Ocho meses bajo presión: ¿Soy solo el sostén económico de mi familia?

—¿Ya depositaste, Emiliano? —La voz de mi madre retumba en el altavoz del celular, cortando el silencio de mi pequeño cuarto alquilado en la Narvarte. Son las siete de la mañana y ni siquiera he tomado café. Siento cómo la ansiedad me aprieta el pecho, como cada día desde hace ocho meses, cuando perdieron el trabajo en la pandemia y yo, su único hijo, me convertí en el sostén económico de la familia.

No es que no quiera ayudar. Sé que la vida en Ciudad de México es dura, que los recibos no esperan y que el departamento donde crecí está a punto de perderse si no pago la mitad de mi sueldo cada quincena. Pero a veces me pregunto si para ellos soy algo más que una cuenta bancaria con patas.

—Sí, mamá, ya lo hice —respondo, intentando que mi voz no suene cansada. Pero ella lo nota.

—¿Te pasa algo? No quiero que pienses que te estamos quitando tu vida, hijo. Pero tú sabes cómo está todo…

—Lo sé, mamá. No te preocupes.

Cuelgo y me quedo mirando el techo. El ventilador gira lento, como mis pensamientos. ¿Qué sería de mí si pudiera decidir por mí mismo? ¿Si pudiera ahorrar para ese viaje a Oaxaca que tanto sueño o invitar a salir a Mariana sin tener que calcular cada peso?

En la oficina, mis compañeros hablan de sus planes: uno va a comprar una moto, otra se muda sola. Yo solo sonrío y hago cuentas mentales: renta, luz, comida para mí… y la transferencia a mis papás. Cuando llega la hora del almuerzo, Mariana se sienta a mi lado.

—¿Y tú cuándo te animas a salir del nido? —me pregunta con esa sonrisa que me desarma.

—No es tan fácil —le digo, bajando la mirada—. Mis papás dependen de mí. Si yo me voy…

—¿Y tú? ¿Cuándo vas a depender de ti?

No sé qué responderle. Me siento egoísta por siquiera pensarlo. En casa siempre me enseñaron que la familia es primero, que los padres se sacrifican por los hijos y luego los hijos por los padres. Pero nadie me preguntó si quería cargar con todo eso tan pronto.

Esa noche llego al departamento familiar para cenar con ellos. Mi papá está viendo las noticias, mi mamá sirve sopa caliente. El ambiente es tenso; noto sus miradas cuando dejo mi mochila en el sillón.

—¿Cómo te fue en el trabajo? —pregunta mi papá sin despegar los ojos de la pantalla.

—Bien —respondo—. Mucho estrés, pero bien.

Mi mamá suspira.

—Hijo, tu tía Leticia dice que su hijo ya compró un coche. ¿Tú no has pensado en invertir en algo así?

Me atraganto con la sopa. ¿Invertir? Si apenas me alcanza para sobrevivir.

—No creo que sea momento —digo, intentando sonar neutral.

Mi papá apaga la televisión y me mira fijamente.

—Mira, Emiliano, sabemos que te pedimos mucho. Pero también tienes que pensar en tu futuro. No queremos que te estanques aquí.

La contradicción me golpea: ¿cómo voy a pensar en mi futuro si todo lo que gano se va en mantener el presente de ellos?

Esa noche no puedo dormir. Escucho a mis padres discutir en voz baja sobre las cuentas, sobre lo caro que está todo, sobre lo difícil que es encontrar trabajo después de los cincuenta. Siento culpa por querer más para mí y rabia porque nadie parece entender lo que yo siento.

Al día siguiente Mariana me invita a tomar un café después del trabajo.

—Te ves agotado —me dice mientras revuelve su taza—. ¿Por qué no hablas con ellos? ¿Por qué no les dices cómo te sientes?

—No puedo —respondo casi en un susurro—. Siento que si lo hago los voy a decepcionar. Que van a pensar que soy un mal hijo.

Ella toma mi mano.

—No eres un mal hijo por querer vivir tu vida. Eres humano.

Sus palabras resuenan en mi cabeza todo el camino a casa. Me detengo frente al edificio familiar y miro las ventanas iluminadas. Pienso en todas las veces que soñé con irme lejos, empezar de cero en otra ciudad, pero siempre regreso porque siento que aquí me necesitan más que en ningún otro lado.

Esa noche decido hablarlo con ellos. Me siento en la mesa del comedor mientras ellos lavan los trastes.

—Necesito decirles algo —empiezo, con la voz temblorosa—. Siento que estoy perdiendo mi vida… Que todo lo que hago es para ustedes y no para mí.

Mi mamá deja caer un vaso al fregadero. Mi papá se seca las manos y se sienta frente a mí.

—¿De qué hablas, hijo?

Respiro hondo.

—No quiero dejar de ayudarles, pero también quiero ahorrar para mis cosas, para mi futuro… Quiero sentirme libre alguna vez.

El silencio es pesado. Mi mamá llora en silencio; mi papá baja la cabeza.

—Nunca fue nuestra intención —dice él finalmente—. Solo… nos da miedo quedarnos solos, perderlo todo después de tantos años luchando.

Me duele escucharlo porque sé que es verdad. Pero también sé que yo estoy perdiendo algo importante: mi juventud, mis sueños.

Los días siguientes son incómodos. Mis padres están más callados; yo también. Pero poco a poco empezamos a hablar más sinceramente: sobre buscarles un trabajo aunque sea temporal, sobre ajustar gastos, sobre darme espacio para ahorrar aunque sea un poco cada mes.

Mariana me abraza cuando le cuento lo que pasó.

—Te admiro —me dice—. No todos se atreven a poner límites sin dejar de amar.

A veces todavía siento culpa cuando transfiero menos dinero o cuando salgo con amigos y gasto en mí mismo. Pero también siento alivio: por primera vez estoy aprendiendo a ser hijo sin dejar de ser yo mismo.

¿Hasta dónde llega la lealtad familiar antes de convertirse en sacrificio propio? ¿Cuántos de ustedes han sentido ese peso invisible entre el deber y el deseo de libertad? Los leo.