Herbatka de los martes: Un teléfono contra el silencio
—¿Para qué me levanto hoy? —me pregunté, mirando el ventilador que giraba lento en el techo, como si también estuviera cansado de dar vueltas. El sol de enero entraba a chorros por la ventana, pero mi casa seguía fría, vacía. Me llamo Jerónimo, tengo setenta años y vivo solo en un barrio de las afueras de Rosario. Mi vida… bueno, es silenciosa. Demasiado.
El silencio no siempre grita. A veces duele tanto que retumba en los huesos. Los vecinos son amables, pero es ese saludo rápido desde la verdulería o un gesto desde la reja. Nada más. Uno se va achicando con los años, como una camisa vieja que ya no te queda. Y el mundo se vuelve frío. No solo afuera, sino adentro.
Una tarde, mientras miraba por la ventana, vi a doña Estela, la vecina de enfrente, luchando con sus bolsas y su andador. El asfalto ardía y ella, con las mejillas rojas, apenas podía avanzar. Salí en ojotas y le ayudé a entrar a su casa. Adentro olía a humedad y a esa tristeza espesa que dejan los años vividos en soledad.
—Don Jerónimo —me dijo bajito, acomodando las latas en la alacena—, a veces uno ya no sabe para qué se levanta. El médico me dice que no esté tan sola, pero… ¿quién va a llamar a una vieja como yo?
No supe qué contestar. Porque sentía lo mismo.
Esa noche no dormí bien. El ventilador seguía girando y yo pensaba en Estela, en mí, en todos los que nos vamos apagando sin hacer ruido. Al martes siguiente, miré el reloj: eran las tres en punto. Agarré el teléfono y marqué su número.
—¿Estela? Soy Jerónimo. ¿Te parece si tomamos un té… por teléfono?
Hubo un silencio largo. Después, una voz temblorosa:
—¿Un té… conmigo?
Charlamos veinte minutos. De su gato Pancho, de mis tomates que nunca crecen bien en la huerta, de que en la radio otra vez pusieron “Zamba para olvidar”. Cosas simples. Pero en su voz sentí algo distinto… como si después de un invierno largo hubiera llegado la primavera.
Así nació nuestra tradición: cada martes a las tres, “La herbatka telefónica”. Hasta le puse nombre, medio en broma.
Un mes después, Estela me contó:
—Hoy salí sola hasta el buzón. Y después… llamé a Marta. No hablábamos desde el velorio de su marido. Le conté de nuestro té y le pregunté: “¿Querés sumarte?”
Marta se sumó.
Y después Marta llamó a Don Ernesto del edificio de al lado. Se había quedado sin trabajo y no salía ni al almacén.
Ernesto llamó a Doña Rosa de la parroquia. Llevaba meses sin ver a nadie.
Así, sin carteles ni anuncios, nuestra red fue creciendo. Cada martes éramos más.
Hasta que un martes Estela no contestó. Tres timbrazos. Cinco. Diez. Algo me apretó el pecho. Crucé corriendo la calle; la puerta estaba entornada. Adentro hacía frío y ella… estaba tirada en el piso junto al teléfono. La mano estirada hacia el aparato. Apenas susurró:
—Jerónimo… hoy ya no podía más. Pero pensé: “Jerónimo va a llamar a las tres. Va a preguntar por qué no atiendo.” Y eso me frenó.
En el hospital, su hija repetía como un rezo:
—No sabíamos… No imaginábamos que estaba tan mal…
Cuando volvió a casa, Estela era otra. Más frágil por fuera, pero con una mirada nueva.
—Jerónimo —me dijo—, no podemos dejar que otros se hundan como yo casi me hundo. Hay que empezar una cadena.
Y así fue como nació “La herbatka de los martes”. Ahora somos más de trescientos en tres ciudades: Rosario, Santa Fe y Paraná. La biblioteca del centro presta una sala para quienes no tienen privacidad en casa; Radio Rosario pone música suave a las tres y lee los nombres de quienes esperan una llamada.
Yo sigo sentado junto al teléfono con mi taza de té de frutilla y menta. Y sé que alguien espera mi voz.
No hace falta tener un gran plan ni fundar una ONG para cambiar algo. Basta un llamado. Un martes cualquiera. Un “Estoy acá, te veo”.
Porque la soledad no es solo falta de compañía: es ir desapareciendo de a poco.
La esperanza… la esperanza es como el té: sabe mejor cuando se comparte.
¿Y vos? ¿Hay alguien a quien hace mucho no llamás? ¿Una abuela, un vecino, un amigo del trabajo que se jubiló y nunca más viste?
No esperes hasta el martes.
Llamalo hoy.
Decile: “¿Tenés un rato para tomar un té?”