El testamento de la discordia: secretos, traiciones y un legado inesperado
—Señora Valenzuela, me alegra que haya decidido acompañarnos —dijo el notario Gustavo Herrera con esa voz grave y ceremoniosa que sólo usan los que tienen el poder de cambiar destinos con un papel. Yo permanecía de pie, los brazos cruzados, sintiendo las miradas de odio y desprecio de los tres sentados frente a mí: Tomás, mi exmarido; Lucía, su amante, y doña Carmen, su madre, la mujer que siempre me hizo sentir como una intrusa en su familia.
El despacho olía a madera vieja y a colonia barata. El reloj de pared marcaba las seis y cuarto. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con furia, como si el cielo quisiera advertirme de lo que estaba a punto de suceder.
—¿Podemos empezar ya? —bufó doña Carmen, apretando su bolso contra el regazo como si fuera un escudo.
Tomás ni siquiera me miró. Lucía, con esa sonrisa de superioridad que tanto detestaba, se acomodó en la silla y entrelazó sus dedos con los de él. Sentí una punzada en el estómago. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había pasado de ser la esposa feliz de un médico respetado en Salamanca a convertirme en la exmujer despreciada, luchando por lo poco que me quedaba?
Gustavo carraspeó y desplegó el testamento. —Como saben, don Ernesto Valenzuela dejó instrucciones muy claras sobre el reparto de sus bienes. Pero antes de leerlas, debo recordarles que están aquí en calidad de herederos y testigos. Les ruego respeto.
—Eso espero —susurró Lucía, sin apartar la mirada de mí.
Me mordí la lengua. No iba a darles el gusto de verme llorar.
El notario empezó a leer. Las palabras se sucedían como cuchillos: «A mi hijo Tomás Valenzuela dejo la casa familiar en la calle Toro y la cuenta bancaria número…». Sentí cómo Tomás se enderezaba en la silla, satisfecho. «A mi esposa Carmen García de Valenzuela le lego las joyas familiares y el apartamento en la playa de Sanlúcar…». Doña Carmen sonrió por primera vez en años.
Pero entonces Gustavo hizo una pausa. Me miró directamente a los ojos.
—Y a mi nuera, Sofía Martínez de Valenzuela, le dejo la propiedad rústica en Alba de Tormes y… —miró el papel con extrañeza— …una carta personal que deberá leer en privado.
Un silencio incómodo llenó la sala. Tomás soltó la mano de Lucía.
—¿Cómo? ¿A ella? —espetó doña Carmen— ¡Pero si ya no forma parte de esta familia!
Gustavo levantó una ceja. —Don Ernesto fue muy claro. Sofía sigue siendo su nuera ante sus ojos.
Lucía se inclinó hacia Tomás. —¿Sabías algo de esto?
Él negó con la cabeza, visiblemente molesto. Yo apenas podía respirar. ¿Por qué Ernesto me había dejado algo? Él siempre fue amable conmigo, pero nunca fuimos especialmente cercanos desde que Tomás me dejó por Lucía.
El notario me entregó un sobre lacrado. Temblando, lo guardé en mi bolso sin abrirlo.
—Esto es una vergüenza —dijo doña Carmen—. ¡Mi marido ha perdido la cabeza!
—Doña Carmen, le ruego respeto —intervino Gustavo—. El testamento es legal y vinculante.
La reunión terminó entre murmullos y miradas asesinas. Salí del despacho bajo la lluvia, sin paraguas, dejando que el agua me empapara mientras caminaba por las calles empedradas del centro de Salamanca. No sentía frío; sentía rabia, confusión y una extraña esperanza.
Esa noche, sentada en la cocina de mi piso alquilado, abrí la carta. Reconocí la letra temblorosa de Ernesto:
«Querida Sofía:
Sé que este gesto puede sorprenderte, pero quiero que sepas que siempre te consideré parte de esta familia, aunque otros no supieron valorarte. La finca de Alba de Tormes guarda un secreto que sólo tú puedes descubrir. Confío en ti para proteger lo que realmente importa: nuestra historia y nuestra dignidad.
