Cicatrices de familia: Escándalo en el pueblo bajo la sombra del cerro

—¡No vas a llevarte a Tomás! —grité, con la voz quebrada, mientras mi suegra, Doña Elvira, apretaba la mano de mi hijo como si fuera suya.

El sol caía a plomo sobre el patio de tierra, y el griterío de los vecinos se colaba por las ventanas abiertas. Mi marido, Julián, se quedó parado en medio del comedor, con los ojos clavados en el piso, como si buscara una grieta para desaparecer. Tomás, mi hijo de siete años, me miraba con los ojos llenos de lágrimas y miedo. Yo sentía que el corazón se me iba a salir del pecho.

—Mariana, no hagas escándalo —me dijo Elvira, con esa voz seca que usaba para dar órdenes en la casa desde antes que yo llegara a este pueblo perdido entre los campos de soja y los sauces del arroyo.

Pero yo ya no podía callar más. Llevaba años tragando palabras, aceptando miradas torcidas y consejos disfrazados de amenazas. Desde que me casé con Julián y me mudé a este pueblo bajo la sombra del cerro, sentí que nunca fui suficiente para la familia Gómez. Que mi acento porteño era una mancha, que mis costumbres eran una falta de respeto para las tradiciones del pueblo.

—¡Tomás es mi hijo! —repetí, temblando—. ¡No voy a dejar que lo lleves a tu casa cada vez que te da la gana!

Elvira soltó a Tomás y se cruzó de brazos. Su mirada era dura como el cemento. —Si tuvieras idea de cómo criar un hijo, no tendría que hacerlo yo —escupió.

Sentí que me ardía la cara. Recordé todas las veces que Elvira le dio a Tomás dulces escondidas cuando yo le prohibía el azúcar por su asma. Las veces que lo llevó al campo sin avisarme, dejándome horas sin saber dónde estaba mi hijo. Las veces que le susurró al oído: «Tu mamá no entiende nada de la vida acá».

Julián seguía callado. Yo lo miré suplicando apoyo, pero él solo murmuró: —No es para tanto, Mariana. Mamá solo quiere ayudar.

¿Ayudar? ¿Eso era ayudar? ¿Desautorizarme delante de mi propio hijo? ¿Hacerme sentir una extraña en mi casa? Sentí una rabia vieja, profunda, mezclada con miedo. Porque sabía que en este pueblo las familias se rompían en silencio, entre susurros y miradas esquivas en la iglesia o en la feria del domingo.

Esa noche no pude dormir. Escuchaba el crujido del techo de chapa y el ulular del viento entre los álamos. Julián roncaba a mi lado, ajeno a mi insomnio. Me levanté y fui al cuarto de Tomás. Lo vi dormido, abrazado a su peluche gastado. Me arrodillé junto a su cama y lloré en silencio.

Al día siguiente, todo el pueblo hablaba del escándalo en casa de los Gómez. En la panadería, las vecinas cuchicheaban detrás del mostrador:

—Dicen que Mariana le gritó a Elvira delante del nene…
—Pobre Julián, entre dos mujeres tan bravas…

Sentí las miradas clavadas en la espalda cuando fui a comprar pan. Nadie me saludó como antes. En el pueblo chico, cualquier conflicto es un incendio.

Esa tarde, Elvira vino a buscar a Tomás otra vez. Esta vez me planté en la puerta.

—No va a salir —le dije—. Hoy se queda conmigo.

Ella me miró con desprecio. —No te conviene pelearte conmigo, Mariana. Acá todos saben quién soy yo.

Me temblaron las piernas pero no retrocedí. —No me importa lo que diga el pueblo. Tomás es mi hijo y yo decido.

Esa noche Julián llegó tarde y furioso.

—¿Por qué tenés que hacer todo tan difícil? —me gritó—. Mamá solo quiere lo mejor para Tomás.

—¿Y yo? ¿Nadie piensa en lo que yo quiero? —le respondí—. ¿O solo sirvo para cocinar y limpiar?

Discutimos hasta la madrugada. Julián me acusó de ser egoísta, de no entender las costumbres del pueblo. Yo le grité que estaba cansada de ser invisible, de tener que pedir permiso para criar a mi propio hijo.

Los días siguientes fueron un infierno. Elvira dejó de hablarme pero seguía viniendo todos los días «a ver cómo estaba Tomás». Julián se encerraba en el galpón o se iba al bar con sus amigos. Yo sentía que me ahogaba en esa casa llena de fotos viejas y muebles heredados.

Una tarde escuché a Tomás llorar en el patio. Salí corriendo y lo encontré abrazado a Elvira.

—No quiero que peleen más por mí —sollozaba—. No quiero elegir entre vos y la abuela.

Se me partió el alma. Me arrodillé junto a él y lo abracé fuerte.

—Perdoname, hijo —le susurré—. No es tu culpa.

Esa noche tomé una decisión. Fui a buscar a Julián al galpón.

—No puedo más así —le dije—. O ponemos límites o esta familia se rompe.

Julián me miró largo rato, como si recién me viera por primera vez en años.

—¿Y si nos vamos? —me preguntó en voz baja—. A Rosario… o a cualquier lado donde podamos empezar de nuevo.

Sentí miedo y alivio al mismo tiempo. Dejar el pueblo era dejarlo todo: la casa, los recuerdos, incluso parte de nuestra identidad. Pero también era la única forma de salvarnos.

Esa noche hablamos con Tomás. Le explicamos que íbamos a mudarnos, que íbamos a estar juntos los tres, sin peleas ni gritos ni secretos.

Elvira vino al día siguiente, furiosa.

—¡Esto es culpa tuya! —me gritó—. ¡Te llevás a mi nieto!

Yo la miré con tristeza pero sin miedo.

—Solo quiero paz para mi familia —le dije—. Y vos nunca entendiste eso.

Nos fuimos una mañana fría de julio. Dejamos atrás el pueblo bajo la sombra del cerro, las calles polvorientas y las miradas juzgonas. Empezamos de nuevo en Rosario, lejos del control y los secretos.

A veces extraño el olor del campo después de la lluvia o el canto de los grillos en verano. Pero cuando veo a Tomás sonreír sin miedo y a Julián abrazarme sin vergüenza, sé que tomé la decisión correcta.

¿Fui demasiado dura? ¿O solo hice lo necesario para proteger a mi hijo? ¿Cuántas mujeres más viven atrapadas entre el deber y el amor propio? ¿Ustedes qué habrían hecho en mi lugar?