Entre el zumbido del refrigerador y el eco de la traición
—No es una traición. Es algo verdadero, algo que contigo nunca tuve.
Las palabras de Julián rebotaron en la cocina, entre el zumbido del refrigerador y el goteo del grifo. Yo estaba ahí, con el café aún caliente en las manos, mirando el vapor que se escapaba como si pudiera aferrarme a él y desaparecer. Por un instante, no entendí. ¿De qué hablaba? ¿Por qué su voz sonaba tan tranquila, como si estuviera comentando sobre la lluvia o el precio del pan?
—¿Cómo dices? —pregunté, sintiendo que la taza temblaba entre mis dedos.
Él no me miró. Se quedó parado entre el fregadero y la nevera, con los brazos cruzados, los ojos clavados en el suelo de cerámica que yo misma había elegido cuando nos mudamos a esta casa en las afueras de Medellín. Pensé en los años que llevábamos juntos, en las noches de desvelo por los niños, en las peleas por dinero, en los silencios que se hacían cada vez más largos.
—No quiero seguir mintiendo —dijo Julián, casi en un susurro—. Con ella siento algo que nunca sentí contigo.
Sentí que el aire se volvía espeso, que me ahogaba. ¿Quién era ella? ¿Desde cuándo? ¿Por qué ahora? Quise gritarle, arrojarle la taza, pero solo pude quedarme ahí, petrificada, mientras mi mundo se desmoronaba en medio de la cocina.
—¿Y los niños? —logré decir al fin, mi voz quebrada—. ¿Pensaste en ellos?
Julián levantó la mirada y por primera vez vi culpa en sus ojos. Pero también vi algo más: alivio. Como si al decirlo se hubiera quitado un peso de encima.
—Lo siento, Mariana. No quería hacerte daño. Pero no puedo seguir viviendo una mentira.
Me senté en la silla junto a la mesa, esa mesa donde tantas veces habíamos compartido arepas y café con leche, donde celebramos cumpleaños y lloramos juntos por la muerte de mi mamá. Ahora todo eso parecía tan lejano, tan ajeno.
Los días siguientes fueron una niebla espesa. Los niños —Camila y Tomás— notaron el cambio enseguida. Camila, con sus nueve años, me miraba con esos ojos grandes y oscuros llenos de preguntas que no podía responder. Tomás, apenas de seis, solo quería dormir conmigo todas las noches.
Mi hermana Lucía vino a verme apenas se enteró. Llegó con una bolsa llena de pan de bono y una botella de aguardiente.
—Ese desgraciado no te merece —dijo mientras me abrazaba fuerte—. Pero tú eres fuerte, Mariana. Siempre lo has sido.
No me sentía fuerte. Me sentía vacía, como si Julián se hubiera llevado todo lo bueno que quedaba en mí. Pero tenía que seguir adelante por mis hijos.
Las semanas pasaron y Julián empezó a dormir fuera de casa. Decía que necesitaba tiempo para pensar, pero yo sabía que estaba con ella. Una tarde lo vi desde la ventana: llegó a recoger unas cosas y se fue sin despedirse. Me quedé mirando su espalda mientras se alejaba y sentí una mezcla de rabia y tristeza tan grande que tuve que sentarme para no caerme.
La familia empezó a hablar. Mi tía Rosa decía que debía perdonarlo por los niños; mi papá guardaba silencio pero su mirada era dura como el cemento. En el barrio todos sabían ya lo que pasaba; las vecinas me miraban con lástima cuando iba a la tienda.
Una noche, después de acostar a los niños, me senté sola en la sala y lloré como no lo hacía desde niña. Pensé en mi mamá y en cómo ella siempre decía que las mujeres tenemos que ser fuertes porque nadie más lo será por nosotras.
Al día siguiente fui a buscar trabajo. Había dejado mi carrera de contadora cuando nació Camila porque Julián decía que era mejor para los niños tenerme en casa. Ahora necesitaba volver a empezar desde cero. En cada entrevista sentía que llevaba un letrero invisible: «Mujer abandonada».
Un día recibí un mensaje de Julián: quería hablar conmigo. Nos encontramos en un café del centro, lejos de todo el mundo conocido.
—Mariana —empezó él, nervioso—. Quiero pedirte perdón otra vez… Sé que te fallé.
Lo miré fijamente. Ya no era el hombre seguro de antes; ahora parecía pequeño, asustado.
—¿Por qué ella? —pregunté—. ¿Qué tiene que yo no tenga?
Julián bajó la cabeza.
—No lo sé… Con ella siento que puedo ser yo mismo. Contigo… siempre sentí que tenía que cumplir expectativas, ser el esposo perfecto… Me ahogaba.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Era culpa mía? ¿Había sido demasiado exigente? ¿O simplemente él nunca fue capaz de enfrentar sus propios miedos?
Salí del café sintiéndome más sola que nunca, pero también con una extraña sensación de alivio. Ya no tenía que fingir que todo estaba bien.
Con el tiempo empecé a reconstruirme. Conseguí un trabajo en una pequeña empresa contable; no era mucho, pero era mío. Los niños se adaptaron poco a poco; Camila empezó a hablar más conmigo y Tomás dejó de preguntar por su papá todas las noches.
Un día, mientras preparaba la cena, Camila se acercó y me abrazó por la espalda.
—Mami, ¿tú eres feliz?
Me quedé callada unos segundos antes de responderle.
—Estoy aprendiendo a serlo otra vez, hija.
Esa noche pensé mucho en lo que significa el amor verdadero. ¿Es sacrificio? ¿Es pasión? ¿O es simplemente aceptar al otro tal como es?
A veces Julián llama para preguntar por los niños. Su voz suena lejana, como si ya perteneciera a otra vida. Yo sigo adelante, paso a paso, aprendiendo a quererme otra vez.
Ahora entiendo que su traición no fue solo suya; fue también mía por haberme perdido en el camino, por haber dejado de escuchar mis propias necesidades y deseos.
La vida sigue y aunque duele, también hay esperanza en cada nuevo día.
¿Será posible volver a confiar después de una traición así? ¿O será que algunas heridas nunca terminan de sanar?