A los setenta, sola en la Ciudad de México: ¿Dónde quedó mi familia?
—¿Por qué no puedo quedarme contigo, hija?— pregunté, sintiendo cómo la voz se me quebraba, mientras miraba a Mariana a los ojos. Ella bajó la mirada, incómoda, y jugueteó con las llaves del coche.
—Mamá… es que el departamento es muy pequeño. Los niños tienen sus tareas, y tú sabes que trabajo todo el día. No quiero que te sientas incómoda— respondió, casi en un susurro.
Me quedé callada. El bullicio de la calle Insurgentes se colaba por la ventana del café donde nos habíamos citado. Afuera, la vida seguía: vendedores ambulantes, oficinistas apurados, madres con niños de la mano. Yo me sentía invisible entre tanta gente.
A mis setenta años, nunca imaginé que terminaría sola en un departamento de interés social en la colonia Doctores. Mi esposo, Ernesto, murió hace diez años; mis hijos, Mariana y Luis, se fueron alejando poco a poco. Mariana vive en Coyoacán con su esposo y sus dos hijos; Luis se mudó a Monterrey por trabajo y apenas llama una vez al mes.
La soledad pesa más cuando cae la noche. El eco de mis pasos en el departamento me recuerda que ya no hay risas ni discusiones familiares. A veces me sorprendo hablando sola, como si Ernesto aún estuviera sentado en su sillón favorito.
Una tarde, decidí llamar a Luis. Marqué su número con manos temblorosas.
—¿Bueno?— contestó su voz lejana.
—Hola, hijo… sólo quería saber cómo estabas. Pensé que tal vez podría ir a visitarte unos días— dije, tratando de sonar casual.
Hubo un silencio incómodo.
—Mamá, ahorita no es buen momento. El trabajo está pesado y apenas tengo tiempo para mí. ¿Por qué no mejor te apuntas a algún club de adultos mayores? Dicen que hay actividades muy buenas— sugirió, como si fuera tan fácil llenar el vacío con talleres de manualidades.
Colgué sintiendo una mezcla de enojo y tristeza. ¿En qué momento mis hijos dejaron de necesitarme? ¿Cuándo pasé de ser el centro de su mundo a convertirme en una carga?
Los días pasaban lentos. Salía al mercado a comprar fruta, platicaba con Doña Lupita, la vecina del 302, pero al final del día regresaba a mi soledad. Una tarde lluviosa, mientras veía por la ventana cómo el agua formaba ríos en la banqueta, recordé una frase que mi madre solía decir: “La vida nunca deja de sorprenderte, hija”.
Decidí buscar ayuda. Fui al centro comunitario del barrio y me inscribí en un taller de escritura. Al principio me sentí fuera de lugar entre señoras que hablaban sin parar de sus nietos y recetas de mole. Pero poco a poco empecé a disfrutarlo. Escribir me permitió sacar todo lo que llevaba dentro: el dolor de la ausencia, los recuerdos felices y las pequeñas alegrías cotidianas.
Un día, durante una sesión del taller, compartí un texto sobre mi soledad. Al terminar de leerlo, sentí un nudo en la garganta. Para mi sorpresa, varias compañeras se acercaron a abrazarme.
—No estás sola, Carmen— me dijo Teresa, una viuda de 75 años—. Todas aquí sabemos lo que es extrañar a alguien.
Empezamos a reunirnos fuera del taller: íbamos juntas al cine los miércoles con descuento para adultos mayores; los domingos organizábamos comidas donde cada quien llevaba algo preparado. Descubrí que aún podía reírme hasta las lágrimas y sentirme acompañada.
Sin embargo, el vacío familiar seguía ahí. Un domingo por la tarde, después de una comida con mis nuevas amigas, recibí un mensaje de Mariana: “Mamá, ¿puedes cuidar a los niños el próximo sábado? Tenemos una boda”.
Sentí una mezcla de alegría y resentimiento. ¿Sólo me buscaban cuando necesitaban algo? Aun así, acepté.
El sábado llegó y fui a Coyoacán temprano. Mis nietos corrieron a abrazarme y sentí cómo algo dentro de mí se encendía otra vez. Jugamos lotería, les preparé hotcakes y les conté historias de cuando su mamá era niña.
Cuando Mariana regresó esa noche, me miró diferente. Se sentó a mi lado en el sofá mientras los niños dormían.
—Perdón si he sido dura contigo, mamá— dijo en voz baja—. A veces siento que no puedo con todo y… no sé cómo ayudarte sin sentirme abrumada.
Le tomé la mano.
—No quiero ser una carga para ti ni para Luis. Sólo quiero sentirme parte de su vida otra vez.
Nos abrazamos largo rato. No resolvimos todo esa noche, pero fue un comienzo.
Desde entonces, Mariana me invita más seguido a su casa; incluso me animó a quedarme algunos fines de semana. Luis sigue distante, pero ahora le escribo cartas donde le cuento mis días y le mando fotos con sus sobrinos.
He aprendido que la familia no siempre está cerca físicamente; a veces hay que construir nuevos lazos para no perderse en la tristeza. Mis amigas del taller se han vuelto mi segunda familia; juntas celebramos cumpleaños y hasta organizamos posadas navideñas en el centro comunitario.
A veces todavía me duele ver cómo ha cambiado mi relación con mis hijos. Pero también he descubierto que puedo encontrar alegría en otros lugares: en una tarde de café con amigas, en los abrazos de mis nietos o en las palabras que escribo cada noche antes de dormir.
Me pregunto si otras personas sienten lo mismo: ¿cuántos adultos mayores viven esperando una llamada o una visita? ¿Cuántos hijos se dan cuenta del vacío que dejan cuando se alejan?
Tal vez no puedo cambiar el pasado ni obligar a mis hijos a estar más presentes. Pero sí puedo decidir cómo vivir estos años: buscando alegría donde antes sólo veía soledad.
¿Será que algún día aprenderemos a cuidar mejor de quienes nos cuidaron primero? ¿O seguiremos dejando que la vida moderna nos arrastre lejos unos de otros?