El secreto bajo la lluvia: una despedida en Castilla

—¡Por favor, abrid el ataúd!—grité entre sollozos, mientras la lluvia repiqueteaba sobre el tejado y el olor a tierra mojada se mezclaba con el incienso del velorio. Nadie se atrevía a mirarme a los ojos. Mi hijo, Álvaro, estaba sentado en una esquina, con la mirada perdida y los puños apretados. Yo, Carmen, su madre y suegra de Lucía, sentía que el mundo se me desmoronaba.

La muerte de Lucía fue un golpe brutal. Tenía solo veintisiete años y una sonrisa que iluminaba hasta los días más grises de nuestro pueblo en Castilla. Murió durante el parto de su primer hijo, un niño que tampoco sobrevivió. El médico, don Fermín, salió de la habitación con la cara desencajada y apenas pudo balbucear: “Lo siento… no he podido hacer nada”.

Desde entonces, la casa se llenó de un silencio espeso. Las vecinas vinieron a ayudarme a preparar el cuerpo, a vestirla con su mejor vestido blanco y a peinarle el cabello como a ella le gustaba. Pero algo en su rostro me inquietaba: parecía que no descansaba en paz. No quise decir nada para no preocupar a Álvaro, que ya bastante tenía con su dolor.

El día del velorio, la lluvia no dio tregua. Los hombres del pueblo, entre ellos mi cuñado Tomás y el vecino Julián, se ofrecieron para llevar el ataúd al cementerio. Pero cuando intentaron levantarlo, no pudieron moverlo ni un centímetro. Ocho hombres fuertes, sudando y jadeando bajo la lluvia, incapaces de alzar aquel ataúd amarillo. Las mujeres empezaron a persignarse y a murmurar oraciones.

—Esto no es normal—susurró mi hermana Rosario—. Carmen, ¿seguro que todo está bien?

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Me acerqué al ataúd y apoyé la mano sobre la madera fría. “Lucía, hija mía, ¿qué te retiene aquí?”, pensé. Fue entonces cuando sentí una vibración extraña bajo mis dedos, como si algo se moviera dentro.

—¡Por favor, abridlo!—repetí con voz temblorosa.

Don Fermín intentó calmarme:

—Carmen, no es apropiado…

—¡No me importa!—le interrumpí—. ¡Quiero ver a mi nuera!

Finalmente, Julián y Tomás accedieron. Con manos temblorosas quitaron los clavos del ataúd mientras todos contenían la respiración. Cuando levantaron la tapa, un grito ahogado recorrió el patio.

Lucía no estaba sola. Entre sus brazos apretaba algo envuelto en una manta azul: era el cuerpo del bebé… pero sus ojos estaban abiertos y fijos en nosotros. Nadie se atrevía a moverse. El pequeño tenía una expresión serena, pero lo más aterrador era que Lucía también tenía los ojos abiertos y una lágrima seca surcaba su mejilla.

El silencio se rompió con los sollozos de Álvaro:

—¡No puede ser! ¡Dijeron que estaban muertos!

Don Fermín se acercó temblando y revisó los cuerpos. Murmuró algo sobre “catalepsia” y “muerte aparente”, pero nadie le escuchaba ya. Las vecinas comenzaron a rezar en voz alta y algunos hombres salieron corriendo bajo la lluvia.

Me arrodillé junto al ataúd y tomé la mano de Lucía. Estaba fría como el mármol, pero sentí una paz extraña al tocarla. Miré a mi alrededor: todos estaban paralizados por el miedo y la incredulidad.

Esa noche nadie durmió en casa. Álvaro se encerró en su habitación y yo me quedé sentada junto al ataúd abierto, velando a mi nuera y al niño que nunca conocería. Pensé en todo lo que habíamos perdido: las risas de Lucía en la cocina, los planes para el futuro, la ilusión de un nieto…

Al amanecer, decidimos enterrarlos juntos en el cementerio del pueblo. La lluvia seguía cayendo, como si el cielo llorara con nosotros. Durante el entierro, noté que algunos vecinos evitaban mirarme; otros murmuraban sobre “maldiciones” y “cosas que no deben tocarse”.

Pasaron los días y la casa quedó vacía de voces pero llena de recuerdos. Álvaro apenas salía de su cuarto; yo me aferraba a las tareas diarias para no volverme loca de dolor. Una tarde encontré una carta escondida entre las cosas de Lucía. Era para mí:

“Querida Carmen,
Si lees esto es porque ya no estoy contigo. Quiero que sepas que te agradezco todo lo que has hecho por mí desde que llegué a esta familia. Sé que no siempre fue fácil… pero te quiero como a una madre. Cuida de Álvaro por mí y dile que siempre estaré con él.
Con amor,
Lucía”

Lloré como nunca antes lo había hecho. Me di cuenta de que había juzgado demasiado a Lucía al principio por ser “forastera”, por venir de otra provincia y tener ideas distintas sobre la vida. Ahora solo me quedaba su recuerdo y el peso de no haberle dicho nunca cuánto la quería realmente.

El pueblo nunca volvió a ser igual después de aquel velorio extraño. Algunos decían que era un castigo divino; otros preferían no hablar del tema. Yo sigo visitando su tumba cada semana, llevando flores frescas aunque sé que nadie más lo hace.

A veces me pregunto si podré perdonarme algún día por no haber hecho más por Lucía… ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de decir lo que sentimos hasta que es demasiado tarde? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez ese peso en el corazón?