Entre el silencio y el grito: La historia de Lucía en el barrio de Vallecas
—¡Lucía, apaga la luz de una vez! —gritó mi padre desde el salón, con esa voz ronca que siempre me helaba la sangre. Era jueves por la noche y, como cada semana, el olor a vino barato impregnaba las paredes del piso. Mi madre, sentada en la cocina, removía el café con las manos temblorosas. Yo tenía catorce años y ya sabía que esa noche dormiría con un ojo abierto, esperando el siguiente estallido.
No recuerdo cuándo empezó el miedo. Quizá fue aquella vez que mi padre tiró el plato contra la pared porque la cena estaba fría, o cuando mi hermano Sergio se marchó de casa sin mirar atrás. Lo que sí recuerdo es el silencio: ese silencio espeso que se colaba entre los gritos, cuando mi madre me miraba y yo sabía que no podía hacer nada para salvarla ni salvarme.
En el colegio nunca hablaba de mi casa. Mis amigas —Marta y Elena— pensaban que era reservada, pero la verdad es que me moría de vergüenza. ¿Cómo explicarles que a veces no tenía para el bocadillo del recreo porque mi padre se lo había gastado todo en la tasca de la esquina? ¿Cómo contarles que mi madre lloraba por las noches y yo le sujetaba la mano hasta que se dormía?
Una tarde de invierno, mientras volvía del instituto, vi a mi padre apoyado en la puerta del bar «El Rincón de Paco». Tenía los ojos vidriosos y la camisa manchada. Al verme, intentó sonreír, pero solo consiguió que me diera más miedo. Crucé la calle deprisa, fingiendo no verle. Al llegar a casa, mi madre estaba sentada en la mesa, mirando una carta del banco.
—Nos van a cortar la luz —susurró sin mirarme.
Me senté a su lado y le cogí la mano. No dije nada. ¿Qué podía decir? En ese momento sentí una rabia tan grande que me dolía el pecho. ¿Por qué nos pasaba esto a nosotras? ¿Por qué nadie hacía nada?
Esa noche, mientras mi padre dormía en el sofá, borracho y roncando como un animal herido, me prometí a mí misma que saldría de allí. Que no sería como él. Que encontraría una forma de ser feliz.
Pero no era tan fácil. Cada día era una batalla: los profesores que me decían que tenía potencial pero nunca preguntaban por qué llegaba siempre cansada; los vecinos que fingían no oír los gritos; las amigas que hablaban de vacaciones en la playa mientras yo soñaba con tener una habitación solo para mí.
Un sábado por la tarde, Marta me invitó a su casa a estudiar matemáticas. Su madre nos preparó merienda y su padre entró en el salón sonriendo, preguntando cómo nos iba. Sentí una punzada de envidia tan fuerte que casi me ahogo. ¿Por qué ellos sí y yo no?
Esa noche discutí con mi madre. Le dije que estaba harta, que no aguantaba más, que por qué no se iba de una vez. Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y me abrazó tan fuerte que pensé que me rompería los huesos.
—No puedo, Lucía. No sé cómo —me susurró al oído.
A partir de ese día empecé a escaparme por las noches. Me iba al parque con Elena y hablábamos durante horas. Ella era la única a la que le conté todo: lo del dinero, los gritos, el miedo constante.
—¿Y si llamas a alguien? —me preguntó una noche.
—¿A quién? Nadie quiere saber nada —le respondí.
Pero Elena insistió y un día me acompañó al despacho de la orientadora del instituto. Allí, entre sollozos, conté mi historia por primera vez. La orientadora me escuchó en silencio y luego me abrazó. Me dijo que no estaba sola, que había ayuda.
A partir de entonces todo cambió. Vinieron trabajadoras sociales a casa, hablaron con mi madre, intentaron convencerla para denunciar a mi padre. Pero ella tenía miedo. Decía que si le dejábamos sería peor.
Mi padre empezó a sospechar algo. Una noche llegó más borracho de lo habitual y empezó a gritarme delante de mi madre:
—¡Tú eres la culpable! ¡Siempre metiendo mierda en esta familia!
Me empujó contra la pared y sentí el golpe en la cabeza como un trueno. Mi madre gritó y se interpuso entre nosotros. Esa fue la primera vez que vi miedo en los ojos de mi padre.
Al día siguiente me fui a casa de Elena. Su madre llamó a la policía y esa misma noche nos llevaron a un centro de acogida a mi madre y a mí. Recuerdo el olor a lejía del pasillo y las camas alineadas como en un hospital.
Los primeros días fueron horribles. Mi madre apenas hablaba y yo tenía pesadillas todas las noches. Pero poco a poco empezamos a respirar. Nos ayudaron a buscar un piso social en otro barrio y yo cambié de instituto.
El primer día en el nuevo instituto me sentí invisible. Nadie sabía nada de mí ni de mi pasado. Por primera vez en mucho tiempo pude inventarme una historia diferente: «Vivo con mi madre, mi padre está lejos».
Pero el dolor seguía ahí, agazapado en cada rincón del cuerpo. A veces soñaba con Sergio, mi hermano mayor, preguntándome si algún día volvería a buscarnos. Otras veces pensaba en mi padre: ¿seguiría bebiendo? ¿Se arrepentiría?
Un día recibí una carta suya. Decía que lo sentía, que estaba intentando dejarlo, que quería vernos. Mi madre rompió la carta sin leerla entera.
—No podemos volver atrás —me dijo—. Ahora somos libres.
Pero yo no estaba segura de qué significaba ser libre. Seguíamos teniendo poco dinero, mi madre trabajaba limpiando casas y yo ayudaba en lo que podía después del instituto. Pero ya no había gritos ni miedo por las noches.
Con el tiempo empecé a escribir sobre lo que había vivido. Gané un concurso literario del instituto con un relato sobre una niña atrapada entre el silencio y el grito. Cuando subí al escenario a recoger el premio vi a mi madre llorar entre el público, pero esta vez eran lágrimas diferentes: lágrimas de orgullo.
Hoy tengo veintidós años y estudio Trabajo Social en la Universidad Complutense. Quiero ayudar a chicas como yo, chicas que creen que nadie las escucha o las entiende. A veces todavía tengo miedo: miedo de repetir los errores de mis padres, miedo de no ser suficiente.
Pero cuando dudo, pienso en aquella niña asustada en Vallecas y le digo: «Lo lograste».
¿Alguna vez habéis sentido que vuestra historia os persigue aunque intentéis dejarla atrás? ¿Creéis que realmente se puede romper el ciclo o estamos condenados a repetirlo?