La herencia de la sangre: El grito de la viuda comanche

—¡No tienes derecho a estar aquí!—gritó Don Fermín, su voz retumbando entre los álamos secos, mientras sus hombres desmontaban de los caballos y pisoteaban el trigo joven que apenas asomaba en mi campo. Yo apreté el puño alrededor del cuchillo de mi madre, sintiendo el cuero gastado en la palma. El sol caía a plomo sobre la llanura, y el polvo se pegaba a mi piel como una segunda capa de vergüenza.

Nadie en el pueblo de San Bartolomé me llamaba por mi nombre. Para ellos era “la india”, “la viuda”, “la bruja”. Desde que mi marido, Tomás Ortega, murió defendiendo esta tierra de los bandidos, he vivido sola en la casa de adobe que levantamos juntos. Mi único consuelo eran las cartas que escribía a mi hijo, Iñigo, que se fue a Madrid a buscar fortuna y nunca volvió.

Pero aquel día, cuando Don Fermín y sus hombres cruzaron la linde con sus botas relucientes y sus risas crueles, supe que la soledad no era mi mayor enemigo. Era el olvido. El olvido de quién soy, de lo que me enseñó mi abuela bajo la sombra del encinar: “La tierra no se posee, se cuida. Y quien la hiere, hiere a todos los que la aman”.

—Esta finca pertenece ahora a la familia de los Llorente—dijo Don Fermín, mostrando un papel con el sello del ayuntamiento. —Tienes hasta el anochecer para marcharte.

Sentí cómo la rabia me subía por la garganta. —Esta tierra es mía. Aquí están enterrados mis muertos.

Él sonrió con desprecio. —Tus muertos no valen nada aquí. Ni tú tampoco.

Esa noche, mientras el viento silbaba entre las tejas rotas, encendí una vela ante el retrato de Tomás. —No dejaré que me arrebaten lo nuestro—susurré. Recordé las historias de mi abuela: cómo los comanches defendían su territorio con astucia y valor, cómo las mujeres tejían señales en las mantas para avisar a los suyos del peligro.

Al amanecer, salí al campo con el cuchillo al cinto y el corazón encogido. Los hombres de Don Fermín ya estaban arrancando los almendros viejos. Me acerqué despacio, como quien acecha una presa.

—¿Qué haces aquí, india?—me espetó uno de ellos, un tal Julián, mientras escupía al suelo.

—Vengo a recoger lo que es mío—respondí sin bajar la mirada.

Se rieron. Pero yo no tenía miedo. Había aprendido a leer las señales del viento, a distinguir el crujido de una rama rota del paso de un ciervo o de un hombre armado. Sabía que esa noche intentarían quemar mi casa para obligarme a irme.

Esperé oculta entre los matorrales hasta que vi las antorchas acercarse. Reconocí las voces: Julián, el hijo menor de Don Fermín, y dos jornaleros del pueblo. Cuando prendieron fuego al pajar, salí de las sombras como un fantasma.

—¡Basta!—grité. El filo del cuchillo brilló bajo la luna.

Julián se detuvo en seco. —¿Vas a matarnos?—se burló.

—No necesito hacerlo—dije—. Vosotros mismos os condenáis con vuestras acciones.

Pero uno de los jornaleros me empujó y caí al suelo. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca y recordé las palabras de mi abuela: “Cuando te derriben, levántate más fuerte”. Me levanté y corrí hacia el pozo, donde guardaba una escopeta vieja envuelta en trapos.

Disparé al aire. El estruendo rompió la noche y los hombres huyeron como ratas asustadas. Pero el fuego ya devoraba el pajar y las llamas lamían las paredes de mi casa.

Lloré mientras intentaba apagarlo con cubos de agua, pero era inútil. Al amanecer sólo quedaban cenizas y el olor amargo del humo.

El pueblo vino a mirar mi desgracia como quien asiste a una fiesta macabra. Doña Remedios murmuró: —Eso le pasa por no saber cuál es su sitio.

Pero yo no estaba derrotada. Fui al ayuntamiento con la ropa chamuscada y la cara tiznada. Exigí hablar con el alcalde, Don Eusebio.

—Señora Nasha, lo siento mucho… pero los papeles están en regla—dijo sin mirarme a los ojos.

—¿Y mis derechos? ¿Y la memoria de mi familia?—pregunté con voz temblorosa.

Él suspiró. —Aquí las cosas siempre han sido así…

Salí del despacho sintiendo que la justicia era sólo una palabra vacía en boca de los poderosos. Pero no podía rendirme. Esa noche fui al cementerio y hablé con mis muertos:

—No dejaré que os borren como si nunca hubierais existido.

Decidí buscar ayuda en Madrid. Vendí lo poco que me quedaba y tomé el tren con el corazón hecho trizas. En la capital todo era ruido y prisas; nadie miraba a nadie. Busqué a Iñigo en las direcciones que tenía, pero nadie sabía nada de él. Me sentí más sola que nunca.

Un día, en una cafetería cerca de Atocha, escuché a dos mujeres hablar sobre una asociación que ayudaba a mujeres desahuciadas por bancos y terratenientes. Me acerqué y les conté mi historia entre lágrimas.

—No estás sola—me dijo Carmen, una abogada menuda pero con ojos fieros.—Vamos a luchar juntas.

Con su ayuda denunciamos a Don Fermín por coacciones y falsificación de documentos. La batalla legal fue larga y dolorosa; cada vez que volvía al pueblo sentía las miradas clavadas en mi espalda como cuchillos.

Una tarde encontré pintadas en lo que quedaba de mi casa: “Fuera india”, “Bruja”. Pero también encontré flores frescas en la puerta: alguien del pueblo empezaba a entender mi lucha.

El juicio fue un espectáculo para todos: Don Fermín sentado con su traje caro, fingiendo dignidad; yo con mi vestido negro y el pañuelo rojo de mi abuela atado al cuello como bandera de guerra.

El juez escuchó mi testimonio y el de otros vecinos que se atrevieron a hablar: Manolo el panadero contó cómo Don Fermín había amenazado a su familia; Lucía la maestra recordó cómo yo enseñaba a leer a los niños gitanos cuando nadie más quería hacerlo.

Al final, el juez dictaminó que los papeles eran falsos y me devolvió la tierra. Pero la victoria no borró las cicatrices: mi casa seguía siendo cenizas y mi hijo seguía perdido en algún rincón del mundo.

Regresé al campo con lágrimas en los ojos y rodillas temblorosas. Planté un almendro nuevo donde antes estaba el pajar y recé por todos los que ya no estaban conmigo.

A veces me siento junto al árbol y hablo con Tomás y mi abuela:

—¿Valió la pena tanto dolor? ¿Cuántas mujeres más tendrán que pelear solas para defender lo suyo?

¿Y vosotros? ¿Qué haríais si os arrebataran todo lo que amáis? ¿Hasta dónde llegaríais por justicia?