Semillas de viento, cosecha de tormenta: Confesiones de una traición
—¿Por qué tienes miedo de mirarme a los ojos, Lucía? —le pregunté aquella noche, con la voz rota y la copa de vino temblando en mi mano.
Ella no respondió. El silencio se hizo tan espeso en el salón que podía oír el tictac del reloj de la pared, ese que colgamos juntos el día que nos mudamos a este piso en Chamberí. El mismo reloj que ahora marcaba el tiempo muerto de nuestro matrimonio.
No sé en qué momento exacto empezó a desmoronarse todo. Quizá fue después de la boda, cuando la rutina se coló entre nosotros como una sombra. O tal vez fue antes, cuando ambos fingíamos que las diferencias eran solo matices y no abismos. Lo cierto es que, tras siete años juntos, ya no éramos los mismos. Yo, Álvaro, un hombre criado en una familia tradicional de Salamanca, siempre creí que el amor era suficiente. Pero el amor no basta cuando las palabras se convierten en cuchillos y los silencios en muros.
Recuerdo los primeros años con Lucía: las noches de risas en Malasaña, los viajes improvisados al norte, las promesas susurradas bajo las sábanas. Pero también recuerdo cómo, poco a poco, empezaron los reproches. «Nunca haces nada bien», «si no fuera por mí, ¿quién te aguantaría?», «deberías agradecer que te elegí». Al principio me reía, pensando que era su forma de bromear. Pero las bromas se volvieron costumbre y la costumbre, herida.
—¿Te acuerdas de cuando íbamos a la playa en Cádiz y decías que yo era tu sol? —le pregunté una vez, buscando un resquicio de ternura.
—Eso fue hace mucho —respondió ella, sin mirarme.
La distancia creció. Yo intentaba compensar con detalles: flores los viernes, cenas improvisadas, escapadas de fin de semana. Pero nada era suficiente. Lucía siempre encontraba un motivo para recordarme mis defectos. «Eres demasiado blando», «no tienes ambición», «te conformas con poco». Y yo, que nunca fui un hombre infiel ni dado a aventuras, empecé a sentirme invisible.
En el trabajo, mis compañeras me miraban con otros ojos. Marta, la nueva del departamento de marketing, me sonreía cada mañana. Un día me invitó a tomar un café después del trabajo. Dudé. No quería traicionar a Lucía, pero necesitaba sentirme visto, deseado, valorado. Acepté el café, pero no fui más allá. Sin embargo, algo dentro de mí cambió: por primera vez en años sentí que podía gustar a alguien más.
Lucía empezó a sospechar. Me revisaba el móvil, me preguntaba con quién hablaba por WhatsApp, se enfadaba si llegaba tarde. Yo intentaba explicarle que no había nada, pero ella no escuchaba. Un día me gritó delante de sus padres: «¡Si no fuera por mí, estarías solo y amargado!». Sentí vergüenza y rabia. Esa noche dormí en el sofá.
El verdadero golpe llegó meses después. Una madrugada me desperté sediento y fui a la cocina por agua. Al pasar por el despacho vi luz bajo la puerta. Abrí despacio y encontré a Lucía llorando frente al ordenador. En la pantalla había un chat abierto con alguien llamado Sergio. Leí frases como «no puedo dejar de pensar en ti» y «ojalá estuvieras aquí».
—¿Quién es Sergio? —pregunté con un hilo de voz.
Lucía se quedó helada. Cerró el portátil de golpe y me miró con los ojos llenos de miedo y culpa.
—No es lo que piensas…
Pero sí lo era. Lo supe por su mirada esquiva y sus manos temblorosas. Me sentí traicionado, humillado, devastado. Todo lo que había soportado durante años —los desprecios, los reproches— se convirtió en una herida abierta.
Durante días no hablamos del tema. Ella iba al trabajo como si nada; yo apenas comía ni dormía. Mi madre me llamaba desde Salamanca preocupada: «¿Estás bien, hijo? Te noto raro». No podía contarle la verdad; en mi familia esas cosas no se dicen.
