Susurros en la Cocina: La Traición Silenciosa de Victoria y Jeremías
—¿Por qué tienes que venir siempre, Victoria? —le pregunté, tratando de mantener la voz firme mientras el aroma del café recién hecho llenaba la cocina.
Victoria me miró con esa sonrisa suya, tan dulce como falsa. —Sólo vine a dejarle unas cosas a tu suegra, nada más, Mariana.
Pero yo sabía que no era cierto. Desde que me casé con Jeremías, mi suegra, doña Carmen, nunca ocultó su preferencia por Victoria. «Ella sí sabe cómo cuidar a un hombre», solía decirme cuando creía que no la escuchaba. Al principio, pensé que era sólo una de esas cosas que dicen las suegras para fastidiar. Pero con el tiempo, los susurros entre Victoria y Jeremías se hicieron más frecuentes, las miradas más largas, y mi corazón empezó a llenarse de dudas.
Esa tarde lluviosa en nuestro departamento de la colonia Narvarte, escuché risas apagadas en la sala. Me asomé desde la cocina y los vi: Jeremías y Victoria sentados muy juntos en el sofá, compartiendo un secreto que no era mío. Sentí un nudo en el estómago. ¿Desde cuándo mi casa se había convertido en un escenario para sus confidencias?
—¿De qué se ríen? —pregunté, fingiendo indiferencia.
Jeremías me miró rápido, como si lo hubiera sorprendido robando algo. —Nada, amor. Victoria me estaba contando una anécdota del trabajo.
Victoria asintió, pero sus ojos evitaban los míos. Me sentí invisible en mi propio hogar.
Esa noche, mientras Jeremías dormía a mi lado, yo no podía dejar de pensar en todo lo que había pasado desde que nos casamos. Mi suegra nunca me aceptó del todo. «Eres demasiado sencilla para mi hijo», me dijo una vez durante una comida familiar. Yo venía de una familia humilde de Veracruz; ellos eran de la capital, acostumbrados a cenas elegantes y conversaciones llenas de doble sentido.
Al principio, Jeremías me defendía. «No les hagas caso, Mariana. Yo te amo a ti». Pero con el tiempo, su apoyo se volvió más tibio. Empezó a llegar tarde del trabajo, a contestar mis mensajes con monosílabos. Y Victoria seguía viniendo, siempre con una excusa nueva: que si traía pan dulce para el café, que si venía a ver a doña Carmen porque estaba enferma, que si necesitaba hablar con Jeremías sobre un proyecto.
Una tarde, mientras limpiaba la habitación de invitados, encontré una bufanda roja en el armario. No era mía. Tampoco era de doña Carmen. La reconocí al instante: era de Victoria. El olor a su perfume barato todavía impregnaba la tela. Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo.
Esa noche enfrenté a Jeremías:
—¿Por qué está la bufanda de Victoria en nuestra casa?
Él se quedó callado unos segundos demasiado largos.
—Se le olvidó el otro día… No es lo que piensas.
Pero ya no podía creerle. Empecé a notar pequeños detalles: mensajes borrados en su celular, llamadas perdidas de «Vicky», conversaciones en voz baja cuando pensaban que yo no estaba cerca.
Un domingo por la tarde, después de comer mole con arroz —el platillo favorito de Jeremías—, mi suegra soltó una bomba frente a toda la familia:
—Ay, Victoria, deberías venir más seguido. Esta casa necesita una mujer como tú.
Todos rieron menos yo. Sentí cómo se me quebraba algo por dentro. Miré a Jeremías buscando apoyo, pero él sólo bajó la mirada.
Esa noche lloré en silencio en el baño. Me pregunté si alguna vez sería suficiente para esa familia. Si alguna vez Jeremías volvería a mirarme como antes.
Pasaron los días y la tensión creció. Un jueves cualquiera, mientras regresaba del mercado con las bolsas llenas de jitomates y tortillas recién hechas, vi a Victoria salir del edificio. Llevaba puesta la bufanda roja y sonreía al celular.
No pude más. Subí corriendo las escaleras y encontré a Jeremías sentado en la sala, mirando al vacío.
—¿Por qué lo haces? —le pregunté con la voz rota—. ¿Por qué permites que ella venga aquí como si nada?
Él suspiró y por fin me miró a los ojos:
—No sé cómo detenerla… Mi mamá insiste en que venga y yo… no quiero problemas con ella ni contigo.
—¿Y conmigo sí puedes tener problemas? ¿Conmigo sí puedes ser cobarde?
Jeremías no respondió. Me sentí sola como nunca antes.
Esa noche dormí en el sofá. Al día siguiente, doña Carmen vino temprano y me encontró llorando en la cocina.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó sin compasión.
—Nada —respondí—. Sólo estoy cansada.
Ella se acercó y bajó la voz:
—Si no puedes mantener feliz a mi hijo, tal vez deberías dejarlo ir.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. ¿Eso querían? ¿Que me fuera para dejarle el camino libre a Victoria?
Decidí hablar con Victoria directamente. La cité en una cafetería cerca del metro Etiopía.
—¿Por qué insistes en venir a mi casa? —le pregunté sin rodeos.
Victoria jugó con su taza antes de responder:
—No es por Jeremías… Es por tu suegra. Ella me llama cada vez que tú no estás o cuando necesita algo. Yo sólo quiero ayudarla porque fue como una madre para mí cuando llegué a la ciudad.
—¿Y los mensajes? ¿Las risas? ¿Las miradas?
Victoria suspiró:
—No te voy a mentir… Antes pensé que Jeremías y yo podríamos tener algo. Pero él te eligió a ti. Yo sólo quiero ser parte de esta familia… aunque sé que tú nunca me vas a aceptar.
Salí de esa cafetería más confundida que nunca. ¿Era realmente Victoria el problema? ¿O era mi suegra quien movía los hilos para separarnos?
Esa noche hablé con Jeremías por última vez sobre el tema:
—O pones límites o esto se acaba —le dije con lágrimas en los ojos.
Él asintió y prometió hablar con su madre y con Victoria. Pero nada cambió realmente. Las visitas continuaron, las miradas siguieron siendo las mismas y yo sentí cómo mi amor se iba apagando poco a poco.
Un día empaqué mis cosas y regresé a Veracruz con mi familia. Dejé una carta para Jeremías:
«Te amé con todo mi corazón, pero no puedo competir con fantasmas ni expectativas ajenas. Espero que algún día entiendas lo que perdiste».
Ahora escribo estas líneas desde la casa de mi abuela, rodeada del olor a café de olla y pan dulce recién horneado. Me pregunto si alguna vez podré confiar de nuevo o si el amor siempre será una batalla contra los deseos de otros.
¿Ustedes qué harían? ¿Lucharían hasta el final o sabrían cuándo soltar? ¿El amor puede sobrevivir cuando la familia se convierte en tu peor enemigo?