Cuando el silencio duele más que las palabras: El día que mi suegra me dio la espalda

—¿De verdad no puedes quedarte con los niños, Teresa? —le pregunté, con la voz temblorosa y la mirada clavada en el suelo de baldosas gastadas de su cocina. El reloj marcaba las seis y media de la tarde, y afuera la lluvia golpeaba el techo de lámina con una furia que parecía anticipar lo que vendría.

Teresa, mi suegra, se secó las manos en el delantal y me miró con esa expresión suya, tan dura como los años que había pasado criando sola a sus hijos en un barrio popular de Ciudad de México. —No, Mariana. Hoy no puedo. Tengo que ir al bingo con las vecinas. Ya lo había prometido.

Sentí cómo se me apretaba el pecho. No era la primera vez que me decía que no, pero nunca había sido tan tajante. Mis hijos, Emiliano y Valeria, estaban en la sala, jugando con sus carritos y muñecas, esperando escuchar que su abuela los llevaría al parque como tantas veces antes. Yo necesitaba ir al hospital a ver a mi madre, que acababa de sufrir un infarto. No tenía a quién más recurrir.

—Teresa, por favor… es mi mamá. Está grave. Solo necesito un par de horas —insistí, casi suplicando.

Ella se encogió de hombros y desvió la mirada. —Tus problemas no son míos, Mariana. Yo también tengo derecho a mi vida.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Derecho a su vida? ¿Y yo? ¿Acaso yo no tenía derecho a pedir ayuda? ¿No era familia también? Salí de su casa con los ojos llenos de lágrimas y el corazón hecho pedazos. Emiliano me preguntó por qué estaba triste y no supe qué responderle.

Esa noche, mientras preparaba arroz con huevo para cenar —lo único rápido que podía hacer—, recordé todas las veces que había intentado agradarle a Teresa: los domingos de comida familiar donde yo cocinaba su platillo favorito, los regalos en Navidad, las veces que le cuidé a su perro cuando se fue al pueblo… Siempre pensé que algún día ella me vería como una hija más. Pero ahora entendía que para ella yo siempre sería la nuera, la forastera.

Cuando llegó Daniel, mi esposo, le conté lo sucedido. Se quedó callado unos segundos y luego suspiró.

—Mi mamá siempre ha sido así, Mariana. No esperes que cambie —me dijo sin mirarme a los ojos.

—¿Y tú? ¿Tampoco vas a ayudarme? —le reclamé, sintiendo cómo la rabia me subía por dentro.

Daniel se encogió de hombros igual que su madre. —Tengo mucho trabajo. No puedo faltar mañana.

Esa noche no dormí. Escuchaba la respiración tranquila de mis hijos y pensaba en mi madre sola en el hospital, en mi suegra riendo en el bingo, en Daniel dándose la vuelta en la cama para no verme llorar. Me sentí invisible, como si mis necesidades fueran menos importantes que las de todos los demás.

Al día siguiente llevé a los niños conmigo al hospital. Valeria se asustó al ver a su abuela llena de tubos y Emiliano preguntó si ella también se iba a morir como el perrito del vecino. Yo intenté ser fuerte, pero por dentro me sentía rota.

Pasaron los días y nadie llamó para preguntar cómo estaba mi mamá o si necesitaba algo. Teresa siguió con su rutina: bingo los martes, misa los domingos, novelas en las tardes. Daniel llegaba cada vez más tarde del trabajo y cuando le pedía ayuda con los niños, me decía que estaba cansado.

Una tarde, mientras recogía los juguetes del piso, escuché a Valeria decirle a Emiliano:

—La abuela ya no nos quiere.

Me dolió más que cualquier cosa que Teresa hubiera dicho o hecho. Mis hijos sentían el rechazo y yo no podía protegerlos de eso.

Decidí hablar con Teresa una vez más. Fui a su casa un miércoles por la tarde. Ella estaba viendo una telenovela y ni siquiera bajó el volumen cuando entré.

—Teresa, necesito hablar contigo —dije firme, aunque por dentro temblaba.

—¿Otra vez con lo mismo? —resopló sin mirarme.

—No vengo a pedirte nada. Solo quiero entender por qué… ¿Por qué no puedes ayudarme cuando más lo necesito? ¿Qué te hice para merecer esto?

Por primera vez vi una sombra de duda en sus ojos. Pero enseguida volvió a endurecerse.

—Yo ya crié a mis hijos sola. Nadie me ayudó. Ahora es tu turno —me respondió seca.

Me quedé helada. ¿Era eso? ¿Un castigo porque ella había sufrido sola? ¿Era justo repetir el dolor solo porque así fue para ella?

Salí de su casa sintiéndome más sola que nunca. Caminé por las calles mojadas del barrio pensando en todas las mujeres que conozco: mi vecina Rosa, que cuida a sus nietos porque su hija trabaja doble turno; mi amiga Lucía, que vive con su suegra porque no puede pagar renta sola; mi prima Fernanda, que nunca pudo tener hijos y cuida a los sobrinos como si fueran propios… ¿Por qué algunas abuelas abrazan y otras rechazan?

Esa noche hablé con Daniel otra vez.

—No quiero que nuestros hijos crezcan sintiendo que no son importantes para tu mamá —le dije entre lágrimas.

Él se quedó callado mucho tiempo antes de responder:

—Mi mamá es así porque la vida la hizo dura. Pero nosotros podemos ser diferentes.

No sé si tenía razón o solo quería tranquilizarme. Lo cierto es que desde ese día dejé de esperar algo de Teresa. Aprendí a pedir ayuda fuera de la familia: una vecina me cuidó a los niños un par de veces; otra amiga me llevó comida al hospital; incluso mi jefe me permitió trabajar desde casa unos días.

Pero algo se rompió dentro de mí. La imagen de familia unida que tanto deseaba se desvaneció. Aprendí a ser fuerte sola, pero también aprendí a no juzgarme por necesitar ayuda.

Hoy mi mamá está mejor y mis hijos han dejado de preguntar por la abuela Teresa. A veces siento rabia, otras veces tristeza… pero sobre todo siento una profunda decepción.

¿Es justo cargar con el dolor del pasado? ¿Hasta cuándo vamos a repetir los mismos errores en nuestras familias?

¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?