El eco de la nieve: la historia de Lucía en Valleblanco
—¡Dios, mátame pronto!— grité, con la voz rota y los labios entumecidos, mientras la nieve me cubría los zapatos y el frío se colaba por los agujeros de mi abrigo. Tenía diez años y acababa de ver cómo el coche de mis padres desaparecía entre la ventisca, sus luces traseras perdiéndose como dos luciérnagas cobardes. No hubo despedidas. Solo el portazo seco y la orden de esperar fuera “un momento”.
El viento me azotaba la cara y sentía que cada copo era una bofetada. Me acurruqué junto al muro de la iglesia, donde la piedra estaba menos fría que mi corazón. Pensé en mi madre, en cómo me miró antes de irse: ni odio ni amor, solo cansancio. ¿Qué clase de niña era yo para merecer esto? ¿Por qué nadie me quería?
Las horas pasaron lentas. El pueblo de Valleblanco dormía bajo su manto blanco, ajeno a mi tragedia. De vez en cuando, algún vecino cruzaba la plaza, pero nadie se fijaba en mí. Era invisible. Hasta que escuché el chirrido de un coche caro frenando junto a la acera.
—¿Pero qué demonios haces aquí, niña?— preguntó una voz grave. Era don Ernesto, el dueño de la fábrica de quesos, el hombre más rico del pueblo. Llevaba un abrigo de lana gruesa y bufanda de cuadros. Sus ojos, duros como el granito, se suavizaron al verme temblar.
—Mis padres… se han ido —balbuceé.
Don Ernesto me miró largo rato. Luego abrió la puerta del coche.
—Sube. No pienso dejar que te mueras aquí.
No supe si debía confiar en él, pero el frío era peor que el miedo. Me senté en el asiento trasero, abrazando mis rodillas. El coche olía a cuero y colonia cara.
En su casa, una mansión antigua a las afueras del pueblo, me envolvieron en mantas y me dieron chocolate caliente. La señora Carmen, su ama de llaves, me miraba con lástima.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Lucía.
—¿Y tus padres?
No respondí. Solo bajé la cabeza.
Esa noche dormí en una cama enorme, con sábanas limpias y una lámpara encendida. Lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, don Ernesto llamó a la Guardia Civil. Vinieron dos agentes, uno joven y otro mayor.
—¿Sabes dónde viven tus padres? —me preguntó el mayor.
Asentí, pero no quería volver. Me temblaban las manos.
—No tienes por qué preocuparte —dijo don Ernesto—. Aquí estarás segura hasta que todo se aclare.
Pasaron los días y nadie vino a buscarme. Mis padres habían desaparecido sin dejar rastro. La noticia corrió por el pueblo: “La hija de los Martínez, abandonada en plena nevada”. Algunos decían que era culpa mía por ser “rara”, otros murmuraban sobre las deudas de mi padre o los problemas de mi madre con el alcohol.
Don Ernesto no era un hombre cariñoso. Era seco, exigente y poco dado a las muestras de afecto. Pero cada mañana me preguntaba si había dormido bien y cada tarde me dejaba elegir un libro de su biblioteca. Me enseñó a jugar al ajedrez y a distinguir los quesos curados de los frescos.
—La vida es como el ajedrez —decía—: hay que pensar antes de mover ficha.
Pero yo solo quería una familia que me quisiera.
Un día, mientras desayunábamos, entró su hija Laura. Tenía veinte años y estudiaba en Madrid. Me miró como si fuera un bicho raro.
—¿Quién es esta niña? ¿Ahora recoges huérfanos?
Don Ernesto frunció el ceño.
—No es asunto tuyo.
Laura bufó y salió dando un portazo. Me sentí culpable por causar problemas entre ellos.
Con el tiempo, empecé a ayudar en la casa: ponía la mesa, barría el porche y acompañaba a don Ernesto a la fábrica. Los trabajadores me miraban con curiosidad. Algunos murmuraban:
—Dicen que esa niña es una desgracia…
—Pobre criatura…
Yo fingía no escuchar, pero cada palabra era una espina.
Una tarde, mientras paseábamos por el campo nevado, don Ernesto me preguntó:
—¿Te gustaría quedarte aquí?
No supe qué decir. Tenía miedo de ilusionarme.
—No quiero ser una carga…
Él suspiró.
—A veces las cargas son lo único que nos hace humanos.
Poco a poco fui sintiéndome parte de algo. Carmen me enseñó a cocinar tortilla española; Laura empezó a hablarme, aunque siempre con distancia. Un día le pregunté por qué no le gustaba que yo estuviera allí.
—No es eso —dijo ella—. Es que papá nunca fue así conmigo… Siempre fue frío y exigente. Y ahora contigo parece diferente.
Me dolió escucharla. ¿Sería yo la razón del cambio? ¿O solo una excusa para tapar viejas heridas?
El invierno pasó lento y cruel. En marzo recibimos una carta: mis padres habían sido encontrados en Portugal, detenidos por robo. No querían saber nada de mí.
Lloré durante días. Don Ernesto me abrazó torpemente.
—A veces los padres no saben serlo —dijo—. Pero eso no es culpa tuya.
El pueblo empezó a aceptarme poco a poco. En la escuela algunos niños se burlaban:
—¡La niña abandonada! ¡La hija del millonario!
Pero también hice amigos: Pablo, que vivía en la granja; Inés, que soñaba con ser actriz; y Sergio, que siempre compartía su bocadillo conmigo.
Un día Laura me llevó a Madrid para ver un musical. Fue la primera vez que salí del pueblo desde aquella noche fatídica. Caminamos por la Gran Vía iluminada y comimos churros con chocolate en San Ginés.
—¿Te gusta Madrid? —preguntó Laura.
Asentí.
—Pero echo de menos Valleblanco…
Ella sonrió por primera vez desde que nos conocíamos.
Al volver, don Ernesto me esperaba en la puerta con una carta oficial en la mano.
—Lucía —dijo—, he iniciado los trámites para adoptarte oficialmente… Si tú quieres.
Me lancé a sus brazos llorando. Por fin tenía una familia.
Pero no todo fue fácil después de eso. El pueblo nunca olvida ni perdona del todo; siempre hay quien te recuerda tu pasado como si fuera una mancha imborrable. Laura tardó meses en aceptarme como hermana; hubo peleas, silencios incómodos y reproches velados:
—Tú no eres realmente parte de esta familia —me gritó una vez durante una discusión.
Me encerré en mi cuarto y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pero Carmen vino a verme y me dijo:
—Las familias se hacen con amor y tiempo, no solo con sangre.
Con los años aprendí a perdonar a mis padres biológicos —no porque lo merecieran, sino porque yo necesitaba seguir adelante— y también aprendí a querer a Laura como hermana, aunque nunca fuéramos iguales del todo.
Hoy tengo veinticinco años y trabajo como maestra en Valleblanco. Cada invierno, cuando cae la primera nevada, recuerdo aquella noche en que pedí morir… Y agradezco haber encontrado una segunda oportunidad entre el frío y el silencio del pueblo.
A veces me pregunto: ¿cuántos niños como yo siguen esperando ser vistos? ¿Cuántos corazones congelados necesitan solo un poco de calor para volver a latir? ¿Y vosotros? ¿Qué haríais si encontrarais a una niña sola bajo la nieve?