Cuando el amor propio se apaga en la cocina de casa

—¿Pero cómo es posible que no haya pan fresco? —La voz de Luis retumbó en la cocina, mezclándose con el olor a café recién hecho y la luz grisácea de un amanecer madrileño. Me quedé quieta, cuchara en mano, sintiendo cómo el calor del café se evaporaba entre mis dedos y el frío de sus palabras me calaba hasta los huesos.

No era la primera vez. Desde que nos casamos, hace ya veintidós años, mi vida giraba alrededor de las necesidades de los demás: primero Luis, luego nuestros hijos, Marta y Sergio. Yo era la que preparaba los desayunos, la que planchaba las camisas, la que recordaba las citas del médico y las reuniones del colegio. Era la que escuchaba los problemas de todos y guardaba los suyos en un cajón invisible.

—Lo siento, Luis. No me di cuenta de que se había acabado —murmuré, intentando que mi voz no temblara.

Él bufó y se fue al salón sin mirarme. Oí cómo encendía la televisión y subía el volumen para ahogar mi presencia. Marta bajó las escaleras arrastrando los pies, con el móvil pegado a la mano y los auriculares puestos. Sergio salió de su cuarto sin saludar, directo a la nevera.

—¿No hay zumo? —preguntó Sergio, sin levantar la vista.

—Se acabó ayer. Puedo bajar a comprar ahora si quieres —respondí automáticamente.

—Da igual —dijo él, cerrando la puerta de golpe.

Me apoyé en la encimera y sentí cómo una presión invisible me apretaba el pecho. ¿En qué momento había dejado de ser yo para convertirme solo en «la madre», «la esposa», «la que resuelve»? Recordé cuando era joven y soñaba con ser profesora de literatura. Me veía rodeada de libros, debatiendo sobre poesía con alumnos curiosos. Pero después llegó Luis, luego los niños, y los sueños se fueron quedando atrás, uno a uno, como migas de pan en el suelo.

Aquel día tenía cita con mi amiga Carmen. Hacía meses que no nos veíamos. Cuando llegué al café donde habíamos quedado, ella ya estaba allí, hojeando una revista.

—¡María! —exclamó al verme—. ¡Por fin! ¿Cómo estás?

Me senté frente a ella y sentí ganas de llorar. Carmen me miró con esa mezcla de ternura y preocupación que solo tienen las amigas de toda la vida.

—¿Te pasa algo? —preguntó.

Le conté lo del pan, lo del zumo, lo de cada día. Le hablé de cómo Luis parecía enfadado siempre, de cómo los niños me ignoraban, de cómo yo misma me sentía invisible.

—¿Y tú? ¿Qué quieres tú? —me preguntó Carmen.

Me quedé callada. No supe qué responder. ¿Qué quería yo? ¿Acaso tenía derecho a querer algo?

Carmen suspiró.—Mira, María. No eres una criada. Eres una persona. Tienes derecho a vivir tu vida, a tener tus propios deseos. No puedes seguir así.

Volví a casa con sus palabras resonando en mi cabeza. Cuando entré por la puerta, Luis estaba sentado en el sofá viendo fútbol. Ni siquiera levantó la vista.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin apartar la mirada de la pantalla.

—He estado con Carmen —respondí.

—¿Y quién va a hacer la comida? —dijo él, como si fuera lo más natural del mundo.

Sentí una rabia sorda subir por mi garganta.—Hoy no voy a cocinar —dije despacio, casi sin reconocer mi propia voz.

Luis se giró por fin.—¿Cómo que no vas a cocinar?

—Estoy cansada. Hoy os toca a vosotros —contesté, temblando por dentro pero firme por fuera.

El silencio cayó como una losa sobre el salón. Marta apareció en el umbral.—¿Qué pasa?

—Nada —dije—. Si tenéis hambre, podéis prepararos algo vosotros mismos.

Luis bufó.—Esto es el colmo…

Me fui a mi habitación y cerré la puerta con llave. Me senté en la cama y sentí una mezcla extraña de miedo y alivio. Por primera vez en años había dicho «no».

Esa tarde nadie llamó a mi puerta. Oí ruidos en la cocina: platos que chocaban, voces bajas discutiendo sobre cómo hacer una tortilla. Me tapé con la manta y lloré en silencio, no solo por mí sino por todas las mujeres que conocía: mi madre, que nunca se permitió descansar; mi vecina Pilar, siempre corriendo detrás de sus nietos; mi compañera del colegio Teresa, que dejó su trabajo para cuidar a su suegra enferma.

Al día siguiente, cuando bajé a desayunar, encontré la cocina hecha un desastre pero con olor a tortilla recién hecha. Marta estaba fregando los platos y Sergio cortaba pan.

—¿Quieres un poco? —me preguntó Marta sin mirarme.

Asentí y me senté a la mesa. Luis entró después, serio pero callado. Nadie dijo nada durante un rato. El silencio era incómodo pero también nuevo: un espacio donde cabía algo distinto.

Esa semana empecé a buscar cursos de literatura online. Me apunté a uno sobre poesía española contemporánea. Cada tarde dedicaba una hora solo para mí: leía poemas de Gloria Fuertes y Antonio Machado mientras el sol caía sobre los tejados del barrio.

Luis empezó a llegar más tarde del trabajo y hablaba menos conmigo. Una noche discutimos fuerte:

—No entiendo este cambio tuyo —me dijo—. Antes todo funcionaba bien.

—Funcionaba para ti —le respondí—. Yo estaba desapareciendo.

Luis se quedó callado mucho rato.—¿Y ahora qué quieres hacer?

—Quiero volver a ser yo —le dije—. Quiero que todos pongamos algo de nuestra parte en esta casa.

No fue fácil. Hubo días peores: gritos, portazos, silencios eternos. Pero poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Marta empezó a ayudar más en casa; Sergio aprendió a cocinar arroz; Luis… bueno, Luis tardó más en entenderlo pero al final aceptó que yo también tenía derecho a vivir mi vida.

Un domingo por la tarde salimos todos juntos al Retiro. Caminamos entre los árboles y por primera vez en mucho tiempo sentí que respiraba aire limpio por dentro y por fuera.

A veces me pregunto cuántas mujeres siguen viviendo así en España: apagadas poco a poco entre las paredes de su propia casa, olvidando quiénes son para cuidar siempre de los demás. ¿Cuándo es suficiente? ¿Cuándo empezamos a decir «yo también importo»?