La foto en la pared: secretos y heridas tras el divorcio
Ayer llovía con fuerza en Madrid. El agua golpeaba los adoquines de la calle Alcalá como si quisiera borrar las huellas de todos los que, como yo, caminaban arrastrando recuerdos. Salía del trabajo, agotado, cuando la vi. Allí estaba Lucía, mi exesposa, encogida bajo el alero de una parada de autobús, con el pelo empapado y la mirada perdida en el asfalto. Dudé un instante antes de acercarme, pero algo en su postura me hizo sentir que debía hacerlo.
—¿Estás bien? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
Lucía levantó la vista y durante un segundo vi en sus ojos el reflejo de todos nuestros años juntos: las risas, las peleas, las noches en vela por nuestra hija Paula. Me contestó con un suspiro.
—No tengo paraguas y el autobús no pasa. ¿Me acercas a casa?
Asentí sin decir palabra. El trayecto fue un silencio incómodo, sólo roto por el golpeteo de la lluvia sobre el techo del coche. Al llegar a su portal, dudé si despedirme o acompañarla hasta arriba. Ella me miró, como si esperara que yo tomara la decisión.
—¿Subes? Tengo café —dijo finalmente.
Entrar en esa casa fue como abrir una herida mal cerrada. Todo seguía igual: los muebles de madera oscura, las cortinas bordadas por su madre, el olor a café recién hecho. Pero había algo distinto. En el salón, sobre la chimenea, colgaba una foto enmarcada que no recordaba haber visto nunca. Me acerqué, intrigado.
Era una foto de nuestra boda. Pero no era la típica imagen feliz; era una instantánea tomada justo después de una discusión que tuvimos ese día, cuando yo le había dicho algo imperdonable sobre su familia. En la foto, Lucía me miraba con una mezcla de tristeza y resignación. Yo tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados. ¿Por qué habría elegido esa foto para colgarla en el lugar más visible de la casa?
—¿Por qué tienes esa foto ahí? —pregunté sin poder evitarlo.
Lucía se encogió de hombros mientras servía el café.
—Me recuerda lo que no quiero volver a vivir —respondió con frialdad.
Sentí una punzada de rabia y vergüenza. Recordé cómo fue aquel día: mi madre criticando a Lucía por todo, mi padre bebiendo más de la cuenta y soltando comentarios hirientes sobre su familia andaluza. Yo no supe defenderla. Al contrario, me sumé a las críticas para evitar el conflicto con los míos.
—¿Nunca me perdonaste? —susurré.
Ella se sentó frente a mí y me miró fijamente.
—No es cuestión de perdón, Álvaro. Es cuestión de no olvidar para no repetir.
El silencio se hizo espeso entre nosotros. De repente, escuchamos la puerta del pasillo abrirse y apareció Paula, nuestra hija, ya adolescente. Me miró sorprendida y luego a su madre.
—¿Papá? ¿Qué haces aquí?
Lucía le explicó lo de la lluvia y el café. Paula asintió con desgana y se encerró en su cuarto. Sentí un nudo en el estómago: desde el divorcio apenas veía a mi hija más allá de los fines de semana alternos y las vacaciones compartidas a medias.
—¿Te molesta que esté aquí? —pregunté a Lucía.
Ella negó con la cabeza.
—No me molesta. Pero tampoco sé si es bueno para ti… o para Paula.
La conversación derivó hacia temas triviales: el trabajo, los precios del alquiler en Madrid, la huelga de profesores en el instituto de Paula. Pero yo no podía dejar de mirar la foto en la pared. Sentía que me acusaba en silencio.
Cuando Lucía fue a la cocina a buscar más azúcar, me levanté casi sin pensarlo y descolgué la foto. La sostuve entre las manos, temblando. No sé qué demonios me pasó por la cabeza, pero sentí una necesidad irracional de destruirla, como si así pudiera borrar todo lo malo entre nosotros.
Busqué unas tijeras en el cajón del mueble del salón y empecé a cortar la foto por la mitad. Justo entonces Lucía volvió y se quedó paralizada al verme.
—¿Pero qué haces? —gritó.
Me detuve en seco, avergonzado por mi impulso infantil e inmoral. Había cortado justo por el centro: mi cara a un lado, la suya al otro.
—No podía soportar verla ahí —balbuceé—. Me hace sentir… culpable.
Lucía se acercó despacio y recogió los trozos de foto del suelo. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—No puedes cambiar el pasado cortando una foto —dijo en voz baja—. Lo que hiciste… lo que hicimos… está ahí para siempre.
Me sentí más pequeño que nunca. Quise pedirle perdón mil veces, explicarle que yo también sufría cada vez que recordaba cómo arruiné nuestro matrimonio por cobardía y orgullo familiar. Pero las palabras se atragantaron en mi garganta.
Paula salió del cuarto al escuchar los gritos y nos encontró allí, rodeados de trozos de papel y reproches mudos.
—¿Otra vez peleando? —preguntó con voz cansada—. ¿No podéis dejarlo ya?
Su pregunta me atravesó como un cuchillo. Vi en sus ojos el mismo cansancio que había visto tantas veces en los míos frente al espejo desde el divorcio.
Lucía recogió los trozos de foto y los guardó en una caja junto a otras cosas del pasado: cartas sin abrir, entradas de conciertos a los que nunca fuimos juntos, postales desde Cádiz cuando aún soñábamos con veranear allí todos los años.
Me marché poco después, bajo una lluvia aún más intensa que antes. Caminé sin rumbo por las calles mojadas de Madrid, sintiendo que cada paso me alejaba más de lo poco que quedaba de mi familia.
Esa noche no pude dormir. Pensé en Lucía sola en casa, en Paula encerrada en su cuarto escuchando música para no oír nuestros gritos mudos. Pensé en mis padres, aún convencidos de que hicieron lo correcto al protegerme de «esa chica del sur». Pensé en mí mismo, incapaz de romper el círculo vicioso del orgullo y el miedo al qué dirán tan típico aquí.
Hoy he vuelto a pasar por delante del portal de Lucía antes de ir al trabajo. No he subido ni he llamado al timbre. Sólo he mirado hacia arriba, buscando una luz encendida tras las cortinas bordadas.
Me pregunto si algún día podré perdonarme por lo que hice… o si simplemente aprenderé a vivir con ello como quien aprende a caminar bajo la lluvia sin paraguas.
¿Alguna vez habéis sentido esa necesidad absurda de destruir algo sólo porque os recuerda lo que perdisteis? ¿Creéis que es posible reconstruir una familia rota o sólo nos queda aprender a vivir con los pedazos?