Entre el amor y el orgullo: La historia de una abuela dividida

—¿Por qué ya no vienes a la casa, Santiago? ¿Acaso tu nueva familia es más importante que la tuya de sangre?

Mi voz tembló en el teléfono, aunque intenté sonar firme. Del otro lado, mi hijo guardó silencio. Sentí cómo el nudo en mi garganta crecía, igual que cada vez que veía su foto en la sala, junto a la de su padre, que en paz descanse. Desde que Santiago se casó con Mariana, todo cambió. Él era mi único hijo, mi razón de levantarme cada mañana después de la muerte de su papá. Pero ahora, apenas me llama, y cuando lo hace, siempre está apurado, como si yo fuera una carga.

Mariana… No puedo evitar culparla. Llegó a nuestras vidas con una sonrisa dulce y una hija pequeña de otro hombre. Yo intenté ser cordial, pero nunca sentí que perteneciera a nuestra familia. Cuando Santiago me anunció que se casarían, sentí que me arrancaban algo del alma. «Mamá, Mariana es buena gente. Lucía necesita un hogar estable», me dijo él, con esa mirada terca que heredó de mí. Pero yo sólo veía cómo mi hijo se alejaba.

El día de la boda fue un suplicio. Mi hermana Rosa me apretaba la mano bajo la mesa mientras veía a Mariana bailar con Santiago. «No seas así, Clara», me susurró Rosa. «Dale una oportunidad.» Pero yo sólo podía pensar en cómo Lucía —esa niña ajena— se aferraba al vestido de Mariana y miraba a Santiago como si fuera su verdadero papá.

Pasaron los meses y nació Emiliano, mi nieto de sangre. Pensé que eso lo cambiaría todo. Que Santiago volvería a visitarme cada domingo, que Emiliano correría por mi patio como lo hacía él de niño. Pero no fue así. Las visitas se hicieron más esporádicas. Cuando venían, Lucía era la primera en entrar corriendo a abrazarme. Yo le sonreía, pero por dentro sentía un rechazo que no podía controlar.

Una tarde, mientras preparaba café para todos, escuché a Lucía decirle a Emiliano: «La abuela Clara no me quiere como a ti». Sentí un puñal en el pecho. Mariana me miró desde la puerta de la cocina, sus ojos llenos de tristeza y cansancio. «Clara, sé que no soy tu hija, pero quiero que sepas que te respeto mucho. Lucía te admira… sólo quiere sentirse parte de esta familia».

No supe qué responderle. Me encerré en el baño y lloré en silencio. ¿Por qué me costaba tanto aceptar a esa niña? ¿Era orgullo? ¿Celos? ¿O simplemente miedo a perder el lugar especial que tenía en el corazón de mi hijo?

Las cosas empeoraron cuando Santiago dejó de llamarme por semanas enteras. Rosa venía a visitarme y me decía: «Clara, tienes que ceder un poco. No puedes perder a tu hijo por tu terquedad». Pero yo sólo sentía rabia. «¿Por qué tengo yo que ceder? ¡Él es el que se alejó!»

Una noche, después de una discusión por teléfono con Santiago —en la que le reclamé por no venir a verme— colgué llorando y tiré su foto al suelo. Me sentí sola, vacía… como si todo lo que había construido se desmoronara frente a mis ojos.

Al día siguiente, Mariana vino sola con los niños. Lucía traía un dibujo: era una casa con cuatro personas tomadas de la mano. «Mira, abuela, somos nosotros», dijo con una sonrisa tímida. Emiliano balbuceaba mis apellidos mientras jugaba en el piso.

Mariana se sentó frente a mí y habló con una sinceridad que me desarmó:
—Clara, sé que esto no es fácil para ti ni para nadie. Pero Santiago te extraña… sólo no sabe cómo acercarse sin sentir que te está fallando. Yo tampoco quiero reemplazar a nadie; sólo quiero que mis hijos tengan una familia completa.

Me quedé callada mucho rato. Vi a Lucía jugar con Emiliano y pensé en mi infancia en Veracruz, cuando mi madre acogió a mis primos huérfanos sin hacer distinción entre ellos y nosotros. ¿Por qué yo no podía hacer lo mismo?

Esa noche no dormí. Recordé los días en que Santiago era pequeño y soñaba con tener hermanos; cómo lloró cuando su papá murió y sólo tenía mi abrazo para consolarlo. Ahora él había formado su propia familia… y yo estaba quedando fuera por mi propio orgullo.

Al domingo siguiente, fui yo quien llamó a Santiago:
—Hijo… ¿pueden venir todos a comer? Quiero preparar mole como antes.

Santiago dudó un segundo antes de responder:
—¿De verdad quieres vernos… a todos?
—Sí —dije tragando saliva—. A todos.

Ese domingo fue distinto. Lucía me ayudó a poner la mesa y Emiliano me llenó de besos pegajosos de chocolate. Mariana lavó los platos conmigo mientras hablábamos de recetas y chismes del barrio. Por primera vez en mucho tiempo, sentí paz.

Al despedirse, Lucía me abrazó fuerte:
—¿Puedo decirte abuela?

No pude evitar llorar mientras le respondía:
—Claro que sí, mi niña…

Ahora entiendo que el amor no tiene sangre ni apellido; se construye día a día con pequeños gestos y mucha humildad. Pero todavía me pregunto: ¿Cuántas familias se rompen por orgullo? ¿Cuántas abuelas como yo se pierden la oportunidad de amar por miedo o terquedad?

¿Y ustedes? ¿Han sentido alguna vez ese miedo a perder su lugar en la familia? ¿Qué harían si estuvieran en mis zapatos?