que era una inútil por no poder mantener la casa sola, sentí que ya era suficiente.
—Mariana, hija, ven a vivir con nosotros. No tienes por qué aguantar esto —le supliqué, tomándole las manos.
Ella me miró con esos ojos grandes y tristes.
—No puedo, mamá. Si me voy, Julián dice que no me dará ni un peso para la renta y… no quiero ser una carga para ustedes.
—¡Una carga! —interrumpí—. Eres mi hija. ¡Nunca serás una carga!
Ernesto entró en ese momento al comedor y nos miró a ambas. Se cruzó de brazos y dijo:
—Leticia, no podemos resolverle la vida a Mariana. Si ella no toma la decisión de dejarlo por sí misma, nada cambiará.
Sentí rabia y frustración. ¿Cómo podía ser tan frío? ¿Acaso no veía el dolor de su propia hija? Esa noche discutimos hasta tarde. Ernesto insistía en que debíamos poner límites; yo sólo pensaba en cómo proteger a Mariana.
Los días pasaron y Mariana seguía atrapada en ese círculo vicioso. Julián la manipulaba con promesas vacías y amenazas veladas. Una tarde, después de escucharla llorar por teléfono durante casi una hora, tomé una decisión drástica.
—Ernesto —le dije esa noche—, si Mariana no deja a Julián pronto, no le daremos más ayuda económica. Ni un peso más para la renta ni para sus cuentas. Si quiere nuestro apoyo, tendrá que salir de esa casa.
Ernesto me miró sorprendido.
—¿Estás segura? Eso puede romper nuestra relación con ella.
—Prefiero que me odie un tiempo a verla destruida para siempre —respondí con lágrimas en los ojos.
La siguiente vez que Mariana vino a casa, le expuse nuestra decisión. Fue una conversación dolorosa; ella se sintió traicionada y me gritó que no entendía nada. Salió corriendo y pasaron semanas sin que supiéramos de ella.
Durante ese tiempo, Ernesto y yo apenas nos hablábamos. La casa estaba llena de silencios pesados y miradas llenas de reproche. Yo lloraba cada noche pensando si había hecho lo correcto o si había perdido a mi hija para siempre.
Un día recibí una llamada inesperada. Era Mariana. Su voz era apenas un susurro:
—Mamá… ¿puedo ir a casa?
Corrí a abrazarla cuando llegó. Estaba demacrada pero decidida. Me contó entre sollozos cómo Julián había intentado aislarla aún más cuando supo que ya no recibiría ayuda nuestra. Fue entonces cuando Mariana vio claro: él nunca cambiaría y ella tenía que salvarse sola.
Esa noche cenamos juntas por primera vez en meses. Ernesto se acercó tímidamente y le puso una mano en el hombro.
—Hija… lo siento si fui duro contigo. Sólo quería que aprendieras a luchar por ti misma.
Mariana lo abrazó llorando y yo sentí un alivio inmenso.
El proceso de sanación fue largo. Mariana empezó terapia y buscó trabajo como maestra en una primaria pública del barrio. Poco a poco recuperó su alegría y volvió a reír como antes. Julián intentó buscarla varias veces pero ella fue firme: no volvería atrás.
A veces me pregunto si hice bien al ponerle esa condición tan dura a mi hija. ¿Hasta dónde debe llegar el amor de una madre? ¿Es justo obligar a alguien a tocar fondo para poder ayudarle? No tengo todas las respuestas, pero sé que hoy Mariana es libre y está reconstruyendo su vida rodeada de amor verdadero.
¿Ustedes qué habrían hecho en mi lugar? ¿Hasta dónde llegarían por salvar a un hijo aunque eso signifique perderlo por un tiempo?