El precio de una fiesta: La historia de Débora y el quiebre familiar
—¿De verdad, mamá? ¿Todo ese dinero… en una fiesta? —La voz de Emiliano retumbó en la sala, mezclando incredulidad y rabia. Sentí cómo mi corazón se encogía, pero me mantuve firme, sentada en la cabecera de la mesa, con las manos temblorosas sobre el mantel floreado que tanto cuidaba.
No era la primera vez que discutíamos por dinero, pero esta vez era distinto. Esta vez, era mi sueño el que estaba en juego. Había pasado los últimos quince años trabajando como secretaria en una clínica de barrio en Medellín, ahorrando cada billete que podía, imaginando el día en que pudiera celebrar mis 60 años como siempre quise: con música, comida, y toda la familia reunida. No pedía lujos, sólo alegría y un poco de reconocimiento por todo lo que había dado.
Pero Emiliano y su esposa, Valeria, tenían otros planes para mis ahorros. Desde hacía meses me hablaban de cambiar su viejo Renault 9 por un carro más grande para llevar a los niños al colegio. Yo los escuchaba, claro que sí, pero nunca prometí nada. ¿Acaso no tenía derecho a pensar en mí por una vez?
—Mamá, ¿no te das cuenta de que el carro es una necesidad? —insistió Valeria, cruzando los brazos y lanzándome esa mirada que siempre me hacía sentir pequeña—. Nosotros no tenemos cómo movernos con los niños y tú… tú gastas todo en una noche.
Me mordí los labios para no llorar. Recordé cuando Emiliano era pequeño y yo vendía empanadas en la esquina para pagarle los útiles del colegio. Recordé las noches sin dormir cuando se enfermaba y yo rezaba para que no fuera nada grave porque no tenía seguro. Todo lo hice sola, sin ayuda de nadie. ¿Por qué ahora me juzgaban?
—No es sólo una noche —dije al fin, con la voz quebrada—. Es mi vida entera celebrada en una noche. ¿Tan difícil es entenderlo?
El silencio cayó como un telón pesado. Mi nieta Luciana jugaba en el suelo ajena al drama de los adultos, mientras mi nieto Tomás me miraba con ojos grandes y tristes. Sentí una punzada de culpa.
La fiesta fue hermosa. Contraté un grupo vallenato, cociné mi mejor sancocho y bailé hasta que me dolieron los pies. Vinieron mis hermanas desde Cali, mis vecinos del barrio y hasta Doña Rosa, la señora que me ayudó cuando recién llegué a Medellín después de separarme de mi esposo. Pero Emiliano y Valeria apenas estuvieron una hora. Llegaron tarde y se fueron temprano, con excusas frías y miradas esquivas.
Después de la fiesta, el distanciamiento fue inevitable. Emiliano dejó de llamarme todos los días como antes. Valeria ya no me invitaba a almorzar los domingos. Los niños venían menos seguido. El vacío en mi casa era tan grande como el hueco que sentía en el pecho.
Una tarde lluviosa de agosto, Emiliano apareció sin avisar. Tenía ojeras profundas y el ceño fruncido.
—Mamá —dijo sin mirarme—, perdón si fui duro contigo. Es que… estamos ahogados con las cuentas y pensé que podrías ayudarnos.
Me acerqué despacio y le tomé la mano. Sentí su piel áspera, tan diferente a la del niño que alguna vez fue.
—Hijo, yo también necesitaba algo para mí —susurré—. Toda la vida he dado, pero esta vez quise darme un gusto. No sé si estuvo bien o mal… sólo sé que lo necesitaba.
Él suspiró y se quedó callado largo rato. Afuera seguía lloviendo y el sonido del agua golpeando el techo nos envolvía en una burbuja triste.
—Valeria está molesta —dijo al fin—. Dice que no piensas en nosotros.
—Siempre pienso en ustedes —respondí—. Pero también tengo derecho a pensar en mí.
Esa noche Emiliano se fue sin abrazarme. Me quedé sola en la sala, mirando las fotos de la fiesta pegadas en la pared: yo sonriendo con mis hermanas, bailando con mis nietos, soplando las velas con lágrimas en los ojos. ¿Había valido la pena?
Pasaron semanas sin noticias. El teléfono sonaba menos cada día. Mis amigas del barrio me decían que no me preocupara, que los hijos siempre vuelven, pero yo sentía que algo se había roto para siempre.
Un sábado cualquiera, Luciana tocó a mi puerta con su mochila escolar.
—Abuela, ¿puedo quedarme contigo hoy? —preguntó tímida.
La abracé fuerte y le preparé chocolate caliente con arepas. Jugamos a las cartas y le conté historias de cuando su papá era niño. Por un momento sentí que todo estaba bien otra vez.
Esa noche, mientras Luciana dormía abrazada a su peluche favorito, lloré en silencio. Lloré por mi hijo, por Valeria, por mí misma. Lloré porque entendí que a veces las decisiones más pequeñas pueden cambiarlo todo.
La vida siguió su curso. Aprendí a vivir con menos visitas y más recuerdos. A veces Emiliano me llamaba para preguntarme cómo estaba o para contarme alguna travesura de Tomás. Nunca volvimos a hablar del dinero ni de la fiesta.
Hoy, mirando atrás, no sé si hice lo correcto. Quizás debí pensar más en ellos o tal vez era justo pensar en mí después de tantos años sacrificando todo por mi familia.
¿Ustedes qué harían? ¿Es egoísmo elegir nuestra felicidad cuando toda la vida hemos vivido para otros? ¿O es justo darnos un respiro aunque eso signifique decepcionar a quienes amamos?