La noche en que eché a la tía Rosa de mi casa: ¿fui yo la mala?

—¿Así es como tienes la casa, Lucía? —La voz de la tía Rosa retumbó en el comedor, mientras dejaba caer su bolso sobre la mesa, sin importarle que acababa de limpiar.

No era una pregunta. Era un juicio. Y era apenas el primer minuto de su visita.

Mi esposo, Andrés, me miró con esa mezcla de súplica y resignación que sólo se ve en los hombres atrapados entre dos mujeres de su familia. Yo apreté los dientes y sonreí, porque así me enseñó mi mamá: a no hacer escándalo delante de los invitados, aunque el invitado fuera una tía que no veíamos hace más de diez años.

La tía Rosa había vivido en Caracas desde que yo era adolescente. Siempre fue la leyenda familiar: la que se fue a buscar fortuna, la que mandaba dólares en Navidad, la que hablaba de «la vida afuera» como si aquí todos fuéramos unos ignorantes. Cuando Andrés me dijo que venía a visitarnos por fin, después de tanto tiempo, sentí miedo y emoción. Quería agradarle, quería que viera que su sobrino había formado un hogar digno. Pero desde el primer momento, todo fue mal.

—¿Y esa cortina? ¿No tienes otra más bonita? —preguntó mientras recorría la sala con ojos críticos.

—Es la que tenemos, tía —respondí, tratando de sonar amable.

—En Venezuela las casas son más alegres. Aquí todo es tan apagado…

Andrés intentó cambiar de tema:

—¿Quieres un cafecito, tía?

—¿Café? Allá tomamos café de verdad, no esa agua negra que hacen aquí —respondió sin mirarlo siquiera.

Sentí cómo se me subía el calor a la cara. Pero aguanté. Por Andrés. Por respeto. Por no hacer un escándalo.

La tarde avanzó entre comentarios venenosos y comparaciones odiosas. Que si mi sazón no era como la de su mamá. Que si los niños estaban muy malcriados. Que si el barrio era peligroso. Que si mi acento era muy «de pueblo». Cada palabra era una espina.

En la cena, cuando sirvió el arroz con pollo que preparé con tanto esmero, la tía Rosa lo probó y frunció la boca:

—¿Esto es arroz con pollo? En Caracas lo hacen con más sabor…

Andrés me miró, suplicando paciencia. Pero yo ya no podía más.

—Tía, si no le gusta puede no comer —le dije, con voz temblorosa pero firme.

Ella me miró como si yo fuera una cucaracha.

—¡Qué falta de respeto! En mis tiempos las nueras sabían su lugar.

—En sus tiempos —le respondí—, las visitas también sabían respetar la casa ajena.

El silencio cayó como un hachazo. Los niños dejaron de jugar. Andrés se puso pálido.

La tía Rosa se levantó de la mesa y empezó a recoger sus cosas.

—No tengo por qué aguantar esto —dijo, mirando a Andrés—. Tu esposa no sabe tratar a la familia.

Andrés no dijo nada. Yo tampoco. La acompañé hasta la puerta y le abrí. Afuera llovía, pero no me importó.

—Buenas noches, tía —le dije—. Aquí no se insulta a mi familia ni a mi hogar.

Cerré la puerta y sentí un nudo en el pecho. Los niños vinieron a abrazarme. Andrés se quedó sentado en silencio largo rato.

Esa noche no dormimos. Andrés me preguntó si no había sido demasiado dura. Yo le pregunté si él habría soportado lo mismo en mi lugar. No supo qué responderme.

Al día siguiente, mi suegra llamó llorando. Que cómo podía echar a su hermana así, que qué iban a decir los vecinos, que ahora toda la familia estaba hablando mal de mí. Yo sólo pude decirle:

—Señora Marta, yo respeto a quien me respeta.

Los días pasaron y el chisme creció como pólvora en el barrio. Unos decían que yo era una grosera; otros decían que hice bien en poner límites. Mis amigas me apoyaron; mis cuñadas me dejaron de hablar.

Andrés estaba dividido entre su lealtad a mí y el peso de su familia. Lo veía triste, callado, como si hubiera perdido algo importante. Yo también sentía culpa: ¿y si fui demasiado impulsiva? ¿y si debí aguantarme por él?

Una tarde, mientras lavaba los platos y veía a mis hijos jugar en el patio bajo el sol del mediodía, sentí una mezcla de orgullo y tristeza. Orgullo por haber defendido mi casa; tristeza porque sabía que algo se había roto para siempre en la familia.

Esa noche, Andrés se acercó y me abrazó por detrás.

—¿Sabes? Quizás hiciste lo correcto —me susurró—. Nadie tiene derecho a humillarte en tu propia casa.

Lloré en silencio. No por la tía Rosa, sino por todo lo que implica ser mujer en esta tierra: aguantar, callar, sonreír aunque te duela… o romper el ciclo y arriesgarte a ser la mala del cuento.

Hoy todavía me pregunto: ¿fui yo la mala? ¿O simplemente puse un límite necesario? ¿Hasta dónde debemos soportar por mantener la paz familiar?

¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?