Entre el amor y la sangre: El precio de ayudar a mi hermana

—¡No puedes simplemente dejarla en la calle, Julián! —grité, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta mientras mi hermana Camila lloraba en el sofá, abrazando sus rodillas.

Julián me miró con esos ojos duros que sólo mostraba cuando sentía que el mundo se le venía encima. —Ya te lo dije, Mariana. Si quieres que la ayude, tendrás que convencer a tu madre de vender el terreno en Veracruz. No pienso sacar ni un peso más de nuestros ahorros para tapar los problemas de tu familia.

El silencio cayó como una losa. Camila sollozaba bajito, y yo sentí que el corazón se me partía en dos. ¿Cómo podía pedirle eso a mi mamá? Ese terreno era lo único que nos quedaba de papá, el recuerdo de los domingos bajo los mangos, las risas de cuando éramos niñas. Pero ver a Camila así, temblando de miedo porque los prestamistas la buscaban, me hacía sentir una traidora si no hacía algo.

—Mariana… —susurró Camila—. Si no me ayudas, no sé qué va a pasar conmigo. No tengo a dónde ir.

Me arrodillé a su lado y la abracé fuerte. Recordé cuando éramos niñas y ella se metía en problemas; yo siempre era la que daba la cara por las dos. Pero ahora era distinto. Ahora tenía una familia propia, un esposo que sentía que ya no podía confiar en mí.

—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que resuelva todo? —me pregunté en silencio, sintiendo las lágrimas arderme en los ojos.

Julián se fue a dormir sin despedirse. Yo me quedé en la sala con Camila hasta que se quedó dormida. Miré su cara hinchada por el llanto y sentí una mezcla de ternura y rabia. ¿Por qué nunca aprendía? ¿Por qué siempre confiaba en la gente equivocada?

A la mañana siguiente, mientras preparaba café, Julián entró a la cocina sin mirarme.

—¿Ya pensaste lo que te dije? —preguntó seco.

—No puedo pedirle eso a mi mamá —le respondí bajito—. Ese terreno es lo único que tenemos.

Él suspiró fuerte y dejó caer la taza sobre la mesa. —Entonces no cuentes conmigo. No pienso arriesgar lo nuestro por alguien que nunca aprende.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era justo lo que me pedía? ¿No era acaso Camila mi sangre? Pero también entendía a Julián: llevábamos años ahorrando para comprar nuestra casa y apenas habíamos salido adelante después de su despido el año pasado.

Esa tarde, fui a ver a mi mamá. El barrio olía a tortillas recién hechas y a tierra mojada por la lluvia. Mi mamá me recibió con su sonrisa cansada y sus manos arrugadas.

—¿Otra vez Camila? —preguntó apenas le conté—. Ay, hija… esa niña va a acabar conmigo.

—Mamá, está muy mal… Los tipos que le prestaron dinero son peligrosos. No sé qué hacer.

Mi mamá se quedó callada un rato, mirando por la ventana hacia el terreno donde papá sembraba maíz. —Ese terreno es lo único que nos queda de tu padre… Pero si es para salvar a tu hermana…

—No, mamá —la interrumpí—. No puedo pedirte eso. No es justo.

Regresé a casa con el alma hecha pedazos. Julián estaba sentado viendo el partido, fingiendo que nada pasaba.

—¿Y bien? —preguntó sin apartar la vista del televisor.

—No va a venderlo —dije firme—. Y yo tampoco quiero tu dinero si va a costarme mi matrimonio.

Julián apagó el televisor y me miró por fin. —¿Entonces qué vas a hacer?

Me senté frente a él, temblando. —Voy a buscar otro trabajo. Voy a ayudarla yo sola. Pero no quiero que esto nos destruya.

Él se quedó callado un momento y luego asintió, aunque vi en sus ojos una tristeza profunda.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Trabajaba doble turno en la farmacia y limpiaba casas los fines de semana para juntar algo de dinero. Camila consiguió un trabajo en una cafetería, pero el miedo seguía ahí: cada vez que sonaba el teléfono o alguien tocaba la puerta, saltábamos las dos.

Una noche, mientras lavaba los platos, escuché a Julián hablando por teléfono en voz baja:

—Sí, compadre… No sé cuánto más aguante esto… Mariana está obsesionada con salvar a su hermana… Yo ya no sé si esto es familia o locura…

Sentí un nudo en la garganta. ¿De verdad pensaba eso de mí? ¿Era tan mala esposa por querer ayudar a mi hermana?

Un día, al regresar del trabajo, encontré a Camila llorando en la cocina con una carta en la mano.

—Me dieron tres días para pagar o van a venir por mí —dijo entre sollozos—. Tengo miedo, Mariana…

La abracé fuerte y sentí cómo todo mi esfuerzo era inútil. Llamé a Julián desesperada.

—Por favor… Ayúdala solo esta vez —le rogué—. Después te juro que nunca más te pido nada para ella.

Julián llegó esa noche con el rostro serio y un sobre en la mano.

—Aquí tienes lo que falta —dijo seco—. Pero esta es la última vez, Mariana. Si vuelve a pasar algo así, tendrás que elegir: o ella o yo.

Sentí como si me arrancaran el corazón del pecho. ¿Cómo podía ponerme entre la espada y la pared así?

Pagamos la deuda y los hombres dejaron de buscar a Camila. Pero algo se rompió entre Julián y yo esa noche. Ya no éramos los mismos; dormíamos espalda con espalda y apenas nos hablábamos más allá de lo necesario.

Camila se fue unas semanas después, prometiendo no volver a meterse en problemas. Pero yo sabía que nada volvería a ser igual.

A veces me pregunto si hice lo correcto. ¿Hasta dónde debe llegar uno por la familia? ¿Vale la pena sacrificar tu matrimonio por salvar a una hermana? ¿O hay momentos en los que hay que poner límites aunque duela?

¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar? ¿La familia debe tener límites o el amor entre hermanos lo puede todo?