Entre dos fuegos: La Navidad que rompió mi familia

—¡¿Por qué no lo dices de una vez, Mariana?! ¡Tú eres la que está separando a esta familia!— gritó mi madre, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, mientras sostenía el rosario entre sus manos temblorosas. El aroma a pavo recién horneado y a ponche de frutas se mezclaba con la tensión que llenaba la sala. Era Nochebuena en nuestra casa de Guadalajara, y yo, Andrés, sentía que el suelo se abría bajo mis pies.

Mi padre, don Ernesto, miraba en silencio, apretando los labios. Mis hermanas, Lucía y Fernanda, se abrazaban en un rincón, como si quisieran protegerse del huracán que se desataba en medio del árbol de Navidad y los regalos aún sin abrir. Mariana, mi esposa desde hace tres años, tenía los ojos rojos pero no lloraba; su dignidad era su escudo. Yo solo podía mirar a todos, sintiendo que cada mirada era un juicio, una exigencia de tomar partido.

Todo había comenzado semanas antes. Mariana y yo habíamos decidido pasar la Navidad en casa de mis padres, como cada año. Pero esta vez, Mariana me pidió que después de la cena fuéramos a casa de su mamá, doña Rosa, para compartir también con su familia. Mi madre lo tomó como una traición.

—¿Ahora resulta que tu familia ya no es suficiente?— me dijo una tarde mientras preparábamos tamales en la cocina.

—Mamá, solo quiero que Mariana también esté feliz. Su mamá está sola desde que el papá se fue a Estados Unidos— intenté explicarle.

—Pues que se acostumbre. Aquí las cosas siempre han sido así— sentenció ella, cortando la masa con fuerza.

La tensión creció cada día. Mariana trataba de ayudar en todo: cocinaba, limpiaba, decoraba la casa. Pero mi madre encontraba defectos en cada gesto. «Eso no se hace así», «Aquí no usamos esa receta», «No pongas esa música». Yo intentaba mediar, pero sentía que cualquier palabra mía era usada en mi contra.

La noche del 24 llegó cargada de silencios incómodos y miradas furtivas. Durante la cena, mi madre apenas probó bocado. Cuando Mariana mencionó que después iríamos con su mamá, mi madre explotó.

—¡Eso es lo que querías! ¡Llevarte a mi hijo! ¡Destruir esta familia!— gritó frente a todos.

El silencio fue absoluto. Mi padre bajó la cabeza. Lucía lloró en silencio. Fernanda me miró suplicante. Mariana respiró hondo y respondió con voz firme:

—Señora, yo nunca quise separarlos. Solo quiero compartir a Andrés con mi familia también. ¿Eso está mal?

Mi madre soltó el rosario y se cubrió el rostro. Yo sentí una rabia sorda contra todos y contra mí mismo por no saber qué hacer.

—¡Ya basta!— grité sin reconocer mi propia voz— ¡Esto no es justo para nadie!

Pero nadie me escuchó. Mi madre salió corriendo al patio. Mariana se quedó sentada, temblando. Mis hermanas me miraron como si yo fuera el culpable de todo.

Esa noche dormimos en silencio en el cuarto de mi infancia. Mariana me dio la espalda. Yo no pude dormir; escuchaba los sollozos ahogados de mi madre al otro lado del pasillo.

Al día siguiente, Mariana me dijo:

—Andrés, yo te amo, pero no puedo seguir viniendo donde no me quieren.

Sentí un dolor profundo. ¿Cómo elegir entre la mujer que amo y la mujer que me dio la vida? ¿Por qué las tradiciones tienen que ser cadenas? ¿Por qué en nuestra cultura el hijo varón siempre debe quedarse pegado a la falda de la madre?

Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre no me hablaba; solo le decía a mis hermanas que «Mariana lo había embrujado». Mi padre se refugiaba en el taller. Mariana lloraba en silencio por las noches. Yo iba al trabajo como un zombi.

Una tarde, doña Rosa vino a visitarnos. Me sorprendió verla tan serena.

—Andrés, hijo, tu mamá tiene miedo de perderte. Pero tú ya eres un hombre hecho y derecho. Tienes derecho a tu propia familia— me dijo con ternura.

Sus palabras me hicieron llorar por primera vez desde niño.

Intenté hablar con mi madre varias veces. Siempre me respondía lo mismo:

—Cuando te cases con una mujer que respete nuestras costumbres, aquí tendrás tu lugar.

Pero yo ya estaba cansado de vivir para complacerla.

Un domingo por la tarde, reuní el valor para hablar con toda la familia reunida:

—Mamá, papá, hermanas… Yo amo a Mariana y quiero formar mi propia familia con ella. No voy a dejar de quererlos, pero tampoco voy a permitir que sigan lastimándonos. Si eso significa que tengo que alejarme un tiempo, lo haré.

Mi madre lloró desconsolada. Mis hermanas intentaron mediar; Fernanda incluso le rogó a mamá que recapacitara. Pero ella solo repetía:

—Ya lo perdí… Ya lo perdí…

Mariana me abrazó fuerte esa noche y nos fuimos a vivir unos meses con doña Rosa. Fue duro: extrañaba a mi padre y a mis hermanas; sentía culpa cada vez que veía las fotos familiares en el celular.

Pero poco a poco aprendí algo: las familias también pueden romperse para volver a armarse de otra manera. Con el tiempo, mi madre empezó a llamarme para preguntarme cómo estaba; nunca mencionaba a Mariana, pero al menos ya no colgaba el teléfono.

Un año después, nació nuestra hija Camila. Cuando llevé a Camila a conocer a mi madre por primera vez, ella lloró al verla y le susurró:

—Perdóname por ser tan dura…

No sé si algún día todo volverá a ser como antes. Pero ahora sé que uno debe luchar por su propia felicidad sin dejarse atrapar por las cadenas invisibles de las tradiciones.

A veces me pregunto: ¿Cuántos hombres y mujeres en Latinoamérica viven atrapados entre el deber familiar y su propio deseo de ser felices? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que las costumbres nos separen de quienes amamos?