Con cariño,
Ernesto»
Leí la carta varias veces, buscando un sentido oculto. ¿Qué secreto podía guardar una finca medio abandonada? ¿Por qué confiar en mí?
Al día siguiente conduje hasta Alba de Tormes bajo un cielo gris. La finca era tal como la recordaba: olivos viejos, una casa pequeña y un cobertizo desvencijado. Entré con la llave que Ernesto había dejado en el sobre.
Dentro encontré cajas polvorientas llenas de papeles antiguos: escrituras, cartas, fotografías en blanco y negro. En una carpeta azul había documentos legales: la finca no sólo era valiosa por sus tierras; debajo corría un acuífero protegido por ley desde tiempos de Franco. Si alguien intentaba venderla o explotarla sin permiso podía acabar en prisión.
De pronto entendí: Ernesto había protegido ese terreno durante décadas porque era el último legado limpio de la familia Valenzuela. Todo lo demás estaba hipotecado o manchado por negocios turbios de Tomás y su madre.
Esa noche llamé a mi amiga Marta.
—Tienes que ayudarme —le dije—. Esto es más grande de lo que pensaba.
Marta vino enseguida con su portátil y juntas revisamos los documentos. Descubrimos transferencias sospechosas entre Tomás y una constructora local; querían recalificar los terrenos para construir chalets ilegales.
—Si esto sale a la luz —dijo Marta— tu exmarido puede acabar inhabilitado como médico.
Me quedé en silencio. ¿Debía denunciarlo? ¿O usar esa información para negociar?
Esa semana recibí llamadas insistentes de Tomás y mensajes amenazantes de doña Carmen. «Devuélvenos lo que es nuestro», decían. Lucía incluso vino a buscarme al trabajo para insultarme delante de mis compañeros.
Una tarde, Tomás apareció en mi puerta.
—Sofía, tenemos que hablar —dijo con voz cansada—. No puedes quedarte con esa finca. No sabes lo que haces.
—¿No sé lo que hago? —repliqué— Sé perfectamente lo que hago: proteger lo único decente que queda en tu familia.
Él bajó la cabeza.
—Mira… Lucía está embarazada. Necesitamos ese dinero para empezar de nuevo.
Sentí una mezcla de lástima y desprecio.
—¿Y yo qué? ¿Acaso pensaste alguna vez en lo que necesitaba yo cuando te fuiste?
No respondió. Se marchó sin mirar atrás.
Durante días no dormí pensando qué hacer. Marta insistía en denunciarlo todo; yo dudaba. Al final decidí citar a Tomás y doña Carmen en la finca.
Cuando llegaron estaban tensos y a la defensiva.
—Os he llamado porque quiero dejar las cosas claras —dije—. Esta finca no se vende ni se recalifica. Ernesto confió en mí porque sabía lo que planeabais.
Doña Carmen palideció.
—¡Eso es mentira! ¡Eres una aprovechada!
Saqué las pruebas: transferencias bancarias, correos electrónicos impresos…
—Si intentáis presionarme o amenazarme otra vez —advertí— iré directamente a la Guardia Civil.
Tomás se desplomó sobre una silla vieja.
—¿Qué quieres entonces?
Me costó encontrar las palabras:
—Quiero paz. Quiero que me dejéis vivir tranquila y respetéis la voluntad de Ernesto. Si lo hacéis, no sacaré nada a la luz.
Lucía apareció entonces por sorpresa, embarazada y furiosa:
—¡Esto no va a quedar así! ¡Tú nos has arruinado!
La miré con compasión:
—No os he arruinado yo; os habéis arruinado solos por vuestra avaricia.
Se marcharon entre gritos e insultos. Me quedé sola bajo los olivos centenarios, sintiendo por primera vez en años una paz extraña pero real.
Con el tiempo restauré la casa y convertí parte del terreno en un pequeño huerto ecológico para niños del pueblo. La finca se llenó de risas y vida nueva; yo también volví a sonreír poco a poco.
A veces me pregunto si hice bien guardando silencio sobre los delitos de Tomás o si debí denunciarlo todo para limpiar mi nombre del todo… Pero al mirar los olivos al atardecer pienso: ¿cuánto vale realmente la paz? ¿Vosotros qué habríais hecho?