Finalmente Lucía confesó: «Fue solo un desliz emocional. Nunca pasó nada físico».
No sé si era cierto o si solo intentaba salvar lo poco que quedaba entre nosotros. Le pedí que dejara su trabajo —Sergio era su compañero— pero se negó.
—No voy a cambiar mi vida por un error —dijo desafiante.
Eso me mató aún más. Si realmente quería salvar nuestro matrimonio, ¿por qué no cortaba de raíz con aquello? Empecé a obsesionarme: revisaba sus redes sociales, buscaba pistas en sus mensajes, analizaba cada gesto suyo al llegar a casa.
La tensión se volvió insoportable. Empezamos a discutir por todo: la compra del supermercado, el dinero, las visitas a sus padres en Pozuelo. Ella me acusaba de controlarla; yo le reprochaba su frialdad y su falta de compromiso para reparar lo nuestro.
Una noche salí solo a tomar algo con unos amigos del instituto. Allí estaba Laura, mi exnovia de la universidad. Hablamos durante horas sobre los viejos tiempos y sobre cómo la vida nos había cambiado. Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo. Cuando Laura me besó al despedirse, no la rechacé.
Esa fue mi primera infidelidad real. No fue por amor ni por deseo; fue por venganza, por dolor, por sentirme vivo otra vez.
A partir de ahí todo se precipitó: Lucía y yo nos convertimos en enemigos bajo el mismo techo. Ella empezó a chantajearme con el sexo: «Si sigues así, olvídate de mí». Yo respondía con indiferencia o sarcasmo: «No te preocupes, ya busco fuera lo que aquí no encuentro».
Las peleas eran diarias; los vecinos debían escucharnos desde el patio interior. Una tarde llegó mi suegra sin avisar y nos encontró gritándonos en la cocina:
—¡Esto no puede seguir así! —dijo ella— ¿Por qué no os separáis si tanto os odiáis?
Pero ninguno daba el paso definitivo. Había miedo al qué dirán, al fracaso ante nuestras familias y amigos. En España aún pesa mucho la opinión ajena; divorciarse sigue siendo motivo de cuchicheos en las comidas familiares.
Intentamos terapia de pareja durante unos meses. La psicóloga nos preguntó qué queríamos realmente:
—¿Queréis salvar vuestro matrimonio o solo evitar estar solos?
No supe qué responder. Lucía tampoco.
El tiempo pasó y las heridas se infectaron. Yo tuve otras aventuras esporádicas; ella seguía hablando con Sergio aunque juraba que era solo amistad. Nos convertimos en expertos en fingir normalidad ante los demás: cenas con amigos donde reíamos como si nada pasara; fotos juntos en Instagram para mantener las apariencias.
Pero por dentro estábamos rotos.
Un día encontré una carta de Lucía en mi mesilla:
«Álvaro,
No sé cuándo dejamos de querernos ni cuándo empezamos a hacernos daño así. Solo sé que ya no puedo más. Me voy unos días a casa de mis padres para pensar. No me busques».
Sentí alivio y tristeza al mismo tiempo. Llamé a mi hermano Pablo para desahogarme:
—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó él.
—No lo sé —respondí—. Solo sé que estoy cansado de luchar contra molinos de viento.
Han pasado tres meses desde entonces. Lucía no ha vuelto y yo sigo aquí, solo en este piso lleno de recuerdos amargos y promesas rotas.
A veces pienso si todo esto podría haberse evitado si hubiéramos sabido escucharnos antes; si ella hubiera dejado ese trabajo o yo hubiera tenido más valor para poner límites; si el orgullo no hubiera sido más fuerte que el amor.
¿De verdad somos tan distintos hombres y mujeres? ¿O simplemente nos falta valor para reconocer nuestros errores antes de sembrar vientos y cosechar tormentas?