El Espejo No Miente: Mi Batalla Contra el Reflejo

—Mírate bien, Lucía. ¿De verdad crees que puedes salir así a la calle?

La voz de mi madre retumbó en el baño, fría y cortante como las tijeras con las que me recortaba el flequillo cada septiembre. Tenía catorce años y, aunque ya había escuchado comentarios sobre mi aspecto antes, esa mañana de otoño fue la primera vez que sentí vergüenza de existir. Me miré en el espejo: piel pálida, granos en la barbilla, cejas demasiado gruesas. Mi madre suspiró y me apartó con brusquedad.

—No sé a quién has salido —murmuró—. Con lo guapa que era tu abuela.

En ese instante, supe que nunca sería suficiente para ella. Ni para nadie. El colegio era un campo de batalla: las chicas como Marta y Patricia llevaban vaqueros ajustados y el pelo perfectamente liso. Yo era la rara, la que se escondía detrás de los libros y evitaba las fotos de grupo. En los recreos, escuchaba risas ahogadas cuando pasaba por el patio.

Una tarde, al volver a casa, encontré a mi madre y a mi tía Carmen discutiendo en la cocina.

—Es que Lucía no pone de su parte —decía mi madre—. No le interesa arreglarse ni un poco.

—Déjala, mujer —respondió mi tía—. Ya crecerá.

—¿Y si no? ¿Y si se queda así para siempre?

Me quedé paralizada tras la puerta. Sentí una rabia sorda mezclada con miedo. ¿Y si de verdad me quedaba así para siempre? ¿Y si nunca aprendía a ser guapa?

Mi padre apenas hablaba del tema. Cuando estaba en casa —que era poco, porque trabajaba en una gestoría y siempre llegaba tarde—, me daba un beso en la frente y preguntaba por las notas. Pero una noche, mientras cenábamos tortilla de patatas y veía cómo mi madre me miraba con desaprobación, soltó:

—No te preocupes tanto por eso, Lucía. Lo importante es ser buena persona.

Mi madre bufó.

—Eso lo dices porque es tu hija.

Me tragué las lágrimas junto con el último trozo de tortilla. Me fui a mi cuarto y me tumbé boca abajo en la cama. Saqué el móvil y abrí Instagram: fotos de chicas perfectas, filtros de colores, sonrisas blancas. Me sentí aún más pequeña.

Pasaron los años y la presión no hizo más que aumentar. En bachillerato, las comparaciones eran constantes: «¿Has visto cómo ha adelgazado Laura?», «¿Por qué no te apuntas al gimnasio con tus primas?», «Deberías probar esa crema que anuncian en la tele». Mi madre me regaló una plancha para el pelo por mi cumpleaños número diecisiete. Yo solo quería un libro.

Una noche de verano, después de una discusión especialmente dura —»¡Nunca vas a encontrar novio si sigues así!», gritó mi madre—, salí corriendo de casa y caminé sin rumbo por las calles del barrio. Las farolas lanzaban sombras largas sobre los adoquines. Me senté en un banco del parque y lloré hasta quedarme sin fuerzas.

En ese banco conocí a Sergio. Era un chico del instituto, callado y siempre con auriculares puestos. Se sentó a mi lado sin decir nada. Después de un rato, me ofreció un pañuelo.

—¿Te pasa algo?

No sé por qué le conté todo: lo del espejo, lo de mi madre, lo de sentirme invisible o, peor aún, demasiado visible para todo lo malo.

Sergio escuchó en silencio y luego dijo:

—A mí también me pasa. Mi padre dice que soy un inútil porque no saco buenas notas. Pero yo solo quiero dibujar.

Nos reímos entre lágrimas. Por primera vez sentí que alguien me entendía de verdad.

Ese verano fue diferente. Empecé a quedar con Sergio para dibujar en el parque o escuchar música en su casa mientras su abuela nos preparaba merienda. Él me enseñó a ver belleza en los detalles: la luz sobre los tejados al atardecer, las arrugas en las manos de su abuela, los colores del mercado los sábados por la mañana.

Pero en casa nada cambiaba. Mi madre seguía obsesionada con mi aspecto. Un día llegó con una bolsa llena de ropa nueva.

—Pruébatelo todo —ordenó—. Y ponte este pintalabios, te va a favorecer.

Me miré al espejo con el vestido ajustado y los tacones prestados. No era yo. Era una versión forzada de lo que ella quería ver.

—¿No te gusta? —preguntó con decepción.

No supe qué decirle. Me quité el vestido y volví a ponerme mis vaqueros anchos y mi sudadera favorita.

La tensión en casa creció hasta hacerse insoportable. Mi hermano pequeño, Álvaro, empezó a imitar los comentarios de mi madre:

—¡Vaya pintas llevas! —decía entre risas cuando bajaba a desayunar.

Me aislé aún más. Dejé de salir con mis amigas porque sentía que todas me juzgaban. Suspendí dos asignaturas y mi madre montó en cólera:

—¡Encima ni estudias! ¿Qué vas a hacer con tu vida?

No tenía respuesta. Solo quería desaparecer.

Un día, Sergio me propuso participar juntos en un concurso de dibujo del ayuntamiento. Dudé mucho antes de aceptar; no creía tener talento para nada. Pero él insistió:

—Hazlo por ti, no por nadie más.

Pasamos tardes enteras preparando nuestros bocetos. Yo dibujé un retrato: una chica frente al espejo, pero su reflejo era distinto —más fuerte, más valiente, más libre.

El día del concurso llevé mi dibujo temblando de miedo. Mi madre no quiso venir; dijo que tenía cosas más importantes que hacer. Mi padre apareció al final, justo cuando anunciaron los premios.

No gané el primer premio, pero recibí una mención especial por «expresar con honestidad la lucha interna por aceptarse». Cuando subí al escenario a recoger el diploma, vi a Sergio sonriéndome desde el público y sentí algo parecido al orgullo por primera vez en mi vida.

Esa noche discutí con mi madre como nunca antes.

—¿De qué te sirve ese diploma? Eso no te va a dar de comer —dijo con desprecio.

—A mí sí me sirve —le respondí por fin—. Porque es mío y porque he hecho algo que me hace sentir bien conmigo misma.

Se hizo un silencio incómodo. Mi padre intervino:

—Déjala ser quien es, por favor.

Mi madre se fue dando un portazo y yo me encerré en mi cuarto llorando, pero esta vez no era tristeza: era alivio.

Poco a poco empecé a poner límites. Aprendí a decir «no» cuando algo no me hacía feliz. Empecé terapia gracias al orientador del instituto y descubrí que muchas chicas como yo vivían atrapadas entre expectativas imposibles y el miedo al rechazo.

Con los años, la relación con mi madre mejoró algo, aunque nunca fue perfecta. Aprendí a perdonarla porque entendí que ella también había crecido sintiéndose insuficiente; solo repetía lo que había aprendido.

Hoy tengo veintiséis años y trabajo como ilustradora freelance en Madrid. Sigo teniendo días malos frente al espejo, pero ya no dejo que ese reflejo decida quién soy ni cuánto valgo.

A veces me pregunto: ¿Cuántas Lucías hay ahí fuera luchando contra su propio reflejo? ¿Cuándo aprenderemos a mirarnos con los ojos del corazón y no solo con los del juicio ajeno?